Ahora va por la avenida, pero en sentido contrario al de los otros viajes. Marcha hacia el sur, que es la zona de su casa. Al cabo de unos minutos llega a esa parte donde la avenida se ensancha, rodeada por árboles muy grandes que, en verano, producen una sombra cerrada y refrescante. 

Al llegar a una esquina poco iluminada disminuye la velocidad, y se detiene. Allí hay un bar antiguo, montado en un salón desvencijado donde todo parece a punto de romperse. No hay muchos parroquianos, y los que están se hallan desperdigados por distintas mesas.

¡Buenas!, saluda al entrar, dirigiéndose a todos. El dueño, o encargado, mueve la cabeza de forma vertical respondiendo. Del resto, sólo alguno devuelve el saludo con desgano.

Se dirige, entonces, a una de las mesas, que se encuentra al fondo. Allí hay un grupo compuesto por cuatro muchachos que toman coca con fernet. Cuando llega hasta ellos uno le dice: ¿Qué hacés, loco?, ¿ya terminaste?

No, ni en pedo, contesta. Lo que pasa es que el boliviano no me quiso pagar un viaje, así que pegué media vuelta y me vine para acá, le explica.

¡Uh, qué garca!…, dice otro. ¡Bolita tenía que ser!

Sí, claro, si fuese argento no me lo hacía…, responde, con ironía.

Más vale, se suma otro. Garcas hay en todas partes, y no depende del país.

No, dice él, por eso me lo tengo que fumar.

Después, el grupo queda en silencio. No podría decirse si es algo deliberado o espontáneo, porque entre ellos los diálogos son siempre imprevistos y aleatorios. Permanecen así unos minutos, hasta que el muchacho que había hablado antes le dice:

No sé cuándo te vas a decidir. Lo que ganás en un mes con ese bolita, con nosotros lo ganás en dos minutos.

Sin hablar, lo mira fijamente. El otro sostiene la mirada, en un duelo mudo en el que se enfrentan posturas antitéticas. No sabe si vale la pena discutir, por lo que le hace una seña al dueño, o encargado, pidiéndole una copa para él.

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