En Rosario, la Agrupación de mujeres muralistas de Argentina (Ammura) nació en 2018 con el objetivo de visibilizar el arte urbano con perspectiva de género y plasmarlo en las paredes de los barrios.

En Córdoba al 5000 se ubica la plaza que lleva el nombre de Carlos Gauna, el joven asesinado en agosto de 2002 cuando un suboficial de la policía santafesina le disparó en la cabeza en un descampado de su barrio. Allí, en esa plaza que conmemora a las víctimas de la violencia policial, se realizó en el 2018 la primera pintada federal de Ammura Rosario, la agrupación integrada por mujeres muralistas de la ciudad que hace tres años empezaba a organizarse como colectiva de artistas y trabajadoras del arte.

El lugar elegido no es casual: Ammura tiene una fuerte impronta barrial y comunitaria. Con el objetivo de descentralizar el arte urbano se proponen pintar los muros de los distintos barrios de Rosario articulando con organizaciones sociales o centros comunitarios del lugar. Cintia Pomponio, una de sus integrantes, cuenta que de ese primer encuentro participaron cerca de 15 mujeres muralistas. Así empezaron a conocerse, en la calle, pintando lo que cada una quería, con su propio estilo y técnica.

El puntapié para impulsar esa pintada federal fue la necesidad de visibilizar el muralismo hecho por mujeres o identidades disidentes ya que, por lo general, siempre son varones a los que convocan para participar de festivales o encuentros de muralismo a nivel nacional. Lo que predomina en el imaginario social es que detrás de todo graffiti o mural hay un artista-varón cuando, en realidad, dice Cintia, son muchísimas las mujeres haciendo arte callejero. La desigualdad de género y la falta de paridad es una constante que se repite en otros ámbitos artísticos, como la música o la escritura. El muralismo no está ajeno y en una sociedad profundamente heteropatriarcal, mostrar lo que hace toda esa gran cantidad de muralistas es una urgencia.

“Ese primer llamado alentó a que las mujeres muralistas de distintas ciudades se empezaran a conocer. Nos conocemos a través de ver los murales, pero el encuentro hizo que nos empezáramos a encontrar y a poner en debate las situaciones que vivimos cada grupa en su territorio”, explica Marina, arquitecta y una de las cerca de veinte integrantes que tiene la organización.

Ammura, formalmente, nace en Capital Federal donde la inequidad se lee hasta en las paredes: un 90 por ciento de los murales a gran escala están hechos por varones. Pero no tarda en expandirse a otras ciudades donde las realidades a veces son similares, y muchas otras diferentes.

En Rosario, las paredes de los barrios tienen murales hechos por Ammura. Por ejemplo, en la zona norte donde se emplaza el barrio de Los Pescadores o en el barrio Los Pumitas donde se encuentra la Casa de las mujeres y disidencias de La Poderosa que tiene plasmado el grito de la activista lesbiana y feminista asesinada en Brasil, Marielle Franco.

No son éstos los únicos barrios que albergan la belleza que imprimen los murales de Ammura. El frente del Centro de jubilados y comedor “Abuelos del sur”, que se ubica en Ludueña, está intervenido con una pintada que evoca a la Pachamama: “Unimos nuestras energías y corazones para regalarle al barrio más color y vida, visibilizando nuestro trabajo y fomentando el arte urbano”, dicen las artistas. A Cintia le tocó pintar una de las esquinas del barrio y eligió dibujar “un dragón de colores”. Las pintadas en la barriada de la zona noroeste de Rosario se realizaron en el marco del segundo Encuentro Barahúnda, el espacio que cada año autogestionan para encontrarse, invitar a más mujeres muralistas a ser parte de la colectiva y compartir dos o tres días de pintadas por la ciudad. Barahúnda es un término femenino que significa ruido, tumulto, confusión provocada por un gran número de personas. Hacer lío o –en este caso– hacer arte entre muchas.

“El Barahúnda tiene como búsqueda principal el trabajar en los barrios y aportar creatividad a una situación crítica. El primero lo hicimos en barrio Alvear, a través del vínculo con una Biblioteca Popular de Mujeres. Y el segundo, en barrio Ludueña. Siempre buscamos eso: tener pie en alguna organización del barrio, pedir las paredes cercanas a los vecinos y llevar las pinturas”, explica Cintia.

Además de los Barahúnda, están las pintadas federales donde las Ammura de todo el país se encuentran para muralear, en forma sincronizada, durante los mismos días en cada una de sus ciudades. Es una convocatoria a nivel nacional que se replica en cada territorio, con las características propias de la agrupación de ese lugar. En Rosario, la tercera pintada federal la llevaron a cabo en la zona de 27 de Febrero al 500 donde las paredes de la Estación Central Córdoba se llenaron de vida: cuerpos y formas, colores más intensos y otros más apagados. Líneas que dibujan flores, figuras abstractas, animales, territorios. La vida interpretada de diferentes maneras y las palabras que a veces acompañan: «Tu cuerpo es tu tierra».

