Ladrillos inmensos, medio cocinados, medio crudos y claramente de otra época, despiertan la curiosidad en la laguna de Melincué. Una expedición arqueológica y restos de un fuerte sobre los cuales supo erigirse, en los últimos años, un camping.

Había sol y la brisa rizaba la laguna. ¿Quién habrá sido Melín? A los arqueólogos que exploraban el lugar, el día se les ocurría hermoso. Cuando la maleza dejó ver los primeros indicios que habían ido a buscar, la emoción les pegó fuerte; no es una adrenalina cualquiera la de traer el pasado al presente. Ante sus ojos surgía la evidencia de la vida y el trajinar de la época virreinal, en la llanura del sur santafesino. Los datos históricos dan el marco al trabajo de campo realizado. Habían encontrado un fuerte de finales del siglo XVIII, un enterratorio y, muy cerca de allí, restos de la vida cotidiana de los habitantes originarios del lugar: querandíes, ranqueles y mapuches. 

“Es un hallazgo arqueológico muy importante”, definió el Germán Giordano, arqueólogo oriundo de Hughes, y atraído, como todos los lugareños, por la laguna, a la que siempre consideró un buen lugar para explorar. La oportunidad llegó cuando una década atrás, a Raúl Corti, vecino que trajina la zona con una mirada inquieta sobre el pasado, le llamaron la atención unos ladrillos atípicos. El dato encuadraba con los documentos históricos y con el trabajo arqueológico que se viene realizando en el sur del Departamento General López, en zonas de lagunas, con ricos testimonios de la vida de cazadores recolectores que llegan hasta el año 8000 a.C. 

No tardó en tomar forma el proyecto “Entornos a Melincué. Construcción de pasados y territorialidades desde la Laguna Melincué”, en el que convergen el Museo Provincial de Ciencias Naturales “Ángel Gallardo”, el gobierno de la Provincia de Santa Fe y el Centro de Estudios Interdisciplinarios en Antropología de la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario. La iniciativa congregó a arqueólogos, antropólogos, paleontólogos, estudiantes, y a la cátedra de topografía de la Escuela de Agrimensura de la Facultad de Ingeniería. Unas veinte personas en un campo que se extiende cuando se suman investigadores de otras áreas. 

El proyecto nació con un objetivo amplio: generar prácticas reflexivas transformadoras que impliquen procesos de inclusión social y reconocimiento de saberes e identidades del pasado de Melincué, Elortondo y Labordeboy, a través de una investigación que incluye el diálogo, la experiencia, la reflexión y la acción de forma cooperativa-colectiva con las comunidades. De la iniciativa participan las comunas de estos pueblos y articulan con la exploración de sitios arqueológicos en ambientes lagunares: Las Lágrimas, La Amarga, El Doce, Sastre, Las Encadenadas, Las Marías II, Loreto y Melincué, donde vienen trabajando Juan David Avila y Mariela Gallego.

La génesis del hallazgo

Con la bajante del 2013, en el sector oeste de la laguna, en el límite con Elortondo, a espaldas de la ruta 90, lugar que supo tener un camping pero ahora es un paraje solitario con casitas abandonadas de lo que fue un loteo, a Raúl Corti, trabajador del campo y enamorado de la laguna, donde nada y rema, le llamaron la atención “unos ladrillos inmensos, como cimientos de alguna construcción, medio crudos, medio cocinados, no eran actuales y comencé a preguntar”, relató a el eslabón. Así se enteró que cuando en ese lugar se habían realizado movimientos de tierra, habían removido ladrillos y huesos que atribuyó a la cantidad de malones que guerrearon en el lugar.

Con su intuición acuciando y algunos restos líticos, como “boleadoras y morteritos que acá recogió casi toda la gente, busqué a un antropólogo y me recibió Ávila, me atendió muy bien y vino a Melincué a investigar pero llegó la gran inundación de 2017, y todo eso quedó bajo agua”, relató. Y mostró el libro Historia del Mangrullo de Melincué, de Marcos Rivas, que desde hace tiempo sus habitantes toman como referencia. Allí se habla de un primer fortín en 1777.

La exploración

El verano de 2022, con las aguas retraídas, los arqueólogos regresaron al lugar con dos campañas. “En esta oportunidad, que es la segunda etapa, encontramos un recinto de 16 por 8 metros que atribuimos a una capilla, donde encontramos el enterratorio”, comentó Ávila que dirige el área de Arqueología de la Facultad de Humanidades y Artes, y anticipó una etapa de análisis en laboratorios para, entre otras cosas, establecer fechados, lo que implicará una erogación de fondos. 

“Cuando fuimos a ver qué pasaba con esos cimientos, las fuentes históricas nos daban que en ese sector era posible que estuviera el Fuerte Virreinal, español, de 1777”. Las perspectivas que se abrían eran extraordinarias, confirmó Giordano, que coordina el área de Antropología y Paleontología del Museo Gallardo. Fue entonces que activaron las tareas de prospección con caminatas de reconocimiento sistemáticas, con GPS, además de drone y fotografías que estuvieron a cargo de Armando Senese, habitante de Melincué y explorador de la zona, junto a Corti.

“Los cimientos encontrados son ladrillos coloniales grandes, de 40 por 20 centímetros, que nos dieron un indicio importante. Cuando aparecieron fue emoción a flor de piel, como un niño en el asombro, no puedo comparar lo que nos pasa con otros tipos de trabajo”, relató sobre la adrenalina de corroborar que los cuatro vértices que hallaron al principio eran los ángulos que cerraban un recinto de 15 por 7 metros.

