Yda Ramona Pintos tiene 50 años, no mide más de metro y medio y tiene una sonrisa que no perdió la picardía a pesar de los golpes que le supo dar la vida. Es madre de 6, tres varones y tres mujeres, abuela de 7, compañera de Dante y presidenta de la red de huerteros y huerteras de Rosario. Yda en realidad es Ida pero le gusta que la llamen con Y. Fuerte, decidida y emprendedora, es de esas mujeres que meten manos a la masa, lloran en silencio y sostienen el equilibrio del hogar.

Nos recibe con su sonrisa. Entre mentas, albahaca, melisa y cedrón nos adentramos en la Huerta Molino Blanco, ubicada al sur del sur de nuestra ciudad, casi en el límite con Villa Gobernador Gálvez. Nos acomodamos bajo dos sauces centenarios, según nos dirá apenas se acomode en un banco de madera rústico que llevamos hasta el centro de ese apartado, en medio de la huerta. –Es como un paraíso, mi paraíso–, nos dirá más adelante. El ruido de las chicharras es ensordecedor.

Foto: Carla Scolari

Son las 11 de la mañana de uno de los días más húmedos de enero. Después de coordinar algunas cosas por teléfono, Yda se dispone a charlar. Serán varias las interrupciones que se sucedan durante la charla, Dante, su compañero, como ella lo define, vendrá a pedirle algún consejo relacionado al trabajo en la huerta, dos de sus seis nietos también aparecerán en escena, un poco por curiosidad y otro poco para darle un abrazo a esa abuela que desde un primer momento denota una profunda admiración por ellos, hasta por la séptima que viene en camino.

De hablar pausado y alegre, nos lleva de paseo por diferentes etapas de su vida. Habla de su pasado, del hambre y las calles de esa ciudad que fueron su hogar durante mucho tiempo. Nos cuenta de su maternidad forzada en la adolescencia, de la violencia y del amor.

Del amor habla mucho. Habla –y se le ilumina la mirada– de Dante, padre de sus 3 hijos más jóvenes, del compañerismo y la fortaleza. De sus hijos y nietos también habla mucho, los admira, los contiene, les enseña. Y de cierto modo la huerta también nace por ellos, por la necesidad de alimentarlos y para crearles una fuente de trabajo, un ingreso a base de esfuerzo y conocimientos.

Las primeras semillas

“Todo comienza, o mejor dicho da un importante giro, con la crisis de 2001. No sabíamos nada sobre huerta pero teníamos que llevar un plato de comida a nuestras mesas porque no teníamos para comer”. Así cuenta Yda cómo fue que a base de esfuerzo y mucho aprendizaje empezaron con otras madres de familia del barrio Molino Blanco a trabajar la tierra.

Son 4 las hectáreas que el estado municipal cedió, luego de reubicar a las mil familias que vivían en el predio de Ayacucho al 6600. “Huerta era una palabra demasiado grande”, dice, y recuerda que lo primero que hicieron fue tirar unas cuantas semillas de calabaza para intentar sacar provecho lo más rápido posible a la tierra. “Empezamos a sembrar un terrenito de 10 x 10, tiramos las semillas y lo único que queríamos era que saliera algo rápido para comer, porque no teníamos nada, estábamos todas desocupadas”, narra Yda mientras se refriega las manos, y agrega: “Los golpes te hacen fuerte, no somos las mismas que antes”.

 

Foto: Carla Scolari

 

Foto: Carla Scolari

Mientras las mujeres del barrio se disponían a ganar la tierra y sacar lo que sea para poder llevar a la cocina de sus hogares, el Estado Municipal les dió una mano. Desde el programa municipal Agricultura urbana, se acercaron a comentarles acerca de las huertas familiares que venían llevando a cabo en otras zonas de la ciudad: “Nosotras los escuchamos por respeto, pero sentíamos que eran más políticos que venían a mentir. Empezaron a venir de una a cuatro veces por semana y terminamos aceptando que nos capaciten y así aprendimos mucho. Tuvimos una buena producción y lo importante fue que nos enseñaron a producir agroecológico. Sin pesticidas ni fertilizantes”, destaca Yda, y ahí está el quid de esta cuestión. En Molino Blanco se producen alimentos naturales, sin ayuda sintética, por eso las frutas y hortalizas son de estación y cualquier inclemencia puede hacer tambalear la producción de ese mes.

“Corte pescadores, dependemos de la naturaleza. Acá no hay patrón, hay un coordinador, pero somos todos productores”, así se refiere al modo de trabajo en la huerta, no hay jefes ni jefas cada uno tiene su pequeña parcela y quien necesite trabajar tiene un lugar en el predio, se le cede una parcela, plantines y semillas, capacitación y herramientas: “Nosotros garantizamos que en dos meses estás vendiendo rabanitos y rúcula en la feria”.

Pero no todo fue tan fácil como parece, así como las ayudaron también muchos se beneficiaron a costa de su trabajo: “Acá hubo gente que presentó proyectos y ganó mucha plata”, nos cuenta cuando recuerda que en sus comienzos era una ama de casa tímida, criada en los barrios más populares de la ciudad. “Salir a vender fue muy difícil para mí, hablar con la gente del centro era inimaginable”, cuenta, y se sonroja al pensar en aquella Yda que sólo unos años más tarde estará disertando en congresos internacionales y plantándose ante un centenar de huerteros de todo el mundo que menospreciaban el trabajo de las huerteras urbanas. “Cuando me dijeron que cosechábamos de una latita, me paré y les dije que por lo menos nosotras no envenenamos a la gente, le dábamos comida rica, de buena calidad y totalmente natural. Todos calladitos se quedaron”, cuenta orgullosa.

