En seis años de trabajo, un grupo de voluntarios alfabetizó a 171 jóvenes en cárceles rosarinas. Aplican el método Yo Sí Puedo y organizan talleres de inglés, literario, cuentos, geografía, primeros auxilios y biblioteca. Este año, en la Unidad Penitenciaria 6, de avenida Francia al 5200, hubo 200 participantes. Entre ellos, 26 aprendieron a leer y escribir. Los cursos culminan con la entrega de certificados, gaseosas, tortas, masitas y una sensación de libertad que no sólo tiene que ver con las rejas.

“Los jóvenes que alfabetizamos han cometido errores, hicieron daño y están pagando por eso. Nosotros no podemos repararlo, lo que hacemos es trabajar por el futuro, para que cuando salgan sean mejores personas y no los repitan”, dijo el coordinador de la tarea, y portavoz de la Multisectorial de Solidaridad con Cuba, Guillermo Cabruja.

“No podemos garantizar que vayan a salir mejores, pero si no hacemos nada, seguro que no”, enfatizó Cabruja. También alfabetizan en la cárcel de Piñero y lo hicieron en la Unidad 16, en el límite oeste de la ciudad. Además, graficó la deuda de la sociedad hacia las poblaciones carcelarias, en su mayoría formada por jóvenes de hogares empobrecidos, y en muchos casos, analfabetos totales o funcionales.

“Cuando uno tiene cinco años no elige ir a la escuela, lo llevan. A ellos no los llevaron, por lo tanto no es su responsabilidad el no haber ido. Sin dudas el Estado estuvo ausente, son las víctimas del neoliberalismo que en 2001 eran los niños que uno veía en la calle”, argumentó. Y explicó que trabajan en los once pabellones que tiene la penitenciaría.

Muros adentro, la tarea que coordina Cabruja, junto a un grupo de voluntarios, tiene dos instancias: la alfabetización y los talleres. En la primera se aplica el método cubano Yo Sí Puedo, un programa audiovisual que consta de 65 módulos y que, además de incorporar la lectoescritura, lleva a indagar, reflexionar y a detectar causalidades y relaciones en el aquí y ahora. No son pocos los jóvenes que, una vez alfabetizados, se suman como facilitadores para otros compañeros del penal.

Los talleres conforman la segunda oferta y la convocatoria más amplia. De allí surgió el primer libro, Entre mandarinas y tumbas, que tres años atrás escribieron los internos, coronando un proceso de alfabetización, y que enviaron de regalo a Fidel Castro. Ahora están preparando un segundo texto, en el que Juan Alberto Aricaye piensa incluir su poesía Marcas: “Puedo escribir algo de ella/porque dejó algo en mi. Pisó tan fuerte/que marcó una huella/imposible de borrar. Como cuando escribo/en un papel/así dejó marcado/mi corazón”.

En los próximos días, además, sale de imprenta el segundo texto de los talleres. Se llama Mate Dulce, Mate Amargo y tiene poesías y micro relatos con experiencias de vida en el penal, como el Día de la Libertad. Allí publicará su poesía Soledad, que cuando la leyó a sus compañeros pensaron que era para una mujer. “A ti te escribo mi fiel compañera/la que no me abandona/si hay algo que te digo/desde que llegaste a mi vida/es que no te puedo vencer/te abrazo y te pido que no me dejes morir/que me ayudes cada día a convivir contigo”, recita y sonríe. “Me refiero al encierro, juego con las palabras y eso también me ayuda”, explica sobre su metáfora.

Diplomas

Diciembre pesa en el clima, con calor y lluvias. El acto de entrega de certificados ya no se hará en el patio, los diplomas se entregan agrupando pabellones en los espacios donde se dan las clases semanales. La situación permite conocer algunos de ellos, donde se configura la vida cotidiana del lugar. Hay sectores verdes con extensas y florecidas huertas, ámbitos con salmos escritos en las paredes, y lugares comunes bien cuidados como el pabellón 2, o grises, sin alma.

Los jóvenes llegan en grupos, acicalados y sonrientes. El de risa más amplia es Fernando Monzón, que recibió un diploma justo el día antes de salir en libertad. “Tengo tres hijas y quiero darles todo lo que no pude en el tiempo que estuve detenido”. Héctor Iñiguez también recibe aplausos por su aplicada labor en la biblioteca. “En este espacio magnífico participamos un grupo formado por representantes de cada pabellón, que tenemos la capacidad y el privilegio de facilitar y fomentar la literatura, ya que hay chicos que lamentablemente no tienen recursos para acceder a algo tan valioso como un libro”, leyó emocionado.

