Mujeres Charrúas, enamoradas de una camiseta, asisten al estadio Gabino Sosa a alentar a Central Córdoba. Rituales, tradición, familia, pasión. Son hijas, madres y abuelas fieles al club de barrio Tablada.
Un gesto se repite, semana tras semana, mes a mes, año tras año. Una niña muy pequeña va con su mamá en el asiento de la bici. Una mujer embarazada empuja un cochecito con un bebé. Un grupo de amigas se esperan en una esquina. Un abuelo camina de la mano con sus dos nietas. Todxs se dirigen a un mismo lugar: el estadio Gabino Sosa, del Club Atlético Central Córdoba.
Nos encontramos en el barrio Tablada. En la zona sur de Rosario. En la manzana delimitada por las calles Juan Manuel de Rosas, 1º de Mayo, Gálvez y Virasoro. En estas coordenadas del espacio y del tiempo, una burbuja parece separar la escena del ritmo intenso de la ciudad. Es martes, hora pico de la tarde, marzo. El tránsito corre acelerado por la avenida 27 de Febrero. Sin embargo, acá, nadie se apura.
Chori, hamburguesas, panchos. El humo se esparce y se mezcla con un aura azul y roja que se mantiene suspendida en el horizonte. Lxs caminantes abrazan el ritual. Son muchxs, de distintas edades. Se acercan, se saludan. Se reconocen sin conocerse. La camiseta, los colores, esa manera de mirar, alcanzan.
Hay algo que se hereda sin palabras. No es sólo ir a la cancha. Es aprender a estar ahí. A esperar. A cantar con otros. Acompañar, incluso cuando no pasa nada. O cuando pasa todo. La niña todavía no entiende, pero mira. El bebé duerme mientras el cuerpo de quien lo lleva se mueve con ese ritmo conocido. Las nietas preguntan, el abuelo responde. Y en ese ir y venir, en esa repetición casi imperceptible, algo se va tramando.
Como si cada paso, cada vuelta de rueda, cada tarde de partido, fuera dejando una marca.
Una forma de pertenecer.
Son rosarinas. Algunas viven cerca de la cancha. Otras vienen de lejos. A varias, un familiar o un amigo o amiga les abrió la puerta por primera vez. Cada una tiene su historia, su modo de llegar. Pero hay algo que es común: se enamoraron. Y quisieron quedarse.
Es la primera vez que se juntan todas. Aunque –afirman– faltan muchas más. Se conocían de vista, de las redes, de cruzarse en la cancha o en algún cumpleaños del club.
La charla sucede en la plaza, frente al estadio. Se encienden los altoparlantes. La conversación tiene un fondo constante: música, bombos, anuncios, cantos.
Es oficial: la experiencia charrúa está por comenzar. El grupo se sienta en ronda. Son unas veinte mujeres, de diferentes edades.
Felicitas tiene 24 años. Es de Arrecifes, provincia de Buenos Aires. Vino a Rosario a estudiar Periodismo Deportivo. Un día, un amigo subió a redes un video de hinchas charrúas festejando en el campo de juego. Algo de ese clima festivo y familiar la movilizó. “Yo quiero estar ahí”, pensó.
Su amigo la llevó a la cancha. Y no hubo vuelta atrás.
—A veces soy la fotógrafa. Otras, me dicen «la chica de Central Córdoba». Me metí con la gente de prensa del club. Se nota mucho la diferencia con los clubes grandes. Acá es todo más familiar. Estar acá te llena más que cubrir cualquier partido de Primera. La gente me conoce, los chicos me tratan como una más. Eso no tiene precio. Córdoba es mi segunda casa.
Una mujer de cabello blanco y mirada alegre permanece de pie. Observa la escena. Cada tanto, interviene. Tiene historia para contar.
Chichita
Es una de las hinchas más históricas de Central Córdoba. Se crió frente al estadio. De chica jugaba al fútbol en la cancha con quienes, después, serían jugadores del club.
—Nos mandábamos unos partidazos. ¡Y unas patadas! —dice, entre risas— Yo nací en el 47 y con 11 años jugaba al fútbol con el Negro Longo, que vivía enfrente de la cancha. Veníamos con mis hermanos y con los hijos del canchero, Don Vergara. Éramos once: mitad mujeres, mitad varones. Fue divino ese momento.
