Yo no sé, no. Cuando iba cayendo el sol, en aquellos eneros, se ponía linda la cuadra de la calle Zeballos, y todas y todos nos poníamos a jugar a la pica. Le llamábamos así al juego de la escondida (piedra libre para los porteños) y a medida que la luz natural mermaba había que tener buena vista. Si uno estaba contando y al salir en busca de los escondidos te equivocabas, te cantaban un 31, multa y chau, a contar de nuevo para todos. Mientras tanto la abuela, a pesar de sus ojos cansados, en un toque miraba todas las loterías en el diario de la tarde y te repetía todas las cabezas, y le gustaba que Pedro le preguntara ¿Aitii salió el 11?, el número preferido de la abuela.

Su tía madrina tenía buena mano y sobre todo buena vista para las pizzas de los viernes. Te espiaba medio de lejos el horno y te decía si la masa ya estaba o le faltaba. La prima Sarita tenía una mano para la costura y una muy buena vista, sobre todo con las agujas y sus interminables meta y meta enhebrar de un toque, en el primer tiro. Contaba Pedro a sus amigos que ¡la Sari tiene una vista! 

Cuando con Pedro vivíamos en la zona sur, al caer el sol pintaba jugar a las bolitas, el hoyito o el cuadrado, y con poca luz había que tener una buena vista y un buen oído porque en algún tiro medio complicado por los suyos si no te cantaban “fuerte y sonante” era un “como se la mueva” y había que estar atentos al sonido y al mínimo roce. Mientras, uno del barrio, Manuel, a la hora de los últimos partidos quería entrar con el Viki, su perro que tenía más buena vista que todos. A veces el perro se quedaba atrás del arco y se anticipaba yendo a ladrar para el lado del palo donde iría la pelota. Cuando lo veíamos hacer eso no nos quedaban dudas. El perro de Manuel, aparte de tener buena vista, también tenía un buen pálpito. Unos años más tarde, una pibita con un flequillo tan natural como encantador (como el de Mónica, la novia de Rolando Rivas) le dijo a Pedro “yo te veía pasar y también a Carlos”. Pedro me dice que con Carlos no la vimos y cuando por fin la vimos ya era tarde.

Una noche Marcelo, el querido Pica, le dice a Pedro “¡qué buena vista que tenés!”. La cosa era que días antes lo había encontrado a Pedro en Nino (Oroño y Mendoza ), con una encantadora, en todos los sentidos, troska. La piba en cuestión había llegado ese año al curso de Pedro y varias noches, entre cortado y cortado, pintaba la discusión política, cuenta Pedro aunque muchos no le creían, yo tampoco. Todos nos seguíamos asombrando de la buena vista de Nicolino Locche y también la buena vista que un par de años antes tuvo Monzón para un seminocaut, mirar el reloj y abrazar a Bennie Briscoe.

A veces, cuando Pedro pasa por Rivas y Cafferata mira que por ahí fueron los últimos tiritos con el acerito como punto, y más allá está la columna que jugaron a la pica y algunas cuadras para el lado de la Vía Honda también mira como para que el corazón recuerde aquellos árboles donde aprendió a tener buena vista para descubrir nidos, y para el otro lado recordando la cancha de Yapeyú por donde está ahora la salita del Champagnat. 

La otra tarde, viniendo del dispensario, a pocas horas de la noche de Reyes, Pedro me dice que un 5 de enero me quedé toda la noche mirando los zapatos y sabés que me dormí viendo a los magos trayendo mis regalos. Aunque ese día, prosigue, me quedé tranquilo cuando sentí una propaganda por la radio que decía “La Buena Vista, tiene de todo”, y ahí pensé si los Reyes no vienen habrá que rumbear para Cafferata y Urquiza, capaz que ahí está el metegol de madera, juego para el que Pedro tenía buena vista a la hora de ver la redonda.

Termina diciendo Pedro: la cuestión es que ya aparezca la buena vista por los dirigentes, por los militantes de todos los espacios que creemos en una Patria para Todos, que nos haga ver con el corazón, con los recuerdos y sueños de siempre, que es la mejor buena vista, la que nos hará sentir que tenemos futuro.

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