Los bajos salarios, el presentismo, la reforma previsional y la ausencia de debate pedagógico (para qué se educa) definen la política educativa santafesina, del gobierno de Maximiliano Pullaro. Sobre esto opinan maestras que trabajan en escuelas públicas y privadas de Rosario, que en la docencia ponen el cuerpo, el corazón y el bolsillo. 

En charla con El Eslabón aseguran que no ser valoradas en el trabajo, en términos salariales y profesionales, obliga al doble turno, a buscar otra alternativa laboral y hasta dejar la docencia por ejemplo para irse a trabajar a una financiera. Una imagen que es toda una definición de época. 

El secretario general de Amsafé, Rodrigo Alonso, confirma que muchas y muchos maestros “están buscando otro trabajo porque el salario docente no les alcanza” y otros “dejan la docencia” por igual razón. También que hay una “gran preocupación por los institutos superiores, donde hay una merma en la inscripción y en el cursado de los estudiantes, como pasó en la década del 90 y por las mismas circunstancias”.

Otro dato que suma el secretario general del Sadop Rosario, Martín Lucero, es que en la educación especial, hay docentes que se vuelcan por tener un cargo y luego trabajar “como integradoras particulares, como prestadoras de las obras sociales”. No es mucha la diferencia en dinero, cobran atrasado, pero tienen menos alumnos a su cargo.  

Estefanía Ferreyra, Mariana Imperiale, Daniela Elizburu y Milena Miniello hablan de los desafíos de ser docente en tiempo de ajuste, del valor que tiene la profesión de educar y el compromiso en defender los derechos ganados. Para el próximo 11 de septiembre comparten un mensaje: que se les reconozca el trabajo que hacen. 

Vivir la escuela

Estefanía Ferreyra es maestra de séptimo grado de la Escuela N°1.257 ARA General Belgrano. Se graduó en diciembre de 2019, sus primeros pasos al frente del aula coincidieron con el inicio de la pandemia. Los reemplazos se hicieron escasos, así que decidió volver al trabajo anterior, de charqueadora en un frigorífico. Su abuela y su mamá se jubilaron en ese oficio. 

En algún momento, cuando mantenía su sueño de infancia de ser maestra y se preparaba para comenzar el profesorado, le llegó la sugerencia de seguir la carrera de Policía, de salida laboral más rápida y más corta en los años de estudio, según le argumentaban. “Mi respuesta fue que no. No quiero llegar tarde, sino intentar que los chicos y las chicas tengan otras oportunidades, demostrarles que hay otras posibilidades”. Para ese entonces Estefanía ya sabía que educar es abrir caminos, mostrar otros horizontes.

Además de la escuela del barrio Las Flores sur, trabajó en la Primaria N°1102 Sargento Cabral de Puente Gallegos. Sostiene que la familia y los amigos son importantes en la vida de las chicas y los chicos, pero también las oportunidades que da la escuela. 

Estefanía Ferreyra, maestra de la Escuela N°1.257 ARA General Belgrano de Rosario. Foto: Gentileza

La profesión docente le ofrece satisfacciones, como que sus alumnas y alumnos puedan expresar en la escritura lo que disfrutaron de un viaje escolar, los recuerdos con los que volvieron. A la vez que le depara algunos obstáculos como la falta de compromiso de las familias o la disputa desigual con las pantallas.  

Lo salarial remarca es un problema principal en el magisterio: “Los aumentos que nos dan son a cuentagotas, van siempre detrás de la inflación. Eso complica la vida diaria de cada trabajadora y trabajador, y también la salud”. Recuerda que para hacer la diferencia necesaria en los ingresos la mayoría de las docentes deben trabajar doble turno. Ella se incluye en esa necesidad. “Un solo sueldo no alcanza”, subraya y se lamenta de la campaña de desprestigio instalada para desacreditar al magisterio cuando reclama. 

Reniega del presentismo instalado a fuerza de campañas que muestran a las docentes como faltadoras, “que desgastan un montón”. “El acceso a la salud (para quienes tienen Iapos) es una vergüenza”, dice de la obra social de la provincia. Y si se trata de hablar de “pérdida de derechos, la situación de las y los jubilados docentes” encabeza la lista de preocupaciones. 

