Yo no sé, no. Pedro, a comienzos de esos diciembres, sabía que el mandado más importante que haría casi a diario era el ir en busca de flit, espirales y algún que otro producto de limpieza. Las moscas y los mosquitos, apenas aparecían en esos calorcitos, se presentaban en forma más que desafiante. Pedro, al lado de la cama, dejaba la de goma, la que lo acompañaba con su pique como ladero a todos los mandados por calle Zeballos hacia Rodríguez. Ya a muchos frentes les habían renovado las caras con parches a alguna pared y luego pintadas con colores claros y renovación de alguna que otra puerta, así que había que estar atentos, en dónde se podía y en dónde no era conveniente que la pulpo pique. Pedro sumaba un nuevo desafío, sin mirar ni intuir cuál es La pared que te la devolvía picando mansitas, y por supuesto eran las más rústicas, las más viejitas, aquellas que tanto las conocía. Las otras, las recién pintadas, tenían que recibir el pique por abajo, como para que no se noten tanto nuestras visitas.

Mientras tanto, ese 62 JF Kennedy incrementa su agresividad hacía Cuba, la isla que tanto le pica al Imperio; Francia empieza a dejar de secuestrar, torturar y asesinar en Argelia; a Marylin la encuentran muerta con un frasco de barbitúricos a su lado (muchos sospechan  que el poder se la sacó de encima porque ella les picaba, y bastante); Ringo es el nuevo baterista de Los Beatles. Por acá secuestran a Felipe Vallese, lo torturan y lo asesinan, y su cuerpo nunca se encontró.

A Pedro le sigue picando el brazo que hacía unos meses lo tuvo enyesado, y por momentos tiene miedo de exigirlo en aquellos piques medio endiablados. Esa temporada, el equipo de Arroyito terminó picando entre los seis primeros.

Ya cerca de la Vía Honda, Pedro –que apenas salía a la calle– iba acompañado con la redonda de goma, extrañando a aquellas paredes, aquellos piques. Mientras tanto, con los nuevos amigos, otros piques se incorporaban, como los de la pesca por ejemplo, aunque a Pedro estar quieto con una caña esperando un pique mucho no lo entusiasmaba.

Con mucho entusiasmo aquel diciembre del 73, Pedro y las y los compañeros veían que los sueños personales y colectivos eran posibles y los piques de todas las jugadas nos eran favorables. Y como yapa, Central y Ñuls seguían teniendo unos equipazos. Hoy, en casi todos los órdenes, los piques vienen con cierta incertidumbre, hay cosas que no cambian: los mosquitos aparecen después de cualquier chaparrón, los de la redonda por el barrio no son tan frecuentes pero de vez en en cuando aparecen, los de la pesca también y sobretodo los que para las y los laburantes son imprescindibles, como seguir parando la olla.

El otro día a la tardecita, mientras los mosquitos se hacían presentes, con Pedro haciendo el último mandado, me dice: —mirá esa tele—, señalando la que está en la granja. —No hay casi ninguna noticia cuyo pique sea beneficioso para las mayorías.

—Y si— prosigue —sabemos que falta mucho y para ciertas cosas no hay tiempo—, mientras de un pasillo sentimos el sonido de una pelota que se acerca como para ganar la calle. No sabemos quién puede aparecer en la puerta, si una nena o un nene desde ese pasillo o ambos, ya que allí viven niñas y niños.

A Pedro le entusiasmaba ese sonido, y agrega —¿sabes lo que nos hace falta? un buen chaparrón, como para que refresque un poco, que limpie lo que tenga que limpiar y que vuelvan a picar más seguido para bien todas las redondas de la gran Patria. Si alguna pasó, tiene que volver a pasar.

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