Yo no sé, no. Ese día Mónica vino sorprendida y nos que en la casa de la abuela siempre aparecía un pájaro a la mañana. Se arrimaba a la ventana y parecía que escuchaba la radio. Cuando sentía el servicio meteorológico o alguna información que decía que había una alerta de mal tiempo, salía de vuelo, gritando. El pájaro, que no era un hornero pero se le parecía, estaba atento a las alertas que tiraba la radio.

Laura, cuando la escuchó, dice: “A mi vieja las alertas se las dan las hormigas: cuando ves que arrancan de un lado para otro llevando todo lo que pueden, hasta ramas secas, es porque se viene una, por eso van a buscar el morfi temprano”.

José había descubierto cómo medir el viento según el chiflido que emitía entre las chapas de la estación El Gaucho, que estaba por la Vía Honda, allá al sur: “Cuando el viento hace un sonido raro entre las chapas, no sé si va a llover, pero va a haber un viento de aquellos”.

Tiguín, que se había caído de la moto probándola pero no se llegó a quebrar, decía: “Cada vez que va a llover, no sabés cómo me duele la rodilla. Para mí, una alerta temprana es el dolor de rodilla, del golpazo que me pegué por doctor Riva, pasando San Nicolás. No me olvido nunca”.

Isabel y Graciela estaban atentas siempre a la alerta que daban los noticieros y fundamentalmente, la radio los fines de semana. Y lo que hacían era rajarse antes de que comenzara todo. Decían: “Nosotras dos nos vamos al cine. Y cuando termine el mal tiempo salimos. Y si no para, mala suerte, nos arreglamos. Nos vamos antes de que se largue, que no nos agarre en el Gran Rex o en el Monumental”.

Carlos, cuando sintió que anunciaban una alerta de fuertes vientos, se fue para la canchita del fondo y con un par de alambres y un par de clavos, fijaron el travesaño junto a Raúl. Ya en el último partido vio que se movía. “Si vuela este travesaño con un viento fuerte, no lo recuperamos más”. Él le tenía cierto cariño a ese arco. Había tirado un tiro fuera del área, que pegó en el ángulo y entró. “No voy a permitir que cualquier viento lo voltee y se lo lleve”.

Juan Carlitos, el Huguito y la Eva se habían hecho un refugio con las ramas que habían sobrado de San Pedro y San Pablo. Un refugio lindo de ramas, cañas, alguna madera. Lo estaban reforzando cuando sintieron que había una alerta de fuertes vientos. Le pidieron chapas a Pií y éste les habilitó algunas chapas. Parecía que el refugio que tenían ahí atrás de la cancha grande iba a resistir.

Mónica le dijo a María: “¿Escuchaste la alerta?”. Entonces María, que le hacía caso, rajó para Ovidio Lagos y fue a comprar grasa y unos cuantos paquetes de harina. “A mí no me va a agarrar desprevenida y sin mi suministro”, decía mientras traía todo en los brazos para las tortas fritas.

Manuel apareció gritando “¡alerta, alerta!” por Iriondo. Doña María salió corriendo y sacó la ropa que tenía tendida. Pensaba que era por el mal tiempo. Pero Manuel decía: “¡Alerta, alerta, que viene la perrera!”. Lo decía para que todos entraran a los perros. Era la alerta temprana para que no se los llevaran.

La pequeña Susi, cuando sintió que venía una alerta de fuerte lluvia –y que el padre le decía: “Si llueve más de tantos milímetros, Biedma se va a convertir en un río”– salió corriendo a buscar las botas. “Yo, por más que la calle se convierta en un río, quiero pasar para el otro lado. Quiero seguir comprando pan del horno de leña con el que lo fabrican ahí por Iriondo, casi llegando a 24”.

Pedro, cuando volvía de la plaza notó que el churrero se iba para el otro barrio. Cruzaba Suipacha con una capa enorme. Todavía el cielo estaba claro. Y el churrero se iba con una capa como si fuera de hule, de esas que se usaban antes para aguantar cualquier lluvia. Y Pedro se dijo: “Si este, que está siempre en la calle, sale con tremenda capa cubriéndose, mejor alerta temprana que esto no hay. Se va a venir una…”

Al rato no comenzó la lluvia, sino un fuerte viento. Y la tierra se apoderó del aire y de todo el barrio. En todas las calles de tierra se levantaba una polvareda que se mezclaba con tierra propia del barrio y con otra que capaz venía de otros lados. La alerta no había dicho nada de una tormenta de tierra.

Pero estábamos tranquilos. Nunca hizo mal una tormenta de tierra. Al contrario. Si era nuestra. Si era la tierra del barrio. Y si fuera de otro barrio, no pasaba nada. Al rato comenzaron a caer las primeras gotas y empezaron a limpiarse las veredas.

Al rato, en casi todo el barrio, empezó a sentirse olor a torta frita. La alerta temprana había funcionado.

Publicado en el semanario El Eslabón del 8/8/26

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