De chicos tiraba mucho eso de querer ver qué había del otro lado de la tapia. Y para ver, para saber, no había mucho más que saltar. Nos pasa de grandes que nos cuesta ver, nos da miedo saber, nos pesa saltar.
Hay sucesos que pueden ayudar a entender otros, o que encierran claves que permiten echar algo de claridad sobre lo que acontece a diario, frente a las narices de todas y todos. Acontecimientos públicos y muy difundidos que, sin embargo, nos confunden o nos perturban por la imposibilidad de saber qué hay detrás de ellos, qué se cocina detrás de tanto afán por ponerlos en juego con tamaño despliegue.
Nos pasaba de chicos eso de querer ver qué había del otro lado de la tapia. De querer saber si había un tesoro o apenas yuyos, mugre, un baldío común y silvestre. Y de chicos, para ver, para saber, no había mucho más que saltar la tapia. Hasta no saltar no se veía, por tanto no se sabía que había del otro lado de la tapia.
Nos pasa de grandes que nos cuesta ver, nos da miedo saber, nos pesa saltar la tapia.
Chicos. Tapia. Chiqui Tapia. El otro lado. Tesoro o mugre. ¿Baldío? Lo común y silvestre o lo excepcional. Dar vueltas alrededor de eso que no se sabrá nunca si no se salta y se ve. Si no se anima, finalmente, a saber qué carajo hay del otro lado de esa tapia.
Todo eso viene a cuento de pensar si no valdrá la pena darle una vuelta de tuerca al episodio del rescate del gendarme Gallo. De saltar la tapia que muchos se encargan de levantar para que no se vea, para que no se conozca qué hay del otro lado de ese suceso.
Y entonces volver a ser como los chicos se vuelve obligación. Saltar la tapia se impone a eso de dar vueltas para no ver, para quedarnos sin saber, para esquivar la pulsión de conocer si hay, tras esa tapia, algo que valga la pena. Porque si la curiosidad mata al gato, la cobardía o el temor mata a la certeza.
¿Y si hubiera que aprender algo de esa jugada sorpresiva que, de pronto, se posó frente a nosotros cuando nos enteramos que allá lejos, en Caracas, por medio de una misión secreta, la Asociación de Fútbol Argentina destrabó el retorno al país del gendarme Gallo? ¿Si hubiera que saltar la tapia para ver cómo y por qué el Chiqui Tapia hizo lo que hizo para lograr lo que una sarta de farsantes no pudo, no supo o no quiso concretar?

¿Y si ese acontecimiento echara algo de luz sobre lo que se hace o deja de hacerse para desenmascarar –y enfrentar– a un dispositivo que mantiene encandilados, adormecidos, impotentes, a millones de personas mientras se ejecuta el peor latrocinio contra lo que es de todos que se haya puesto en juego en décadas? ¿Será un delirio? ¿Supondrá una osadía? ¿Y si saltamos la tapia para ver?
Saltemos. Lo primero que se ve es un tipo acorralado por denuncias que provienen de una usina acostumbrada a ese juego de fijar el blanco al que deben dirigirse todas las miradas del gran público con el objetivo, sean ciertas o no esas denuncias, de una condena social.
Como ya somos grandes, aunque saltamos la tapia –como los chicos– sabemos que no es una lucha entre buenos y malos. Y sabemos que no tiene por qué serlo. También sabemos que el acorralado o perseguido juega. Tiene algo para jugar. Puede jugar, no está impedido de hacerlo, tiene el mínimo poder necesario para plantarse y no dar por terminado el acoso rindiéndose y ya.
Y como somos grandes ya podemos ir poniéndole nombre a lo que vemos: Clarín. Milei. Chiqui Tapia. Poder judicial. Operaciones. Fútbol. Negocios. Política. Sociedades Anónimas Deportivas. Uff… la lista puede llegar a ser demasiado larga.
En tren de ver qué hay, finalmente, detrás de la tapia, uno puede imaginar que el rescate del gendarme Gallo ofrecía al presidente de la AFA un variado menú de opciones. Una de ellas era negociar con el gobierno libertario –el más visible de sus perseguidores– compartir la foto del final feliz de esa misión excéntrica. Pero si algo sabe Tapia es que la administración Milei es el eslabón más frágil del dispositivo que lo quiere preso. No es el poder, es apenas un naipe en manos del croupier que maneja ese juego.
