John Lydon pasó por Rosario. Con una banda infernal, el ex cantante de los Sex Pistols demostró que a sus 70 años está más vigente que nunca. Camperas punks, escupitajos y sifonazos.
Habremos tenido 14, 15 años cuando Martín se apareció por la sala de videojuegos en la que nos juntábamos todas las tardes con un caset blanco con la leyenda “Sex Pistol” (así, sin la «s» final) escrita con fibrón negro. Después de gastar los créditos que nos quedaban en el Pinball Action (que conseguíamos gracias al truquito de meter la ficha en el momento justo en el que la bolita entraba al colector de bonus), nos fuimos al altillo de la casona larga de calle Salta y nos encerramos a escucharlo durante horas. El sonido era saturado pero la música nos voló literalmente los pelos. Martín imitaba el gesto de un guitarrista jorobado o de alguien que busca algo muy chiquito que se le cayó al suelo mientras toca la viola, y yo, con los ojos cerrados y el cuerpo en pura tensión, intentaba pescar partes de las letras gracias a mi precario inglés adquirido en los tres años que asistí a la Cultural por mandato materno. Fue un antes y un después en nuestras vidas. Esa noche, después de cenar en familia, subí nuevamente al altillo y me aprendí –de memoria y para siempre– Anarchy in the UK, God Save the Queen y Pretty Vacant.
Al toque se estrenó Sid y Nancy en el cine y allá fuimos. Me acuerdo que salimos y sin que ninguno dijera nada nos pusimos a saltar por encima de un par de autos estacionados. Martín ya se había hecho la cresta y el arito de hojita de afeitar, y andaba con un sobretodo larguísimo y unos borcegos inmensos. Lo miraba todo Rosario.
Después, gracias a otro caset –esta vez de Sumo y traído por mi hermana de un viaje a Brasil– me pasó por arriba el tren del rock nacional y mi vida pasó a estar musicalizada por los Redondos, Las Pelotas, Divididos, Charly, Fito, Los Piojos y Bersuit Vergarabat. Y poco más.
Muchos años más tarde, hablando con el gran Horacio Çaró, con el que compartía muchas horas de viajes y estadías en hoteles y redacciones periodísticas, salió el tema de los Pistols. Horacio es de esos tipos que se acuerdan absolutamente de todo. Mi teoría es que si el resto de los mortales haciendo zapping vemos un documental de Discovery Channel en el que cuentan que la mantarraya rosa fue descubierta en la Gran Barrera de Coral y es un ejemplar único en el mundo con una mutación de melanismo invertido, rápidamente lo eliminamos por una cuestión de capacidad de almacenamiento. El Gordo no, en algún lado lo guarda y en algún momento lo saca a relucir. Así me instruyó y mucho en cuestiones musicales porque, además de un grandísimo periodista y fabuloso contador de historias, es un melómano total. En esas horas muertas que se dan en los cierres de edición, me hizo escuchar hasta el hartazgo a PIL, la banda que había formado Johnny Rotten (Juanito Podrido, John Lydon, como quieran llamarlo al ex cantante de los Pistols). Y me volvió a volar los pelos.
El sábado pasado, PIL tocó en la Sala de las Artes y lo fuimos a ver y a escuchar con Javi, compañero de este semanario y gran fan del punk, y Juli, mi amiga de toda la vida. Al menos de mi parte esperaba –esas expectativas boludas que uno se crea en la previa de un recital o una peli– un show nostálgico que nos trasladara al pasado, a nuestra adolescencia. Pero lo que me pasó fue todo lo contrario: “Esta música es del futuro”, me salió decir cuando me lo crucé al Fede Fritschi, un gran colega de las radios rosarinas.
La banda es una locura: Lu Edmonds toca la guitarra como un animal y crea climas envolventes y alucinantes con un sintetizador y hasta se da el lujo de hacer gemir una cítara con un arco de violín. El baterista Bruce Smith parece no despeinarse mientras destroza los platillos y el bajista Scott Firth te mete el ritmo en el pecho como si fueran patadas voladoras. Y Johnny es un viejo loco que lejos de perder las mañas les ganó por goleada. Domina el escenario como pocos, tiene un atril al estilo director de orquesta e interactúa con el público –pese a no tirar ni una sola palabra en argentino (¿qué me vienen con «español» o «castellano»?, nosotros hablamos en argentino) con mucho humor e ironía. Le conté no menos de 30 escupitajos al suelo y unas ocho sonadas de nariz que se transformaban en verdaderos efectos especiales ante los haces de luz (“Me llaman nene sifón”, parafraseando a los Redondos), mientras las más de mil almas que coparon el viejo Willie Dixon vociferaban: “Olé, olé, olé, olé Johnny, Johnny”.
Después de cruzarnos y darnos abrazos transpirados con el Roky Bigiolli, el Pizzín, los hermanos Denhoff, Pancho Giunipero y varios viejos amigotes más, nos fuimos a tomar unas cervezas con Juli y Javi convencidos de que habíamos presenciado y disfrutado uno de los mejores recitales de nuestras vidas. Y puteando porque no fueron ni Martín ni el Gordo Çaró.
Publicado en el semanario El Eslabón del 18/4/26
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