Es tarde, es sábado, es otoño, hace frío y van varios días que me cuesta horrores dormir.
El gato del vecino se pone a llorar –o a coger o a pelear con otros gatos, vaya uno a saber– y los perros de la cuadra empiezan a ladrar. Mi temor era que los pájaros canten y me desvelen, pero ni siquiera llegué a eso. Me levanto, prendo la compu y un pucho, y me siento a escribir. Tecleo noche, luna, río… y borro todo. Me sirvo un trago y voy por el lado de los bares, de las mesas de pool, de un cenicero y las vías del tren. Vuelvo a borrar. Agarro el cuaderno, la birome, escribo, tacho, arrugo las hojas y las tiro al piso. Mañana las levantaré. Prendo otro pucho, me obligo a desarrollar una idea, describir un paisaje, esbozar el carácter de un personaje, nada. Me vuelvo a la cama, viene una culpa lejana y estúpida, me enrosco con acordarme el pedacito que me falta de la letra de Chiquilín de bachín, me reprocho no haber ido al dentista, ni a correr, ni a pagar la deuda de la Epe y de no haber llamado a María en estos días. Me tumbo para un costado y meto la mano entre la almohada y mi cabeza como si así la fuera a parar. Me doy vuelta y me termino de convencer de que de ninguna manera que me ponga voy a estar cómodo. De golpe una luz me encandila, un sol de frente que permite adivinar unas siluetas como de cáctus en el desierto pero al acercarme veo que es un niño, que podría ser yo, encerrado en un auto. El niño tiene la frente apoyada en la ventanilla y con los ojos húmedos y empañados observa cómo su hermana se tira una y mil veces por el tobogán del parque al que estaban yendo cuando él le levantó la voz a su mamá y fue castigado. El niño ahora ve que viene su padre y abre la puerta y le dice que vaya a jugar y que espera que haya aprendido la lección. Y el niño corre desesperado y se tropieza, y se desploma, y se clava un vidrio en la rodilla y sangra, y llora de dolor y de bronca por no haber llegado siquiera a la escalerita del tobogán. El niño ahora llora en el hospital porque una enfermera le limpia la herida con alcohol y le arde, y llora cuando ve al doctor, un anciano de lentes redondos y chiquitos, que blande una aguja extraña con un hilo largo y extraño también, y el niño… el niño… ¿Y si en vez de niño pongo pibe? O nene… O chiquilín… ¡Chiquilín! Dame un ramo de voz así salgo a vender mis vergüenzas en flor… Baleame con tres rosas que duelan a cuenta del hambre que no te entendí, chiquilín.
Publicado en el semanario El Eslabón
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