El dispositivo de blindaje mediático de que se vale el régimen macrista es, claramente un esquema de poder brutal, escarmentatorio de todo intento por trastocar el modelo informativo establecido por las corporaciones desde, por lo menos, la última dictadura a esta parte. En ese y no en cualquier otro marco es necesario analizar el reciente episodio de extorsión perpetrado por el gobierno de Mauricio Macri, amenazando con llevar a la cárcel al propietario de un medio si no se sacaba de encima a un periodista que molestaba.


El oligopolio comunicacional

En el blog ramble tamble, que edita el sociólogo Artemio López, este viernes se publicó un artículo de Ernesto Mattos titulado La Tercera Revancha Clasista, la deconstrucción de la hegemonía en Argentina. El autor es economista del Centro de Estudios Económicos Scalabrini Ortiz (Ceso), y su planteo es inquietante: “En 1988, el dirigente más importante de la Ucedé (se refiere a Álvaro Alsogaray) dijo: «Son todos liberales y nosotros parecemos socialistas, hemos ganado». Lo que triunfó fue la mentalidad liberal, que tal vez no sea la mentalidad burguesa descrita por J. L. Romero, que puede atravesar diversos gobiernos; así como ninguna estructura burocrática estatal o privada resuelve sus tensiones en cada período de gestión, salvando las distancias, el Estado depende de la elección popular, a diferencia de una empresa”.

Luego, Mattos redondea: “Por lo tanto, ocurren tensiones en el ámbito burocrático estatal y privado que se resuelven en la orientación política que adopte el gobierno (CEO), influenciado por los intereses económicos de clase. La doctrina-ideología como pensamiento reflexionado, necesario y actualizado uno la encuentra en el pensamiento político y económico de Juan Domingo Perón o, por su contrario, en la vieja aspiración mitrista de la historia. Pero ambas son antagónicas. Y eso es lo que está en tensión, el antagonismo, no una grieta”.

De modo que existe, en la coyuntura nacional, un área de confrontación que no surge en la etapa kirchnerista, como de algún modo pretenden instalar algunos voceros malformados del elenco mediático. Ese antagonismo es bicentenario, y atraviesa a los movimientos populares desde los inicios de la historia nacional.

Siguiendo la línea de razonamiento de Mattos, se puede apreciar que la alianza gobernante tiene como pata política a un radicalismo cooptado, pero no por vez primera en su larga trayectoria, un partido “que tuvo a dos protagonistas, Alem y Mitre, y sus seguidores. Porque en última instancia el PRO es el Marcelo Torcuato de Alvear en la UCR cuando estaba don Hipólito”.

El economista, demostrando que su disciplina no tiene valor agregado sin una profunda historicidad, señala: “La alianza no es novedosa, no es nueva, sino que es la expresión histórica del complejo exportador pampeano, industrias asociadas, que tuvo sus momentos de antagonismo en 1852, 1930, 1955, 1976 y 2015. Pero el 2015 tuvo el preludio de 2008, cuando la Sociedad Rural Argentina (SRA) volvió a reunir en la mesa de enlace, junto a la Federación Agraria (FAA), se hizo difuso el antagonismo histórico, era la mentalidad liberal la que primaba. La segunda penetración liberal a la UCR expresa lo mismo que en 1922. No hay algo novedoso en esto”.

Por lo tanto y tomando debida nota de aquella reflexión de Alsogaray –que puso negro sobre blanco la cooptación del peronismo menemista por parte del liberalismo clásico argentino– en la etapa posdictatorial esa infiltración de los dos movimientos populares tuvo su interruptus con el kirchnerismo, que desde adentro recuperó las banderas del peronismo, no dejó de ser peronista, puso en evidencia a quienes se dejaron seducir por los cantos de sirena y por los dólares contantes y sonantes, y encima confrontó con el nuevo sujeto absoluto, el oligopolio comunicacional, según define José Pablo Feinmann al emergente de esta etapa superior del liberalismo.

Mattos agrega que en este estadío, confrontan dos concepciones: la desregulación económica o la planificación, y ambas expresan “dos formas de concebir lo mejor para una sociedad”.

Así las cosas, señala Artemio López luego de publicar a Mattos, “la hegemonía macrista es simplemente la expresión del antiperonismo, como el kirchnerismo es la expresión del peronismo”.