En la discusión pedagógica “directamente no se nos tiene en cuenta” desde el Ministerio de Educación de la provincia. “Tenemos el claro ejemplo del Plan Raíz (de alfabetización) que es el de la cajita o la solución mágica que encontraron: comprarle a una empresa como Natura, sin tener en cuenta el contexto, ni a los chicos y las familias”, dice y recuerda el potencial de la universidad pública y sus profesionales que no son tenidos en cuenta. Y menos la opinión del magisterio.

Similar actitud marca la maestra se tomó con el nuevo Diseño curricular de primaria (los contenidos a enseñar), que se trabajó en jornadas y plenarias en la gestión anterior y ahora se lo promociona como algo novedoso. 

Uno de los sellos del actual gobierno provincial es desprestigiar la participación gremial y a la dirigencia sindical. “Individualmente nunca nadie logró nada. No creo en los reclamos individuales, sino en lo colectivo”, dice Estefanía y agrega: “Nosotros tenemos un sindicato que es uno de los pocos en los que se puede decidir si acepta una propuesta o no, y es voto por voto”.

Mariana Imperiale arranca su día de maestra a las 7.20 en la Escuela Padre Rafael Cantilo, sale a las 12.30 y a las 12.45 ya está en el Colegio María Madre de la Iglesia donde da clases hasta las 18. “Me gusta mucho lo que hago, sólo que la sociedad va cambiando, la escuela es como una micro sociedad, y ahora no es como hace 27 años cuando empecé en la docencia”, aprecia. 

Lo que ha cambiado es “la relación de la escuela con las familias”, el corrimiento de las personas adultas que acompañan a los chicos, la ausencia de valores que debieran transmitirse. En su visión, hubo un cambio sustancial en esas relaciones “después de la pandemia”. 

Mariana defiende el mundo que cada quien crea en su aula. “La paso bien, me divierto con los chicos, muchas veces hacemos de oído, de escucha”, y se gana en confianza, en mejores vínculos. “Me gusta estar en la escuela, vivir la escuela, enseñar, ver los progresos de mis alumnos y después, ya de grandes, que te saluden por la calle”, confía. 

Mariana Imperiale, maestra de la Escuela Padre Cantilo y María Madre de la Iglesia, de Rosario. Foto: Gentileza

Los sinsabores del trabajo docente los encuentra en “la falta de política educativa que hay en este país” y en que “no se valore nuestra labor”. Recuerda que a nivel nacional ya no se cobra el Fonid (Fondo Nacional de Incentivo Docente) ni el ítem Conectividad, “y sin embargo hacemos la libreta digital, seguimos usando nuestros dispositivos, internet”. 

En Santa Fe, “casi nos dejaron sin derechos”, dice y define como “una vergüenza” la aplicación del presentismo, igual que en los 90, cuando gobernaba Carlos Reutemann la provincia. “El año pasado lo cobré, pero este año por distintos motivos, no”, comenta. Entre esas razones está la de cuidar a su hijo de 8 años cuando se enfermó.

Quedar afuera de los debates pedagógicos es otro de los sinsabores que señala Mariana. También hace referencia a la implementación del Diseño Curricular para la Educación Primaria, a las reuniones plenarias y acuerdos sobre ese diseño en la gestión anterior. “Las demás provincias ya cuentan con nuevos diseños, en Santa Fe estamos en veremos, deben haber pagado a alguna consultora”, opina.

Manifiesta que es fundamental defender los derechos ganados, el papel clave que tienen los sindicatos en esa meta. “Lo que pasa hoy en Santa Fe es muy preocupante, tenemos que poder expresar nuestro descontento”, dice para referirse a la reforma jubilatoria, al presentismo que significa que quienes están enfermos o transitan un embarazo pierdan parte de su salario, o al cierre por decreto de las paritarias docentes.

Mariana dice que hay que “seguir luchando por la profesión”: “Quienes somos docentes sabemos que la amamos, porque ponemos nuestro corazón, el alma y el bolsillo”.

“Somos necesarias”

Daniela Elizburu es maestra en la Escuela Normal 3. Hace 13 años que ejerce en la docencia, la mayor parte de su carrera trabajando en diferentes escuelas de la periferia. Enseña en el turno tarde y suele hacer reemplazos por la mañana “porque la situación económica es apremiante”.

La educación siempre fue su motivación de estudio. Cursó desde el jardín hasta el profesorado en la escuela donde hoy da clases. Pasó por Ciencias de la Educación, y luego se volcó por el magisterio, en especial porque “necesitaba una salida laboral”. “Me gusta la escuela, es un ámbito en el que me siento cómoda”, valora.

