Yo no sé, no. Pedro me hacía acordar de un día que, de muy pibes, esperábamos la hora de un partido que íbamos a jugar en la cancha de Peñarol (Lagos al fondo). Era el primero lejos de casa. El caso es que, aprovechando el permiso que nos habían dado los viejos, arrancamos temprano por la mañana. Todo para estar en la calle. Al toque saltó la pregunta: Y mientras tanto, ¿qué hacemos ? Como íbamos a pata, pasamos por barrio Acindar y en el centro de manzana, donde había un espacio común a los vecinos, con mucho verde, nos pusimos a jugar un cabeza, ejecutar penales y hacer jueguitos. Todo para hacernos los lindos con las pibas que sabíamos nos estaban espiando desde las ventanas. Aquel partido se jugó a la noche, ya que era la final de un torneo que había comenzado un mes atrás en canchas cercanas, como la del Cilindro y El Trébol. Promediando el segundo tiempo ya ganábamos por 3 goles de diferencia y el contrario ya estaba entregado. Y ahí saltó de nuevo la pregunta: Y mientras tanto, ¿qué hacemos? Decidimos cuidar el resultado, y las piernas, sin meternos atrás. La cuestión era controlar el mediocampo esperando la pitada final y la entrega de trofeos. 

La misma pregunta apareció cuando nos tomamos el tren hasta Carcarañá, un sábado muy temprano. Íbamos hacia un bailongo que estaba de moda, y nos sentíamos ganadores de visitantes.

Unos años después, allá por el 73 y ante el triunfo de un gobierno popular, entre festejos y esperando que las autoridades asuman, volvió a aparecer la pregunta: Y mientras tanto, ¿qué hacemos? Lo mismo cuando ganamos el Centro de Estudiantes del Superior: teníamos tantas expectativas en que nuestros sueños se hagan realidad…

Y allá por los 80, cuando la voluntad popular se había expresado en las urnas, nos preguntamos: Y mientras tanto, ¿qué hacemos?

Hoy, mientras esperamos que asuman las autoridades electas nos preguntamos: Y mientras tanto, ¿qué hacemos? Pedro me dice que hay que festejar. Y que cada sonrisa, cada abrazo y cada beso que nos damos sea un compromiso. Que volvimos mejores, cargados con aquellos sueños, aquellas sonrisas, aquellas miradas, como las de las pibas que atravesaban nuestro corazón, nuestras ansias. ¿Sabes qué? –me dice– Hay que ganar el mediocampo, poblarlo de jugadores, y cuidar las piernas hasta el 10 diciembre, que ese día sí, recomienza lo bueno para TODOS.

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