El asesinato de un joven en Villa Gesell, a manos (y patadas) de un grupo de rugbiers, volvió a poner en discusión los famosos valores del deporte de la ovalada. Opinan Juan Branz, Martín Lucero, Carola Ochoa y Caio Varela.

La noticia sacudió al país entero, pero volvió a meterle un tacle a los amantes del rugby. La información cruda daba cuenta de una feroz golpiza contra un joven a la salida de un boliche de una ciudad balnearia que terminó con la vida del mismo. El dato saliente era que los 10 atacantes compartían la pasión y la práctica de un deporte que en demasiadas oportunidades quedó pegado a hechos similares. Lo primero que uno piensa es en la familia de la víctima. El pibe se fue de vacaciones a pasarla bien, y mientras esperaba encontrarse con su novia, se encontró con la muerte cruel y salvajemente. Lo segundo, preguntarse qué ocurre en el ambiente de la disciplina que se vanagloria de inculcar valores éticos y de compañerismo para que, por enésima vez, los diarios y programas de tele y radio hablen de palizas “en manada”. El Eslabón salió a recoger testimonios de distintos actores ligados al juego de la ovalada para, por sobre todas las cosas, abrir el debate y pensar en una urgente solución.

Martín Lucero, que además de ser el secretario general de Sadop Rosario es el presidente de Logaritmo, de Ibarlucea, asegura que sus pares deben “encarar el problema de frente” porque “acá hay patrones que se repiten”. Para Juan Branz, comunicador y autor del libro Machos de Verdad. Masculinidades, deporte y clase en Argentina, lo que pasó en Villa Gesell “fue absolutamente previsible, porque estos 10 muchachos actuaron respondiendo a las pautas que se espera de ellos para dirimir un conflicto”. La investigadora sanjuanina Carola Ochoa, quien se tomó la tarea de confeccionar una lista con los desaparecidos del rugby durante la dictadura, vinculó este caso con “conductas muy machistas, la del poder, la de la fuerza”, y al igual que Branz reclamó la “urgente implementación de la ESI” como una de las soluciones al problema. “Nosotros tenemos que reinterpretar los valores del rugby, resignificarlos –se sumó al debate Caio Varela, jugador y presidente de Ciervos Pampas, un equipo LGBT–. Seguir con lo que está bueno, y profundizar con aquellos que generan varios tipos de interpretación. La disciplina no puede ser entendida como autoritarismo, tiene que significar compromiso”.

Crónica de una muerte anunciada

Era la madrugada del sábado 18 cuando diez tipos que jugaban al rugby mataron a golpes a  Fernando Báez Sosa, a la salida del boliche (luego clausurado) Le Brique, de la localidad costera de Villa Gesell. Ese día por la mañana, la noticia con el trágico final corrió por los medios, y los entrevistados por este semanario –todos ligados de alguna u otra manera al rugby–  recordaron lo primero que se les vino a la cabeza cuando se enteraron del episodio fatal. “Yo sentí mucho dolor. Que maten a sangre fría a una persona, más allá de la cuestión del rugby, es inadmisible desde la condición humana. Eso es lo primero que uno siente cuando ve esa noticia: dolor, impotencia, indignación; pensás que puede ser uno de tus hijos”, arranca contando Lucero, y continúa Ochoa: “Lo tomé con mucha impotencia. Lo primero fue bronca. No entendía que eso estuviera pasando así, más conociendo a varios de los clubes, que muchos se han sacado fotos con la bandera de los desaparecidos. Me pareció todo muy fuerte”.

Varela toma la posta apuntando que “hubo una espectaculización de un asesinato, de una muerte anunciada. Cómo se transforma un asesinato en algo para estigmatizar un deporte, o para estigmatizar las personas. Hay otros registros, otras situaciones que también vinculan a jugadores de rugby, pero como también de otras disciplinas, profesiones, agrupaciones políticas. A Nosotros nos hace reflexionar sobre cómo estamos construyendo la información, cómo estamos comunicando lo que pasa en nuestra sociedad”.

Branz, por su parte, se suma remarcando que “más que de impunidad” en casos como el ocurrido, “yo hablaría de cierta tranquilidad y sobre todo, lo pienso desde la categoría de legitimidad”, y se explaya: “El capital simbólico acumulado en la institución rugby en Argentina, una institución que desde hace más de 100 años garantizó y garantiza una distinción cultura para las clases dominantes en el país, sea Zárate o sea el norte del Conurbano bonaerense o el rugby tucumano o en Córdoba, es uno de los espacios que garantiza la distinción cultura para las clases dominantes. Por supuesto, desestructuración muy potente y muy eficaz”.