Años después, Longo jugaría en la primera de Central Córdoba y compartiría equipo con el Trinche Carlovich. El papá de Chichita era intendente de cancha. Sus hijos, entre patada y patada, también jugaban al doctor en pleno campo de juego.
—Poníamos a los chicos en la camilla y los friccionábamos como los médicos. ¡Un olor a podrido! Cuando volvíamos a casa, mi mamá nos mandaba derecho al agua.

Las anécdotas se encadenan. Nombres propios del club aparecen como parte de una vida vivida ahí adentro.
—Hasta llegué a dormir en la casa de Capote De la Matta. ¡Qué tipazo, qué buena gente! La familia, todos. Si habremos comido asados. Ahora tenés que sentir el olor nomás.
Capote de la Matta fue uno de los grandes ídolos surgidos de Central Córdoba.
Entre risas, agrega:
—Yo estuve sentada en la falda de Gabino Sosa, el viejo loco que a todo el mundo le cambiaba el nombre.
Gabino Sosa, el futbolista que le dio nombre al estadio, es una de las figuras más emblemáticas de la historia del club.
Mientras Felicitas prepara sus cosas para retirarse, recuerda que hace poco captó una escena icónica en la platea. En plena lluvia torrencial se la ve a Chichita, firme, mirando el partido bajo un paraguas diminuto azul y rojo.
—Si me ha agarrado cada aguacero acá. ¡Dios mío! —cuenta, Chichita, entre carcajadas.
Apasionada, Chichita también es de las que se lanzan a la platea para hacer justicia por mano propia.
—Una vez le di una flor de biaba al referí. Salí en todos los diarios. Las veces que he batido cualquiera.
Se produce una pausa. Este gran grupo de mujeres se mira, espera. Felicitas se levanta y se va.
Carla toma la palabra:
—Nosotras venimos de generaciones. Siempre en familia. Empecé con mi papá cuando tenía 11 y mi hermano 9. Mi viejo nos traía igual: lluvia , sol, calor, lo que fuera.
—¿Y te gustaba venir?
—Me encantaba. Esperaba que llegara un partido de Córdoba para decir: «papi, vamos». Encima somos de acá, del barrio. Vivimos en 24 de Septiembre y Grandoli. Siempre venimos con mi papá. Somos tres hermanos. De los tres, somos los únicos dos que venimos porque mi hermana no se enganchó.
Señala a sus hijas.
—Ahora, nosotros las traemos a ellas.
Durante un tiempo dejaron de venir. La pandemia, el trabajo, la escuela. Pero volvieron. Y no faltan.
—Ella es mi cuñada, esposa de mi hermano que venía conmigo de chiquito. Armamos un grupo entre las familias. Somos la nueva generación del charrúa.
En el estadio no faltan lxs pibxs. Muy chiquitxs, adolescentes. Se cuelgan del alambrado, cantan, flamean banderas.
Los mini charrúas
Continúa Carla:
—Mi sobrinito tiene 6 años. Es un barra charrúa con todos los condimentos: bandera, alambrado, todo. También viene mi papá que ya tiene más de 80. Cuando no puede, lo mira después con nosotros por la tele.
Hijxs, nietxs, amigxs del colegio, ir a la cancha es una experiencia familiar y compartida en comunidad. Una herencia en movimiento.
Olivia, una de las hijas de Carla, no falta a ningún partido. Desde que se sacó una foto con Colombo, es su jugador preferido.
—Ahora te vas a tener que buscar otro para sacarte una foto. Porque Colombo se fue —le plantean, entre risas, otras mujeres de la ronda.
Eventos y viajes
El cumpleaños del club es un día importante para las hinchas. Suelen encontrarse todas en la sede de calle San Martín. También el carnaval o alguna otra fiesta.
Fernanda, gestora del encuentro y de esta entrevista, interviene:
—Chichita no pudo ir este año a ninguno de esos eventos. Está como loca con zumba, anda siempre zumbeando —la pincha.
Chichita, por supuesto, no se queda callada.
—Hoy me preguntaron si iba a ir a zumbear y les dije que no. Que hoy le tocaba al Charrúa. No me lo podía perder.