“Estábamos ante lo que había sido una habitación cerrada, importante, que consideramos una capilla, que estaba surgiendo entre la maleza y los escombros del loteo que se había construido encima. Relevar esa primera estructura en la que hoy estamos trabajando fue indescriptible para todo el equipo”, explicó. “Ah, hicimos un camping arriba de un fuerte, y nunca nos dimos cuenta”, relata Giordano, citando el asombro de los lugareños que acudían a verlos trabajar y que se emocionaban.

“La segunda campaña fue en junio, en el solsticio de invierno”, cuenta Giordano con frío y el viento que nunca cesa en la laguna. En esa ocasión hicieron una ceremonia de apertura con las comunidades Mocoví y Qom, para “pedir permiso a la naturaleza, a las energías, a lo sutil, para intervenir en el lugar. Se hizo una fogata en un círculo y pasaron cosas maravillosas, los querandíes consideran que esa laguna que ellos habitaron es milenaria y sagrada, y nos enviaron un texto que leímos”, relató sobre los momentos previos a las excavaciones del día siguiente, cuando surgieron los primeros enterratorios. Imposible evitar el asombro.

En el enterratorio, hasta el momento, encontraron los restos de 25 individuos jóvenes, altos, sin trauma en los huesos, con dentadura completa, ubicados juntos, sin ajuar funerario, cristiano y “suponemos que son hispanos criollos de fines del siglo XVIII, principios del XIX”. Barajan como primera hipótesis que alguna peste o epidemia haya azotado a la población. “Puede ser gente del fuerte, o también pensamos que pueden ser de las ranchadas del fuerte en 1865, cuando se movió por segunda vez, porque post revolución los españoles no se habrían ido todos. También la criollada de 1820 pudo haber construido arriba del fuerte, para mayor complejidad de hipótesis”, enfatizó. 

“Pensamos que esta ubicación es la segunda que tuvo el fuerte que estaba asediado por los pueblos originarios. La tropa la ponía Buenos Aires y el abastecimiento Santa Fe, ambos se tironeaban la zona, era una frontera, con todo lo que eso implica, de conflicto e intercambio con los indígenas que no pocas veces les proveían de alimentos cuando en el fuerte no quedaba un caballo para comer, tal como se lee en los documentos de los archivos provinciales y de la Nación”, relató Giordano. 

¿Qué sigue?

Una etapa de análisis y datación en laboratorios del Museo Gallardo, de La Plata, y morfometría craneal en Alemania, no sólo de los restos humanos hallados, de los ladrillos y tejas, sino del material hallado laguna adentro, por la sequía, que da cuenta de poblaciones indígenas. “Hay herramientas de piedras de distintas procedencias como Tandil y Córdoba, además de huesos de animales procesados por los humanos, en lo que consideramos un campamento de cazadores-recolectores de unos 4 mil años”, explicó. Y adelantó que se propuso una tercera campaña para febrero o marzo 2023. 

Melincué

La localidad es cabecera del Departamento General López, sede de actividad tribunalicia, y famosa por el recuerdo de sus días de gloria, con el balneario a pleno y el Hotel colmado de turistas, rosarinos en gran medida. Su nombre tiene distintas etimologías. Para Sergio Smith, de la comunidad Querandí Meguay, “la terminación cué refiere a una aguada, en este caso refiere a Tuicha Melín, un indio bagual, como los que favorecieron a la invasión sin saber las consecuencias”. ¿Qué representa todo lo hallado para la población actual que siempre se sintió ligada al pasado? 

Para la Secretaria de Turismo de Melincué, Claudia Roshental, no fueron pocas las diligencias que elevaron para que se iniciaran investigaciones, hasta la actual articulación de la UNR y la Provincia. Como autora de la ley que confirió carácter de Humedal al sitio, destacó que allí se contempla la preservación de los restos arqueológicos y evocó lo que el lugar heredó como línea de frontera.

Armando Senese es fotógrafo de Melincué y en ese rol integra el equipo de arqueología. “Mi trabajo es realizar tomas fotográficas, hago entrevistas, voy documentando, y publico en las redes para compartir la información con el pueblo, tal como dice el proyecto”, explicó a El Eslabón sobre las herramientas de las que hoy se dispone. “Tengo mucha información de gente que me escribe o me para en la calle, se la voy transmitiendo a los arqueólogos y ellos van corroborando”, comenta. 

Además explica que se involucró como videorealizador amateur para conocer más la historia del pueblo que es uno de los más antiguos y que tiene un yacimiento arqueológico muy importante comparado con otros de Santa Fe. Entre sus herramientas está el drone. “Hago dos videos, uno para el público y otro para el proyecto que consiste en captar imágenes pre, durante, y post excavaciones, algunas tomas son bien cenitales sobre el objetivo y otras son generales, como las que muestran la evolución del sitio”, explicó Senese, que plasma con tecnología los recorridos que hicieron tantas veces con Corti, que también integra el equipo, cuando por las tardes llegaba para acompañar y dar su punto de vista, su aguda mirada sobre la laguna de historia y leyendas, sus aguas curativas, sus flamencos rosados y la nostalgia de los veranos, que, quién hubiera pensado, danzaban sobre la historia.

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