Yo no sé, no. Graciela se apareció una vez en la placita con unas cuantas revistas de moda de esas de los peinados. “Dentro de unos días espero un aula nueva”, decía la Graciela, que estaba por empezar la secundaria en una escuela del centro y quería tener el mejor peinado, acorde a las señoritas de entonces. Lucía, que leía en voz alta como los dioses ya desde la primaria, decía: “Yo quiero un aula acorde a mi voz”, mientras practicaba en su pieza leyendo cualquier cosa como si fuera una gran locutora. José imaginaba un aula con un pizarrón que tuviera los renglones con líneas onduladas, no paralelas, como si fueran las líneas que él tiraba al Paraná. Tigüín, que terminaba la escuela de barrio Triángulo, decía: “Voy a hacer lo posible para que me manden a una técnica porque quiero encontrarme con un aula con ruido de motores”. Paula, que iba a ir a la Santa Isabel de Hungría, quería un aula donde los espíritus de los santitos estuvieran presentes mientras se acomodaba en el bolsillo una imagen de Ceferino, que todavía no era santo pero ella ya era media devota de él. Isabel, que iba a ir a la nocturna, decía: “Me voy a destacar primero por mi gran presencia, después por mis piernas, así que al delantal le voy a hacer un ruedo por arriba de las rodillas”. Manuel, que iba a entrar a tercer grado en la Anastasio Escudero y venía con una lapicera cartucho, no sé si una Sheaffer o una 303, decía: “Voy a juntar plata para comprarme una Parker. Y quiero tener un aula con olor a tinta azul”. Carlos se había decidido, después de un par de años de estar trabajando lindo y parejo, a ir al Superior de Comercio de noche. “El Superior es grandioso a la mañana y a la tarde, pero a la noche se transpira olor a trabajadores, a pibes que vienen del laburo”. La pequeña Susi estaba terminando también la primaria y jugaba en la plaza a que ella era la maestra y dirigía un aula, en la que por momentos era mala y por momentos era dócil y complaciente, y por ahí era Jacinta Pichimahuida. La Eva se iba a ir a un instituto de corte y confección que quedaba por Ovidio Lagos y decía: “Quiero ir a un aula llena de máquinas, un aula que me dé las herramientas para salir a buscar laburo y ganarme unos pesitos. Y como tengo buen pulso para la aguja, para las puntadas, va ser una papa para mí”. Pedro, que dejaba la Anastasio Escudero y sabía que se encontraría con otras aulas, se había traído un brazalete de patrulla escolar en el bolsillo que nunca usó porque decía que eso era de vigilantes. Y también otro brazalete que era de la Cruz Roja, porque decidió la opción que le quedaba que era ser enfermero o encargado del botiquín. Pasaron los años y se encontró con Carlos en el Superior, a la noche, y también con la pequeña Susi. Si bien no lo tenía, Pedro sentía que cuando entraba al aula tenía un brazalete virtual. De la Cruz Roja o tiempo después como integrante del centro de estudiantes o de una agrupación peronista como la UES. Lo importante es entrar al aula con el brazalete puesto, aunque sea puesto en el corazón.

Publicada en El Eslabón N° 754

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