“Un libro suena a algo común, algo simple, hasta que lo abrimos y nos sumergimos en sus páginas, trasladándonos al pasado, a lugares inimaginables, a historias inigualables y hasta al aprendizaje”, continuó Iñiguez, alentado por los aplausos de sus compañeros. “En mi pabellón tengo a varios chicos que están estudiando para capacitarse, para recibirse de algo y el día de mañana, cuando les llegue su libertad, poder conseguir un trabajo digno y no ser marginados por la sociedad”. Más aplausos.

Pero faltaba lo mejor. “En el momento en que me piden un libro, porque tienen que rendir un examen o alguna materia, no saben la sensación hermosa que se siente al saber que estoy aportando mi granito de arena y ayudando a quienes son marginados y discriminados, entre los cuales me incluyo. Siento un orgullo inmenso y me siento privilegiado de ser integrante de este espacio al que llamamos la biblioteca”. En este punto se sumaron las lágrimas.

“En este sencillo acto les entregamos los certificados”, decían los profesores en cada uno de los pabellones elegidos para las reuniones. Luego los nombres de cada uno que pasaba a recibir el diploma entre aplausos y aliento, en un espacio que funciona también como lugar de las iglesias, los jóvenes citan de memoria el salmo escrito en la pared. “En este momento siento algo muy lindo porque yo lo voy a poder mostrar (al certificado) junto con el currículum cuando salga en libertad y vaya a buscar trabajo”, dijo uno de los jóvenes.

“Esto ayuda una banda, nos despejamos la mente y estamos agradecidos con quienes se toman el tiempo de venir acá a enseñarnos. Nosotros estamos buscando un cambio de vida, buscando a Dios para otras personas”, comentó su compañero. Matías fue más allá y dijo que “es un privilegio enorme venir a este lugar, se siente bien porque uno se esforzó durante todo el año para poder tener algo, que antes nunca se esforzó en nada, aprender a leer es una bendición”.

“La verdad que la gente que viene a enseñarnos, por unas horas, nos hace sentir que estamos afuera, con esa alegría de compartir una charla, una enseñanza, es como una hora de libertad, volver a revivir”, dijo Horacio. Y ahondó en un significado: “Detenido es en todo sentido, en el tiempo, en la mente, en lo último que viste cuando entraste acá. Uno piensa que sigue todo igual, cuando las cosas van a mil por hora en la calle. Al tener este espacio, uno trata de crecer, es como volver a arrancar el auto”, argumentó el joven, que es facilitador de alfabetización de 25 compañeros porque pudo “progresar mentalmente”.

Brian recibió un certificado por el taller de inglés. “Nos ayuda a nosotros que estamos acá adentro, nos saca un poco del encierro, nos enseñan cosas nuevas y nos ayudan a civilizarnos con la gente que viene de afuera, chicos y chicas, eso es bueno, se siente bien”. Aricaye, el poeta, resume: “Si una persona tuvo una etapa crítica en la infancia, cuando crece sólo vive lo que vivió, digamos, en una villa miseria, y por culpa de eso lleva una mala vida, pero llega un momento en que empieza a reflexionar y entra en sí, y dice, me voy a dar una segunda oportunidad para cambiar”.

Para Jesús, los talleres son magníficos porque “traen conocimiento a la memoria, abrimos la mente, entendimiento, te relacionas con gente de trabajo, cambia la mentalidad cien por ciento de todo”. Afuera parece que va a llover otra vez. Abrazos y saludos en la despedida. Llegar a la calle lleva varios minutos. Viene y va el contraste entre sus risas y las nubes densas. En la inmaterialidad de la redención y las rejas que se van abriendo a nuestro paso. Como remolinos, pienso, y de pronto suena Virus en mi mente.

Microemprendimiento

Guido Adamo, alfabetiza en el pabellón 9, y coordina talleres de cuento. Además, coordina la entrega de microcréditos para las familias de los detenidos. “Para que cuando salgan tengan una alternativa de trabajo en marcha”, explicó. Y dijo que se logró presentando un proyecto para personas en situación de encierro, ante la Comisión Nacional de Microcréditos (Conami) del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, que financia iniciativas productivas para sectores populares.

 

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