¿La ovalada sí se mancha?

El asesinato que salpicó al deporte de fuerte contacto físico dio mucha tela para cortar en los últimos días. Se leyeron cosas lamentables, como el comunicado de la Unión Argentina de Rugby (UAR), que eligió la fría “fallecimiento” en lugar de la correcta “asesinato”. Pero vale resaltar que también hubo voces del mundo de la ovalada no sólo condenando el hecho, sino realizando una fuerte autocrítica.

“Nosotros tenemos que encarar el problema de frente. Primero entendiendo que hay un problema que tenemos, que es la vinculación que se da en algunos casos entre el rugby y la violencia, y después buscándole la vuelta. Acá lo que no podemos hacer es mirar para otro lado”, reflexiona el titular de Loga y del sindicato de docentes del sector privado. “No creo en la teoría de los casos aislados –sigue–. Acá hay patrones que se repiten y que evidentemente algo en el medio está generando una interrupción, una disrupción entre el mensaje que se baja en los clubes y lo que le llega a algunos chicos. Esto hay que tenerlo claro porque ni todos los pibes son asesinos, es más, la inmensa mayoría no lo son, pero evidentemente hay patrones que se repiten”.

El Doctor en Comunicación de la Facultad de La Plata, investigador del Conicet y ex futbolista, Juan Branz, señala que en este tipo de casos, “la violencia es legítima y legitimada, que no es un acto irracional, que se hace en grupo, porque no me gusta usar la categoría de manadas porque eso no argumenta mucho. Vos te garantizás estando en grupo y utilizando dentro de este repertorio de acción, en un contexto que habilita a las prácticas violentas como pueden ser la nocturnidad y la salida de un boliche”. Y aclara que “la violencia siempre es contextual, por eso es racional, es premeditada, no es un acto ilógico, genético. Es parte de la trama cultural. Lo que pasó en Villa Gesell fue absolutamente previsible, porque estos 10 muchachos actuaron bien. Y no lo celebro, que quede claro. Lo digo porque actuaron respondiendo a las pautas que se espera de ellos para dirimir un conflicto. Cómo: con la mediación de la violencia. No existen los violentos, existen sujetos que llevan adelante prácticas violentas en contextos donde se habilita la violencia”.

La militante social e investigadora reconoce que “se dan muchos casos de machismo y violencia en el rugby que han sido noticia”, pero sostiene que se trata de “conductas muy machistas, la del poder, la de la fuerza. Por eso digo que es el machismo el que se tiene que terminar en todos los ambientes. Hay que generar una mayor reflexión de los daños que causa el machismo”. Y en esa sintonía, el rugbier y militante LGBT advierte que “no hay un solo rugby, una sola postura, un solo modelo”. Y en este sentido, argumenta su postura: “Está la disciplina deportiva que tiene sus reglas que todos tenemos que cumplir para poder jugar. Hay un árbitro que establece los límites en cancha. Después están los valores que están asociados al rugby y que son todos positivos, o nosotros lo interpretamos así. Cada uno interpreta un valor a su manera, pero si uno no tiene criterios o reglas establecidas, cada uno hace lo que quiere con los valores. Pero algunos, incluso habiendo reglas, no las respetan y utilizan los valores para manipularlos”.

Lucero vuelve para apuntar que “mientras vos pregonás sobre los famosos valores del rugby, la solidaridad, el compañerismo, el estar siempre con el otro y demás, pasamos a una situación en la que 10 flacos se convierten en delincuentes matando a patadas a un tipo en el piso. Ahí tenemos un problema que tiene que ver justamente con la transmisión de esos valores, que se está haciendo mal. Entonces nos tenemos que parar de frente y atender seriamente ese problema”. Además, aporta: “Vivimos en una sociedad con prejuicios. Hay prejuicios con el pobre, con el sindicalista, con el rico, con el que piensa distinto. Y con el rugby también hay prejuicios”.

En una de las tantas absurdas disputas que se intentó hacer entre el rugby y el fútbol, al compararlos, Branz subraya que “el capital acumulado en el fútbol, en el espacio de las barras a través de lo que denominamos la cultura del aguante y la exhibición de esa potencia física, tiene que ver con otra red de relaciones que al sujeto que interviene, que participa de una hinchada, le permite ampliar el repertorio de posibilidades de generar vida, sea laboral, sentimental o económica. En el rugby, ese rango de posibilidades para hacer lo que vos quieras es mucho más amplio, porque la acumulación de capital cultural, económico y social de las relaciones, está garantizado si vos participas del núcleo de sociabilidad de un club de rugby. Eso trae añadido el capital más importante, que es el simbólico que opera muy fuerte hacia adentro del rugby y hacia afuera también. Muchas veces, el prestigio de un barra en otros campos no es eficaz. Pongamos un tipo que se caga a piñas, visto desde el sentido común, va al Jockey Club o a la Sociedad Rural, y ese capital simbólico no le va a servir más que para, tal vez, ser seguridad de un evento”.

