Yo no sé, no. Ese 21, como casi todos los que eran de septiembre, nos recibía a Pedro y a mí con la frase de nuestras madres machacando en nuestras cabezas: “Lleven ropa para la vuelta, que a la tarde refresca”. Y fue así ese 21, a la mañana estuvo fresco, al mediodía un sol que parecía saltearse la primavera (un sol de enero parecía) y a eso de las 6 de la tarde una temperatura típica de ese invierno que se despedía. Mientras tanto, la seño de Aritmética, justo una semana antes de que empiece la primavera, nos hizo flor de regalo: empezó a enseñar a dividir. Las primeras operaciones nos machacaban por días en la cabeza. Si colocabas un número en el lugar incorrecto, no te daba bien el resultado.

Cuando ya estábamos terminando séptimo, fuimos para el 21 atrás de la fábrica de armas, cerca de la vía honda. La noche anterior le dimos una mano a la madre de Pedro con el preparo de las milanesas, ella nos enseñó a machacar a machacar lo justo para que las milangas se ablandaran para los sánguches. Otro 21, en el Centro Unión de Almaceneros, cerca de La Florida, a la hora en que la temperatura bajaba casi abruptamente, nos agarró desabrigados y con una idea que nos machacaba en la cabeza y en el cuore: se nos tenía que dar, era el lugar y el momento para encarar a Silvia y a su prima, dos pibas del barrio Acindar que sabíamos que irían. De pronto se produjo un desbande, y como se había nublado pensamos que se había largado una tormenta, o una lluvia, o algo. El asunto era que cerca del escenario se habían agarrado a piñas. En medio de la corrida, íbamos al rescate de los últimos sánguches de milanesas cuando vimos a Silvia y a su prima ir para la otra punta. Y, bueno, fuimos tras ellas. Al rato sentimos que nos machacaba un ruido a tripas. Ese día el estómago estaba vacío pero el corazón contento. Tanto que la canción de Palito nos sonaba linda, y no sólo porque en la radio te la machacaban todo el día. 

En el 74, cerca del mercado de Fisherton, en un 21 estuvimos casi todos: el Pepito, la Stellita, el Jorgito, la Gloria, el Negro Daniel, la Delia, el Eduardo, la Flaca Analía, el otro Eduardo (el Cabezón), la Angélica, el Pepo, la Vero, el Mosquito, el Gusa, la Marita, el Pica, el Gringo, el Arturito, la Moni, la Patri, el Gauchito, el Cacho Cuatromeses, la Pinina, la Carlota y algunas y algunos más. Ese día no hubo cambio de temperatura, o si la hubo no lo notamos, y sánguches de milanesas no me acuerdo si hubo. Lo que sí me acuerdo es de las y los compañeros y de ese sueño que nos machacaba en la cabeza y en el corazón: el de tener una Patria, una Patria para Todos y Liberada.

El otro día, en vísperas del 21, llegando las primeras sombras, Pedro me dice: “¿Sabés que extraño a esta hora? Sentir ese ruido al machacar y machacar los cortes para las milanesas”. Mientras tanto por la tele, los medios concentrados, los medios del coloniaje, bah, machacan y machacan con que hace falta un ajuste aún mayor del que estamos tolerando. Pedro, entonces, me dice: “La verdad es que ya tenemos que machacar y machacar para que el preparar unas milanesas más o menos tiernas no sea una posibilidad lejana, y que la idea de tener Patria tampoco sea un sueño que se aleja”. El carnicero va entrando los últimos pizarrones, la verdulera los últimos cajones y la memoria nos machaca la cabeza y el corazón con las caras aquellas de las y los compañeros.

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