Por la ventana entra una luz anaranjada, de fin de tarde. Hice 15 minutos de fotosíntesis y los hombros se me aflojaron un poco. 

Estoy ovulando y la vida es bella.

Esta semana empezó el Mundial.

 

A diferencia de años anteriores, noto a mi novio menos entusiasmado. Tuvimos una conversación unos días antes. En realidad fue un monólogo en voz alta, decía que éste iba a ser el “primer peor Mundial de la historia, que era el comienzo de alejar a los futboleros de siempre del Mundial, que cada vez muestran más los intereses comerciales, que se está convirtiendo en un evento elitista, las entradas están carísimas, el invento de los cooling break, cuatro tiempos para meter más publicidad, tres países, sedes lejísimas unas de otras, un mes y medio de duración”, y la enumeración seguía. Enojado, tenía sus fundamentos. 

Igual, es canalla, y si fuese por él, ya quisiera estar en agosto y que empiece la Libertadores. 

Soy ajena a esas cosas, el entusiasmo mundialista se me despierta a partir de cuartos de final. Exitista dirán, no niego ni afirmo. 

 

Me cuelgo mirando un partido que está en la tele, aunque mi atención la capta, no el fútbol en sí, el juego, sino los brazos tatuados, las piernas depiladas y musculosas. Es un equipo de África contra uno europeo. Los jugadores africanos, esa piel negra, tersa, brillosa, las manos enormes, las venas del cuello, la boca, la sonrisa. Me desarma. Qué hermosa es la raza negra, qué superior. Me enojo con los creadores del racismo. Qué injusto que siendo tan superiores hayan tenido (y tengan) que sufrir tanta opresión. Qué ganas de ponerme en cuatro. Y que vengan de a uno. 

 

Cuando empieza el partido los jugadores están prolijos, peinados, y a medida que van pasando los minutos empiezan a transpirar, se ensucian, se embarran. Estoy para ofrecer un servicio de fangoterapia a esos cuerpos, con final feliz. 

 

Se me vino un recuerdo a la cabeza: en un viaje, en una de esas visitas guiadas por las canchas, entramos al vestuario del Real Madrid. Una habitación donde había duchas, bancos, sin mucho espacio para la intimidad, como cualquier vestuario. Me esnifé el baño a ver si se me guardaba ese olor para siempre. 

Estando ahí pensé: acá se bañan todos juntos. ¡Qué lugar! Lleno de futbolistas, haciendo sus rituales de aseo personal. ¿Saldrán en pija de bañarse? ¿Algunos con la toalla atada a la cintura? ¿Se pasearán así naturalmente, dejando a la vista sus abdominales y pectorales?

 

Me imaginé a Paredes saliendo en pelotas de la ducha, a Messi en boxer, recostado de espaldas en un banco y De Paul ayudándolo a elongar el isquiotibial, se lo masajea y la mano alcanza el bulto enorme, se lo toca mirándolo a los ojos. Messi se rie y le dice —Sos mano larga ehh—. El Cuti sale de la ducha todo mojado, chorrea agua y moja todo el piso, el Licha lo mira, se ríe y le dice —Qué negro hermoso que sos—, se arrodilla adelante de él y empieza a tirarle la goma. El Cuti le agarra la cabeza y le mete la pija bien adentro de la boca. Ventana: entro yo. No me quiero perder esta fiestita.

 

Volví a mi departamento, al partido, y confirmé que lo que más me gusta del Mundial, al menos en este momento del ciclo, es la cantidad de imágenes repetidas de hombres, hombres, hombres. 

 

El algoritmo coopera para que las imágenes que se ven en la tele se reproduzcan en mi celular. Me aparecen videos del arquero de Nigeria, del delantero de Turquía, el mediocampista de Suecia, el arquero de Argelia, de nuestro Licha Martinez. Tallados a mano, músculos delineados como en un manual de anatomía, mandíbulas marcadas, miradas profundas, cejas tupidas.  

El arquero de Nigeria, Okoye, que se viralizó aunque no clasificaron al Mundial, se lleva toda mi atención y empiezo a mirar sus videos en loop. Precioso. En una de esas me aparece que tiene denuncias por su ex pareja por violencia de género. De manual, qué asco. Me dan ganas de cogérmelo igual. Basta, por favor, no veo la hora de que me venga. 

 

Otra cosa que me trae el algoritmo, un video de Paredes haciendo diferentes actividades: entrena, camina y sonríe con una camisita, baila, posa para una sesión de fotos con la particularidad que en el audio se escucha el paso a paso de una “rutina diaria de cuidado de la piel con fresa y vainilla dorada de Natura, con un lomo… digo, con una firmeza, que te deja sin aliento y con ganas de aplicar el producto todo el dia”

 

Otro, formato similar, dice escrito: “Subí el volumen para que tu marido no sospeche”, y muestra videos de distintos jugadores de la Selección, también haciendo actividades varias, muy sexies claro, y el audio relatando la receta para hacer un guacamole —Whaaaaats —pienso. 

 

Mi testosterona empieza a subir, lo siento en el cuerpo, estiro el cuello, aflojo los hombros, me estoy poniendo tensa, el suelo pélvico empieza a reclamar atención, respiro hondo. Dejo que la testosterona circule, no la ahogo con pensamientos represivos. La respiración se acelera sutilmente. 

 

Es fin de tarde, trabajé todo el día y a esta hora se empieza a activar el circuito de recompensa. Antes me daba culpa, me sentía incómoda, ahora ya entendí que eso no es mío, que ese razonamiento era un logro del patriarcado, que los varones estén tan habilitados al autoplacer y nosotras no, es desigualdad de género. 

Tenía para estrenar mi regalito de cumple, el succionador.  

Bajé la cortina de la habitación y puse reels hasta que el succionador hizo su magia y empezaron las convulsiones. Perdí el tono muscular y pensé que con este Mundial tan largo, antes que termine, iba a tener nuevamente una semana ovulatoria. Gracias FIFA.

Publicado en el semanario El Eslabón del 1/8/26

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