Manos a la obra

Mientras la Justicia continúa su laburo para terminar de esclarecer el hecho ocurrido en Gesell, ahora mediante rondas de reconocimientos de los imputados por el asesinato, parte del planet rugby comienza a replantearse su formación. Uno de los encargados de llevar a cabo esa tarea en Logaritmo es Martín Lucero, que adelanta que “en Logaritmo ya tuvimos charlas de formación, pero ahora arrancamos con un proceso de capacitación mucho más fuerte, destinado a distintas áreas: dirigentes, jugadores, los padres de los infantiles, planteles superiores. Se impone que lo hagamos de manera más sistemática, y no sólo en nuestro club, me parece que debería ocurrir en todos los clubes. Tenemos que repensar algunas cuestiones que tenemos incorporadas y sean mensajes que se leen mal para afuera y para adentro del rugby”. En este sentido, el gremialista afirma: “Entiendo también que estamos en un momento en que la sociedad sufre la violencia, pero que nosotros juguemos al rugby en esta sociedad violenta no es excusa para no mirar para adentro, al contrario, hay que hacerlo más que nunca y generar acciones que sean positivas para que estas cosas no pasen nunca más”. Y asegura que este juego que corre por sus venas “viene haciendo un esfuerzo enorme por dejar atrás viejas cuestiones. Lo de elitista fue cambiando y mucho. Incluso si fuera así muchos no lo podríamos haber jugado. Yo era hijo de panadero y lo pude hacer. Hoy hay equipos de pueblos originarios, equipos femeninos, la gerenta general de la Unión Europea es una mujer. Se llevan adelantes proyectos sociales de integración a través del rugby, hay un montón de cosas muy buenas ligadas al deporte, pero evidentemente es todo un proceso, un largo recorrido, y de la misma manera que la sociedad cambia, el rugby tiene que cambiar”.

En esta búsqueda de soluciones, el investigador platense propone una “urgente implementación seria y rigurosa de la Educación Sexual Integral (ESI), que ya piden a gritos docentes y pedagogos y pedagogas. Una buena formación para después transmitirlo a los pibes y pibas porque tiene que ver con problematizar género, sexualidades y cuidados del cuerpo. Y en este caso es prevenir y pensar que la masculinidad no debe ser aprobada en tanto y en cuanto vos sometas a un otro mediante la violencia física o la simbólica. No nos han enseñado a los varones a vincularnos con una otredad que no tiene mucho que ver con nosotros mismos, sino mediante la práctica violenta, sea simbólica o material”. Y sobre este aspecto, agrega Branz: “La otra, al calor de las construcciones mediáticas y sobre todo de las señales televisivas más masivas, es replantearse y desarmar las imágenes y los símbolos y las representaciones sobre las cuestiones sexogenéricas, porque ridiculizan y estigmatizan a todo lo que no entra en el binarismo varón-mujer. Esas dos medidas creo que colaborarían para poner sobre la mesa ciertos debates y ciertos grados de concientización”.

La impulsora de la investigación sobre los desaparecidos del rugby coincide en destacar que “la ESI es lo primordial”, y dice que “lo que me causa esperanza es el fuerte repudio que esto causó, que la mayoría no somos así. Igual creo que el rugby va a tener que empezar a cambiar algunos aspectos, y lo mismo con toda la sociedad”.

Por último, Caio opina que “tenemos que reinterpretar los valores del rugby, resignificarlos. Seguir con lo que está bueno, y profundizar con aquellos que generan varios tipos de interpretación. La disciplina no puede ser entendida como autoritarismo, tiene que significar compromiso”. Y concluye: “Cuando surge una situación como esta nos hace ver que hay una estigmatización sobre nuestro deporte o las personas que lo practican. Nosotros tampoco podemos hacer la vista gorda de que no hay un ideario general. Creo que mucha gente con esa mirada desconoce el mundo del rugby, y desconoce la disciplina, lo que no quita que haya situaciones y posturas violentas, que haya gente que baja línea de manera violenta. Pero eso parte de nuestra cultura machista. Y de eso hay que hacerse cargo, porque el machismo nos da el privilegio a los varones de no hacernos cargo”.

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