Si bien es una profesión que elige y no cambiaría, sabe que no son pocas las compañeras que “están en búsqueda de otro trabajo”, como una colega que hace poco tiempo “dejó la docencia para irse a trabajar a una financiera, a estar en una sala contando plata”. Una triste imagen de época. 

“Los motivos principales son económicos, porque ganamos muy poco en relación a las responsabilidades que tenemos y la demanda que eso significa para la salud”, dice de las razones que lleva a que muchas docentes busquen primero otro trabajo y luego dejen la enseñanza.  

Daniela Elizburu, maestra de la Escuela Normal N°3. Foto: Gentileza

“El trabajo en el aula es lo que a muchas nos sigue anclando en la escuela, porque ese día a día es de disfrute”, dice y asegura que “los problemas” mayormente vienen del afuera, de lo que rodea al aula y eso incluye a las familias y al clima laboral. 

Daniela advierte que la labor docente no es valorada en su dimensión: “A veces hay un total desconocimiento de nuestro trabajo”. Lamenta que tampoco haya interés por preguntar, y se queden con una mirada prejuiciosa del magisterio. 

Uno de los desafíos centrales de este tiempo es despertar el interés en esta generación de niñas y niños. Dice que lo que hace más difícil ese objetivo es la presencia desde muy temprana edad de las pantallas, del uso de las redes sociales y la ausencia de adultos referentes en las familias. “Hay niños de 7 años que ya tienen celular con línea propia, sin ningún tipo de control parental”, cita como ejemplo de esa preocupación. 

Daniela participa de las acciones gremiales como marchas y medidas de fuerza. Afirma que el Ministerio de Educación no ahorra en descalificar los planes de lucha: “Hay una estigmatización con el compañero, con la compañera que participa de esas acciones gremiales. Y hay castigos: un día de paro y llega el descuento del presentismo”.

Las veces que no cobró el presentismo fue por adherir a los paros y por estar enferma. Considera que lo que el gobierno llama Premio a la Asistencia Perfecta es una real pérdida de derechos. 

Otra es la formación en servicio. “No hay ningún tipo de acompañamiento” en cuestiones pedagógicas de parte del Ministerio de Educación, dice la maestra del Normal. “Las únicas que están teniendo alguna capacitación, por decirlo de alguna manera, son las que están afectadas al Plan Raíz, que es primero y segundo grados. El resto no tenemos ningún tipo ni de capacitaciones”.

Melina Miniello lleva 24 años en el trabajo docente, siempre en el Colegio del Sur. “Es una escuela a la que quiero mucho, aquí me inicié y todas mis historias familiares pasaron mientras estuve acá, mi vida está unida a esta escuela”, comparte de su vínculo laboral y afectivo con su tarea. 

Cuando era chica miraba Jacinta Pichimahuida y se entusiasmaba imaginándose como ella “cuando fuera grande”. Estudió, se graduó de maestra y enseguida se dio cuenta que la realidad del magisterio no es la de Jacinta de la tele. Desde siempre Melina trabaja doble turno, termina cada día “agotada”, y aún así sigue con las tareas de su casa, tiene un hijo, una familia. 

Melina Miniello, maestra del Colegio del Sur, de Rosario. Foto: Gentileza

Es delegada, sabe que es importante asumir ese compromiso para mejorar profesionalmente. Y dice que la preocupación central de este momento es dar respuesta a “la integración escolar”, contar con el apoyo necesario pero que no llega. “No nos sentimos acompañadas”, afirma sobre la ausencia de políticas públicas en este terreno. 

Opina que el presentismo funciona como una extorsión a la hora de sumarse a una medida de fuerza y hasta hacer uso del derecho a enfermarse. “Si bien no es mucho (en dinero), pesa, porque muchas somos sostén de familia”, señala. 

Melina también se explaya sobre las críticas sistemáticas del gobierno provincial a los gremios docentes: “Quieren que desaparezcan los sindicatos, eso el Gobernador lo tiene hace mil años, no se puede permitir que pase”.

La situación de desgaste del magisterio y los malos salarios analiza contribuyen para que más de una maestra en función no quiera seguir con su trabajo y quienes piensan en seguir la carrera docente duden de hacerlo.

Melina elige mantener la esperanza en alto y llama a “no bajar los brazos, porque esto en algún momento va a cambiar; tenemos que seguir apostando al futuro que son nuestros niños y no perder la felicidad por lo que hacemos”.

Publicado en el semanario El Eslabón del 06/09/25

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