Continúa Fernanda:
—Viajamos cuando se puede. El año pasado jugamos Copa Argentina y pudimos viajar un poco más porque eso permite visitantes. La Copa Santa Fe también. Si por ahí alguien tiene suerte de tener algún amigo en otro club en el que juguemos, se puede generar o caer en algún autito. O al revés, se pueden venir algunos. Está bueno. Nosotros no tenemos visitantes como para hacerlo asiduamente. Pero cuando sucede, como la Copa Argentina el año pasado, fue una locura. A todo lo que se pudo acompañar, fuimos.
Herencia y cambios de época
Hasta hace poco no había mujeres en la gestión política del club. Actualmente, de 25 personas, hay dos.
Fernanda lo dice sin vueltas.
—Cuesta mucho la participación política. Aunque sea poco, para nosotras es un montón que haya dos mujeres. Sin embargo, la presencia femenina no se limita a ese espacio. Muchas participan desde otros lugares: la sede, los equipos, la organización cotidiana. Hay mujeres que no vienen tanto a la cancha, pero defienden la camiseta desde otro lado. El handball, por ejemplo, está creciendo mucho. El futsal también.
Chichita recuerda otra escena:
—Cuando yo tenía 14 o 15 años, la platea se llenaba de mujeres. Yo le choreaba las moneditas a mi papá para venir. Lo vi en Primera, lo vi caer, lo vi levantarse, y nunca dejé de venir. Embarazada venía. Después con uno en el coche, otro arriba y los otros de la mano. Los cuatro, firmes.
Fernanda retoma:
—También tiene que ver con los cambios de época. Hubo momentos en que el fútbol de mujeres estaba más habilitado y otros en que desapareció. Ahora estamos en otro momento otra vez.
Y agrega algo que ordena todo:
—Cuando venís, es distinto. Más allá del resultado. Si fuera sólo por eso, no estaríamos acá.
Otra de las mujeres suma su historia:
—Mi viejo tiene 84. Empezó a venir de bebé, en el canastito de la bici, con mi abuelo. Después nos trajo a todos. Yo soy la que más lo acompañó. Y seguí viniendo siempre. Es el legado que nos dejó.
Los nombres se repiten como parte de una memoria viva: padres, abuelos, jugadores, amigos.
Trinche
En plena pandemia, el estadio volvió a ser punto de encuentro. El velatorio del Tomás Felipe Carlovich reunió a hinchas de todas las edades.
Muchas de ellas estuvieron ahí.
—Es lo que te inculcaron: amar estos colores.
No importa el resultado. No importa el momento.
—Una se enoja, claro. Con los árbitros, con los jugadores. Pero se pasa. Porque sabemos que vamos a seguir estando.
Charrúas Stone
Las mujeres también empezaron a encontrarse en espacios organizados. Una de esas experiencias es Charrúas Stone, una agrupación que nació con mayoría de varones y que, con el tiempo, fue incorporando mujeres.
—Ahí nos fuimos conociendo —cuenta Fernanda —Muchas ya nos teníamos vistas de la cancha, pero en esos espacios nos empezamos a reconocer.
No son tantas, dicen. Y eso, de algún modo, las acerca.
—Capaz no sabemos el nombre, pero sabemos quién es. O de qué lado está. Es más fácil ubicarnos.
Entre lo informal y lo político
Hubo intentos de organizarse de manera más formal: espacios de mujeres dentro del fútbol, reuniones, propuestas. Algunas experiencias avanzaron, otras no.
—No siempre se puede sostener. —dicen —Falta tiempo, falta gente.
Aun así, algo se va construyendo.
—El club está abierto. No siempre es prioridad, pero si queremos proponer algo, nos escuchan.
La política, coinciden, es difícil para todxs. Pero el encuentro, ese, ya está pasando.
—Esto de juntarnos hoy, por ejemplo, ya es un montón.
Estar en la cancha
Otra de las voces pone en palabras algo que atraviesa todo.
—Antes el fútbol era de hombres. Ahora estamos mucho más metidas.
El cambio también se ve en la forma de habitar la cancha.
—Acá es distinto. Es un club más tranquilo. Venimos con el mate, con los chicos. Hay familias, gente grande.
En la popular, mientras el partido se juega, otras escenas se arman en paralelo.
—Siempre hay pibxs jugando. Y algunas pibitas que se suben al paravalanchas y les encanta.
Se ríe.
—Me preguntan y yo les digo: metan codazo y súbanse.
Publicado en el semanario El Eslabón del 8/8/26
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