Y para negociar con Clarín ya era tarde. Por dos razones: si cedía a lo que le reclama el grupo que encabeza Héctor Magnetto, su ascendente e influencia dentro del ecosistema del fútbol nacional y su posición ante la Fifa quedarían visiblemente debilitados, por no decir heridos de muerte. Pero, además, el Chiqui sabe que Clarín no negocia, impone; y que si le otorgaba a TyC la televisación del ascenso, lo mismo, más tarde o más temprano, volverían a la carga.

De allí que resulte imprescindible tomar nota y aprender de este pase de comedia montado por el mandamás del fútbol para trasladarlo a la llamada gran política, que ofrece tantos ejemplos similares pero con desenlaces dispares.
¿Cuántos años lleva el peronismo atacado por el llamado Círculo Rojo intentando negociar una salida que le permita zafar del lawfare con el que ese poder permanente lo estigmatizó, le armó causas judiciales, y terminó metiéndole presos a sus funcionarios, con la frutilla del postre que representó la condena y consiguiente proscripción que hoy sufre Cristina Fernández de Kirchner?
¿Cómo soslayar que hasta hace meses existieron emisarios que negociaban nombres de futuros ministros de la Corte Suprema, luego de haber dejado pasar un mandato completo sin dar la batalla con la oposición de entonces enviando sus propios postulantes, con la excusa de la relación de fuerzas?
¿Cómo entender que durante los mejores años de la década ganada existió una convivencia pactada con sectores de los servicios de inteligencia, del Poder Judicial que siempre tributaron al establishment, con la ilusión de que esa táctica serviría para desalentar a sus verdugos?
Ante ese poder permanente sólo sirve mostrar poder. No hay táctica más eficaz ante esos depredadores que exhibir lo que más temen: que exista alguien más que pueda mover los hilos invisibles que ellos creen monopolizar. Mostrarles que hay un poder en disputa, que no están solos en una cancha ya de por sí inclinada.
Un ejemplo lo acaba de dar el Chiqui Tapia al cerrar un acuerdo entre la AFA y Google para que el gigante tecnológico pase a ser el Main Sponsor Global de la selección de fútbol. La nueva alianza deja afuera nada menos que a Marcos Galperín, el capo de Mercado Libre, que venía buscando ser el principal sponsor del equipo campeón del mundo.
Lo cierto es que desde aquel posteo de X en el que la AFA dio a conocer que pudo rescatar al gendarme Gallo, el gobierno rema contra la corriente intentando acomodar un relato que lo exima de sus propias torpezas. A la actual senadora Patricia Bullrich se la escuchó decir: “A Germán Giuliani (otro detenido en Venezuela) no lo trajeron porque solo tenían (la AFA y Tapia) un objetivo político”. Le dieron chocolate por la noticia.
#Institucional El Fútbol, un puente humanitario.
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— AFA (@afa) March 1, 2026
La ineptitud de la ex ministra de Seguridad en temas donde se debe hilar fino es proverbial. Pocos recuerdan que en septiembre pasado, a propósito del último partido que jugó la Argentina en el país en 2025 –ante Venezuela, en el Monumental– Bullrich intentó impedirle el ingreso al país al presidente de la Federación Venezolana de Fútbol, Jorge Giménez. Mientras ella fracasaba con entusiasmo, el titular de la AFA tejía la “Operación Retorno”.
Asimismo, las causas que Clarín y sus socios impulsan contra el Chiqui Tapia pierden algo de su fuerza original: la primera medida de Juan Bautista Mahiques, recientemente nombrado como ministro de Justicia, fue descabezar los organismos —la Unidad de Información Financiera, la Oficina Anticorrupción y la Inspección General de Justicia— que llevaban adelante las investigaciones contra los popes de la AFA.
Nadie sabe cómo terminará esa persecución. Lo que se sabe es que el principal perseguido le recordó a sus perseguidores el viejo refrán de que para comer la liebre, primero hay que cazarla. Muchos, en la política, deberían tenerlo en cuenta.
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