Un trabajo digno para nuestros jóvenes

Si bien en un principio la huerta nació como la única posibilidad de llevar algo de comida a sus hogares, Yda recuerda que con el correr de los años las ambiciones crecieron, ya no sólo llevaban un plato de comida a sus casas sino que mediante la conformación de la red de huerteros también pudieron brindarle un sustento a sus hijos: “Por eso nos corrimos también de lo que planteaba el Estado”. Luego de dos años de constantes viajes a Santa Fe para convencer al ejecutivo provincial, lograron el título de Asociación civil y consiguieron el Monotributo social agropecuario. “Desde entonces podemos disponer del espacio para que nuestros jóvenes vendan sus productos y tengan un ingreso todas las semanas”, explica.

Sus hijos mayores se especializaron en plantas aromáticas y medicinales. Además de capacitarse para la producción de jugos, cremas, jabones, repelentes. Tienen su propio espacio, un invernadero que supieron hacer con cañas y cubrieron con plantas (papa del aire) hasta que con el tiempo pudieron conseguir los materiales adecuados.

Foto: Carla Scolari

El trabajo social y comunitario en el barrio

Los recuerdos de aquella época no son tan lejanos como se podría suponer. Dieciséis años después, Yda compara épocas. “Hace cuatro años atrás no había el hambre que hay ahora, la situación está mal. Ahora te echan de un día para el otro, es terrible, y el hambre no tiene banderas, es hambre”, señala, y enseguida vuelve a su infancia, a la orfandad y las calles que supieron ser su hogar: “Yo vengo castigada desde mi niñez. Desde chiquita quedé huérfana y me crié en la calle. A los 15 quedé embarazada y me trajeron para Rosario. No sé ni cómo me quede embarazada. Tuve tres hijos con mi primer marido, que me cagaba a palos. Por eso me separé. Hoy tengo un compañero, Dante, con quien tuve otros tres hijos”, detalla, y ahí es cuando comenzamos a hablar del amor, porque el amor no tiene clases, nombra a Dante nuevamente y se vuelve a iluminar su mirada, nos cuenta de qué trabajaba antes de conocerla –era un mozo de primer nivel–, que la acompaña, que la ayuda, y sonríe cuando dice que fue un padre para todos sus hijos, los propios y los tres mayores.

El amor traspasa fronteras y en este caso los muros de su casa. Yda y Dante son los referentes de Molino Blanco, consiguieron que desaparecieran los pasillos villeros, que haya luz y agua, pavimento y cualquier cosa que uno se pueda imaginar.

Detrás de su casa existe un galpón enorme que construyeron ellos mismos y en el cual hay todo tipo de materiales, tirantes, sillas, lavarropas, colchones, mesas. “Si alguien nos dice que necesita tal o cual cosa, vemos la forma de conseguirlo. Nos encanta, lo hacemos con amor”, indica, mientras camina por el predio.

No todo se remite a la ayuda material sino también a la contención de las familias del barrio. Si le preguntás qué le produce felicidad en su vida, Yda contesta: “Desde hacerle el documento a un pibe que no lo tenía, hasta un par de zapatillas, una copa de leche o un plato de comida. Poder ayudar en algo a que no todo sea tan terrible me hace feliz”. Y es que además, desde hace seis años, en el garaje de su casa brinda la copa de leche para unos 150 pibes, y con ayuda de Raúl, un empleado bancario, fundaron hace seis meses el comedor Los bajitos de Molino Blanco. “Al pibe lo tenés que tener en tu casa, comiendo con vos, pero a veces eso no es posible y me llena el corazón poder hacer lo que estamos logrando. Habíamos pensado en una comida semanal y llegamos a 4 con la ayuda de muchos particulares”.

 

Foto: Carla Scolari

Los bajitos de Molino Blanco

Todo empezó con el Movimiento Solidario Rosario, mediante el cual unos 25 empleados del Banco llevaban regalos para el Día del niño y un Papá Noel pelado, interpretado por Raúl, visitaba el barrio repartiendo risas y juguetes en víspera de Navidad. De una comida semanal pasaron a cuatro (de martes a viernes, los lunes es el día de descanso para  Daiana, Graciela, Belén, Antonella, Alejandra y Carina) en pocas semanas.

“Al principio entraban los chicos (140 niños y niñas desde los seis, siete meses hasta los 15 años) y las mamás se quedaban afuera. A veces les ofrecíamos algo y la respuesta era siempre la misma: «Gracias, ya tomé mate». Y eso a mí me mataba, más allá de que cuando una ve a sus hijos bien, que al menos ellos estén comiendo, no te importa irte a la cama con un mate, pero igual me ponía mal”.

Pasión canalla

Además de su pasión por ayudar a los demás, Yda tiene una marcada a fuego azul y amarillo. Sigue al Canalla desde toda su vida y junto con Dante han recorrido gran parte de Latinoamérica: “Cuando juega Central ahí estamos, ahora viajo un poco menos pero cuando juega en el Gigante no hay una fecha que me pierda”. Y es que la pasión futbolera es así. Quién pudiera imaginarla a esa misma Yda de andar pausado y sonrisa pícara colgada del paravalancha a puro grito y aliento. Cuando juega el canalla, Yda se siente bien. Cuando juega Central, siempre está ahí para alentar.

 

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