La temática suele definirse en asamblea, previamente, entre todas las colectivas del país. En diciembre del 2020, el tema central fue “cuerpo-territorio”. “Lo interesante es que lo que se pinta nace de adentro, es una posibilidad que tenemos de poder mostrar lo que hacemos. Más allá de lo que pintamos, nos gusta compartir la pintura. Siempre estamos buscando pintar juntas. El mural es un discurso que se da visualmente en el espacio público, y previo a eso, hay mucho debate y discusiones sobre qué y cómo queremos decirlo” dice Marina. Para el 8 de marzo del año pasado –y como consecuencia de las restricciones por la pandemia– decidieron realizar una pegatina de stickers por toda la ciudad.

Ammura crece en Rosario

La Agrupación de mujeres muralistas de Argentina en Rosario sólo tiene tres años de vida, aunque parezcan muchos más. En este corto tiempo lograron avanzar para conformarse como una asociación civil y así poder contar con una personería jurídica, lo que les permitirá formalizar los trabajos y presentarse ante distintas convocatorias del Estado. El reclamo local es la falta de acceso a las licitaciones para obras que requieren de otro tipo de materiales e infraestructura, lo cual favorece a la concentración del trabajo artístico en pocas manos. O, mejor dicho, en una única empresa encargada de ejecutar los diseños de lxs muralistas.

Conformarse como asociación civil es un paso más que dan en este camino que vienen haciendo, embelleciendo los muros de la ciudad y, sobre todo, politizando el arte a través de la pintura. Al menos así lo expresan Marina y Cintia cuando hablan de la “responsabilidad” que muchas veces sienten al realizar un mural en alguna pared de la ciudad. “El muralismo es arte en la calle y es en la calle donde nos conocimos. Más allá de que no sea cien por ciento accesible a todos intervenir el espacio público, el muralismo no discrimina, es accesible para quien lo interviene y para quien lo interpreta. Es un arte que cualquier persona puede verlo, no está entre las cuatro paredes de un museo. Las paredes hablan y ahí está el debate, porque la calle nos influencia constantemente. La primera vez que pinté, hice unos pajaritos, pero después te empezás a preguntar qué podés decir y hasta dónde podés llegar. Y poder estar en un grupo te da ese respaldo, porque pintamos convencidas de lo que queremos transmitir”.

“Pintamos la realidad que soñamos”, dicen las muralistas de Ammura Rosario. Así, el arte que se plasma en una pared, además de una estética propia, tiene una belleza política, una belleza que interpela, una belleza que –como señala la poeta trans-sudaca, Susy Shock– es una forma de resistencia colectiva: un mural realizado en el marco de la inauguración de la Casa de la Mujer y la Diversidad en barrio Nuevo Triángulo o el que plasmaron a metros del Concejo Municipal a pedido de Indeso Rosario, con motivo de la Semana de la prevención del abuso sexual infantil, son algunos ejemplos de cómo el medio también es el mensaje. “Los secretos que hacen mal no se tienen que guardar”, es la frase que colectivamente decidieron pintar junto a la figura de una niña y una mujer. Una pared intervenida, colores que se funden, volúmenes, líneas. El estilo de cada muralista y el trabajo colectivo que las potencia.

Para Cintia lo que más la motiva es pintar en conjunto. “Aprendo de la compañera, veo cuáles son los procesos que hace para poder emplearlos, tanto en lo técnico como en lo organizativo. Y a nivel humano, también El impulso de anotarte a un festival, por ejemplo, eso te lo da la agrupación. A mí siempre me gustó pintar en la calle, es algo que no necesita nada más que ser visto y disfrutado. Y los murales en los barrios me llenan de felicidad”.

Para Marina, en tanto, Ammura es un espacio de aprendizaje constante, y también de “pensamiento crítico grupal”. La muralista considera que no hay demasiados lugares así, donde la horizontalidad y la equidad son principios fundamentales. “Una práctica feminista, son nuevos modos de contar, de organizarnos”, entienden las artistas. “Nos abrimos un poco de lo académico para construir ese pensamiento que va de abajo hacia arriba, desde la experiencia”, dice Marina. Cintia comparte, y agrega que poner el cuerpo en la calle es una necesidad. El muralismo, compartir la pintura junto a otres, las largas jornadas de pintadas federales, los debates, las asambleas, el poder juntarse. Es que Ammura también integra, junto a la Asamblea Arte es Trabajo y Arte x Libertad, un espacio donde los tres colectivos están, por primera vez, encontrándose para poder establecer un diálogo con el Estado, reconociéndose como trabajadorxs del arte y formalizar demandas y derechos.

En este 2021, y con más aperturas a raíz de una disminución de casos por Covid 19, Ammura sale de gira para seguir pintando. Así lo hicieron en Elortondo, en un encuentro nacional de muralistas, y ya proyectan delinear murales a gran escala y con andamio. Lo que las impulsa siempre es lo mismo: aprender una de la otra, visibilizar la inequidad de género y seguir sumando mujeres e identidades LGBTQ+ a esta gran colectiva que crea belleza, allí donde todo hace falta.

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