Pero el sociólogo llega a esa conclusión luego de haberle entrado fuertemente al último párrafo del artículo, que ofrece una clave de época: “Entre 2003-2015 se puso en tensión la hegemonía. Hegemonía económica –»¿Somos el campo? ¿Con una cosecha nos salvamos todos?»– y política –un país muy extenso, achicar el Estado para engrandecer la Nación, regulación de los mercados y gasto público como problema del crecimiento económico– junto al nuevo sujeto absoluto comunicacional para imponer la «razón»”.

En síntesis, la comunicación surge con claridad como territorio en disputa. Ese sujeto absoluto –el oligopolio comunicacional– representa el sostén, el blindaje que el modelo de saqueo necesita para no ser interpelado antes de que se complete el ciclo de transferencia de recursos y endeudamiento externo para permitir la consiguiente fuga de esos capitales, la precarización laboral, la desindustrialización y destrucción del mercado interno y el aplastamiento de toda alternativa con posibilidades ciertas de interrumpir esa dinámica en el terreno electoral.

Después de la derrota

La derrota más significativa que se produjo en 2015 no fue electoral. La blitzkrieg que desplegó el régimen macrista sobre las conquistas sociales alcanzadas desde 2003 puso al descubierto la fragilidad del andamiaje en el que las mismas se apoyaban.

Una explicación posible es que el período inaugurado en 1983 inoculó al peronismo con el bacilo que tanto había resistido desde su formación: las formas de la partidocracia. Si algo definía al peronismo era su naturaleza movimientista, una característica que producía erupciones en la piel republicana de todo referente del sistema de partidos, que le exigía al peronismo que se adecentara en ese sentido y dejara de lado ese concepto cuasi “fascista” y “antidemocrático”.

De poco valió siempre para esa dirigencia que desde su nacimiento el peronismo hubiese ganado todas y cada una de las elecciones en las que se presentó, siempre constituyendo frentes –no alianzas–, a sabiendas de que un solo partido o una coalición de fuerzas sólo basada en la coyuntura electoral, no alcanzaba para acumular el suficiente poder para llevar adelante las transformaciones profundas que sus banderas proclamaban.

La primera derrota en elecciones no fraudulentas el 30 de octubre de 1983 resultó un duro golpe a un peronismo que ya venía averiado desde la sangría de los años 70, la muerte del general Perón, la desaparición de buena parte de sus mejores cuadros juveniles y la cooptación de un núcleo de la dirigencia partidaria, entre ellos el propio candidato a presidente Ítalo Luder, quien estaba más dispuesto a dar continuidad al esquema financiero y económico inaugurado en el Rodrigazo de 1975 que a interrumpir ese proceso con un shock distribucionista y recuperatorio de la industria nacional, devastada por las políticas liberales.

A esos “mariscales de la derrota” los sucedió una renovación que depositó su confianza en las formas democráticas, institucionalizó el Partido Justicialista, y lo dotó de una organicidad que le era ajena, pues el internismo propio de cada fuerza política siempre lo había resuelto o dirimido el propio Perón.

Es conocida la fase que –luego de la efímera experiencia bonaerense cafierista– desembocó en las internas de 1988, de donde surgió la candidatura de Carlos Menem y su posterior llegada al Gobierno, desatando la crisis más aguda que el peronismo hubiese sufrido en su historia, superadora incluso de la que produjo el exilio de su líder y los años de proscripción.

El kirchnerismo no se sacó de encima las telarañas partidocráticas tejidas para inmovilizar al enorme movimiento nacional y popular. Creyó que las formas democráticas alcanzarían para lograr la restitución de derechos conculcados por décadas de hegemonía neoliberal, la incorporación de nuevas conquistas, y la arquitectura legislativa que diera soporte a la lucha entablada contra las corporaciones oligárquicas. Fue en esta esfera que fue derrotado el peronismo del siglo XXI.

El régimen macrista, con la velocidad de la guerra relámpago, acometió sobre cada una de esas conquistas, pero fue especialmente rápido en su faena de desarticular la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, a pedido y a medida del grupo más concentrado de medios: Clarín, referente principal del nuevo sujeto absoluto comunicacional.

