La lucha que emprenden los pueblos para reconstruir la memoria histórica no describe un camino recto, sino una larga y compleja disputa jalonada por avances y retrocesos. La polémica desatada en Catalunya por el retiro de simbología franquista nos muestra una sociedad española partida, lastrada por deudas históricas. Y también nos sirve de espejo para valorar los logros de la militancia por la verdad y la justicia en la Argentina.

En el marco de la puesta en marcha de la Ley de la Memoria Histórica, en abril de 2008 el Ayuntamiento de Barcelona anunció que se retirarán las placas con símbolos franquistas que existen en edificios repartidos por toda esa ciudad, previa solicitud de los propietarios de los inmuebles. Desde entonces, y hasta el 31 de diciembre de 2008, se desarrolló una campaña para que los vecinos realicen las solicitudes de retiro. Y una vez finalizado el plazo, el resultado fue desalentador para los militantes por la memoria: apenas 225 consorcios, un 5 por ciento del total, presentaron el pedido de retiro de los símbolos de la dictadura de Francisco Franco. Las placas metálicas que todavía glorifican los planes de viviendas populares del dictador no son pocas: 4.463 según el relevamiento realizado por el Instituto Municipal de Paisaje Urbano del Ayuntamiento de Barcelona.

Conocidos estos datos, y el poco entusiasmo de los vecinos para acceder a retirar esos símbolos, la polémica volvió a estallar esta semana en España, donde la militancia por la verdad y la justicia tiene que luchar contra amplios sectores de la población que no sólo prefieren dejar las cosas como están, sino que además glorifican el pasado franquista sin ambages y a la luz del día, por ejemplo con manifestaciones a favor del dictador cada vez que se retira un monumento que lo recuerda.

El caso de las placas no es único ni excepcional en España. Apenas una muestra más de las dificultades que implica emprender la lucha simbólica por establecer el pasado y reconstruir la memoria histórica. A fines de 2008, la Audiencia Nacional de España decidió paralizar la apertura de fosas comunes en las que permanecen enterradas centenares de víctimas de la guerra civil española al considerar que “existe un conflicto legal de competencia”, según informó el diario catalán La Vanguardia. El grupo de 15 magistrados que integra una de las salas de la Audiencia decidió así estimar un recurso de la Fiscalía contra el auto del juez Baltasar Garzón, quien en octubre se declaró competente para investigar lo ocurrido durante la Guerra Civil (1936-1939) y los años posteriores de la dictadura de Franco. Los jueces, por diez votos contra cinco, acordaron "paralizar las actividades tendientes a la exhumación de cadáveres" hasta que resuelvan la cuestión de incompetencia planteada.

Esta decisión reavivó la polémica, y una vez más quedó al descubierto la complejidad del sistema de fuerzas e intereses antagónicos que se manifiesta en toda sociedad cuando se ponen en juego estas cuestiones. Ante este revés judicial, se pronunció a través de un comunicado un grupo de intelectuales y artistas, entre los que se destacan el Premio Nobel portugués José Saramago, el catalán Juan Goytisolo y, sorprendentemente, el argentino Ernesto Sábato, célebre autor de “La teoría de los dos demonios”, la obra que tanto daño hizo y sigue haciendo a la lucha por la verdad y la justicia en la Argentina.

Pero más allá de los nombres, los intelectuales publicaron un manifiesto en apoyo a la investigación de Garzón sobre las desapariciones durante la Guerra Civil y la dictadura franquista (que se extendió hasta la muerte del déspota en 1975). Garzón se había declarado competente para abordar esos casos al estimar que se trata de delitos de detención ilegal y desapariciones lo que encaja en el contexto de crímenes contra la Humanidad. El manifiesto de intelectuales lamentó el "desproporcionado ataque" a la labor de Garzón lanzado, "desde ámbitos determinantes que han creado alarma en la sociedad e indefensión en los demandantes". El documento celebra "el trabajo encomiable" de Garzón "por lo que implica de reparación pendiente por nuestra democracia".

"Hemos conocido la noticia de las 114.266 detenciones ilegales de desaparecidos del franquismo, hombres y mujeres marginados durante muchos años del discurso oficial de nuestra democracia, que son rehabilitados ante nosotros gracias a las asociaciones para la Recuperación de la Memoria Histórica, los investigadores y familiares", comienza afirmando el documento de los intelectuales.

Los comentarios que los lectores agregan a las notas publicadas en los medios electrónicos suelen dar una imagen muy parcial, recortada y estadísticamente poco significativa de aquello denominado “opinión pública”, pero aún así funcionan como síntoma del estado del discurso social operante. El caso del retiro de las plaquitas franquistas no es la excepción y da cuenta de las distintas posiciones que conviven en la sociedad española con relación a la memoria.

“Estoy de acuerdo en que quiten los símbolos franquistas. Más que nada, por las víctimas (por decirlo de alguna manera) de la dictadura. Hay gente a la que realmente le afecta que estén esas cosas allí”, escribió una persona identificada como Txana al diario barcelonés La Vanguardia.

“¿Y qué? ¿Qué pasa? Esto es historia y nada más. Las placas están colocadas pero no hablan y están en su sitio y no se mueven. Mientras hay otros que se mueven, molestan, inundan el país y los políticos ya no los pueden parar. ¿Qué son? ¡¡Los inmigrantes!!”, escribió otro lector a ese mismo diario.

“¡Qué horror, no me lo puedo creer! Hay tantas injusticias a reparar: la ocupación romana, los francos, los árabes, los franceses. Hay que quemar todo y que no quede nada que ofenda a las más delicadas sensibilidades”, aseguró otro, haciendo uso de una ironía rayana en el sarcasmo.

Mientras las plaquitas siguen intocadas y en su lugar, la polémica recrudece en España transparentando las posiciones de los distintos actores sociales ante la justicia, la verdad y la memoria. Es un debate que nos resulta muy familiar en la Argentina. Una discusión abierta sobre el pasado pero decisiva para el futuro.
 

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