Yo no sé, no. Los vecinos de la cuadra de la calle Zeballos antes de Navidad decidieron despedir el año. A Pedro, la palabra despedida no le parecía totalmente acertada. Sería que para él, como a muchos niñes, el 1° de enero nada cambiaría, sólo estaría más cerca la noche de Reyes. Lo bueno –pensaba Pedro– es que la mesa de ese día sería un compartir con distintas culturas a la hora de comer: tanos, gallegos, turcos y una mezcla de criollaje de segunda generación. Lo que sí era cierto es que ese diciembre Pedro se despedía del barrio, de sus veredas, sus portones, sus plátanos gigantes con sus sombras, sus amigos, la sonrisa de Graciela y ese patio que era su refugio preferido; y también era cierto que se tenía que preparar para darle a su vida la bienvenida a nuevos territorios en el comienzo de una década, la del 60, en la que aquí y en el mundo ocurrían cosas: algunas despedidas, otras eran sobre todo bienvenidas a unos embriones de cambio, de transformación y hasta revolucionarios en algunos casos.

Para cuando terminábamos sexto, con Pedro nos despedimos de ir todas las mañanas hacia el barrio Acindar, hacia su escuela, hacia sus compañeros, hacia sus maestras, y lo que más le costaba a Pedro era despedirse de esa primera novia que alguna vez, con una sonrisa, le dio la bienvenida a su corazón.

El barrio crecía, y en donde alguna vez hubo un baldío, había ahora una prefabricada o los cimientos de una eminente edificación, algunas veredas dejaban de ser de tierra. Esto último no fue tan angustiante, pues nos estábamos despidiendo de las bolitas, de los tachos con paquetes vacíos de cigarrillos o de chapitas. Dolía despedirse de alguna canchita que por más que siempre la armábamos en forma improvisada, uno sabía que en esa esquina de 20 por 20 uno convirtió los mejores goles.

En los primeros años de los 70, los embriones de los 60 estaban creciditos y a su sombra los grandes cambios nos daban la bienvenida. Esa década por acá arrancó con la despedida de algunas dictaduras. Eso no alcanzó y aquí, como en los países vecinos, la bienvenida a los profundos cambios no se terminó de realizar. 

Hoy, mientras escuchamos las buenas nuevas que vienen desde Chile, la gran chance que hay para que pronto ocurra lo mismo en ese Brasil tan cercano como hermano, Pedro –mirando el almanaque colgado en la pared lleno de anotaciones en su doble función de calendario y de agenda– me dice “¿cómo despedirse de este año? Lo malo que pasó todavía está fresco, sólo nos queda darle la bienvenida a encuentros que alivien algunos dolores, algunas ausencias. Y mientras escuchamos a niñes vecinos jugando en alguna pile, dándole la bienvenida al verano rosarino, Pedro me dice “¿sabes qué? algunas despedidas serán. ¡Nos estamos viendo, nos estamos chiflando!”. Los dos pensamos en muchos compañeros, principalmente en el Juane.

Es que para darle la bienvenida a las decisiones políticas que mejoren nuestras vidas y que garanticen un buen futuro a la Gran Patria, el ejemplo de los nuestros –como el de Juane– tiene que fortalecernos, y para ellos no habrá despedidas. Sólo un…¡nos estamos viendo, nos estamos chiflando!

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