Esta semana, luego del despido del periodista Roberto Navarro del canal C5N, un colega, Roberto Caballero, ensayó una rápida enumeración de esa avanzada del macrismo sobre el sistema de medios: “Ley de Medios descuartizada por decretos presidenciales. Despido y persecución en las redes sociales a los periodistas de Radio Nacional. Persecución a los integrantes de 678. Despido de Víctor Hugo Morales de Radio Continental. Despido de Pedro Brieger de la Televisión Pública. Ataque con patotas al diario Tiempo Argentino. 4.500 trabajadores de prensa despedidos, suspendidos o precarizados en 20 meses. Desaparición del dial de Radio América. Despidos en 360 TV. Despidos en CN23. Golpes y detenciones de periodistas integrantes de la Red de Medios Alternativos. Acoso financiero y judicial a la empresa editora de Página 12. Acoso financiero y judicial a la licenciataria de Radio del Plata. Acoso financiero y judicial a la licenciataria de C5N y Radio 10. Cierre del Buenos Aires Herald. Cierre de la Revista 23. Despido de Roberto Navarro”.

Caballero reflexionó sobre ese despiadado ataque y señaló: “Denunciamos el apagón informativo desde el minuto cero del gobierno de Cambiemos. Esta saga no es una casualidad: es una política oficial que, de manera directa o indirecta, busca acallar las voces disidentes. El que pretenda verlos como casos aislados no hace otra cosa que naturalizar lo que debería ser repudiado”.

Caballero entrevistó en Radio Del Plata al candidato a senador por Unidad Ciudadana Jorge Taiana, quien responsabilizó claramente al gobierno de Mauricio Macri por el despido de Roberto Navarro en C5N: «Es imposible separarlo de la cuestión electoral». El ex canciller agregó: «El gobierno busca el control de la opinión y el disciplinamiento para evitar las reflexiones que sean diferentes a su pensamiento, y el objetivo lo está logrando a través de la distribución de la pauta pública y la separación de algunos periodista».

En ese infame proceso, muchas organizaciones sociales que formaron parte del proyecto inaugurado por Néstor Kirchner el 25 de mayo de 2003 han sido muy bien tratadas por los medios hegemónicos, y por supuesto no es casual que sean las que se alejaron del kirchnerismo con resonantes críticas.

Es sintomático que el dispositivo político-mediático-judicial se esfuerce por instalar que durante el kirchnerismo reinó una corrupción generalizada, pero la marea de causas armadas sólo recaiga en los hombros de la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner y de aquellos colaboradores suyos más críticos de la actual gestión o que desmontaron negocios del actual bloque dominante.

Ninguno de los “ex kirchneristas” sufre acoso judicial alguno, y tienen a su disposición toda la arquitectura mediática hegemónica. Algunos de ellos aducen una honorabilidad que no habrían tenido sus antiguos compañeros, y opinan, aunque sin dar nombres, que se puede hacer política sin corromperse, en una velada acusación al voleo, más parecida a una botoneada que a una crítica sincera a un supuesto esquema delictivo.

Esta semana que culmina, también, el secretario general del Sindicato de Prensa de Buenos Aires (Sipreba), Fernando Tato Dondero, analizó en el programa Poné la Pava, que se emite por Radio Gran Rosario, la crítica realidad del sector, donde desde diciembre de 2015 hubo más de 1.400 despedidos tan sólo en Capital Federal.

Y en una excepcional entrevista con Víctor Hugo Morales y su equipo, en la emisora AM 750, CFK también se explayó en torno del dispositivo de medios: «Hay un blindaje mediático brutal por parte de los medios hegemónicos. La mentira pública bajo la forma de propaganda sólo se puede mantener con este blindaje».

Refiriéndose específicamente al episodio suscitado en C5N, la ex mandataria sentenció: «Lo de Navarro no puede entenderse como un hecho aislado. Hay que verlo como parte del ahogo financiero y judicial sobre los medios que tienen una voz diferente, que son alternativos. Un plan económico que todos los días despide gente y precariza el trabajo, que se abre a las importaciones, a la flexibilización laboral, a la estigmatización. Y la necesidad de que no haya voces que ponen en evidencia por ejemplo, el blanqueo de millones de pesos por parte de familiares y amigos del presidente».

Cristina debe entender que si la historia le depara una nueva oportunidad de conducir los destinos de la Argentina, deberá profundizar y mucho el andamiaje sobre el que se reconstruya un nuevo sistema de medios.

Por de pronto, sostuvo que en el régimen macrista «usan la mentira política como forma de propaganda. Si dedicaran una milésima parte de los recursos humanos que le dedican a la propaganda… Tenemos un presidente de spots publicitarios».

Para cerrar, y anudando los tres abominables hechos que reinan en la agenda política, CFK disparó: «Lo de (el fallecido ex fiscal Alberto) Nisman es una inmensa bomba de humo para ocultar lo de Santiago Maldonado. Pero la pregunta va a seguir siendo dónde está Santiago Maldonado».

Fuente: El Eslabón

 

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