Aldo Ruffinengo, comunicador, escritor y docente, publicó La pluma y la pregunta, libro que reivindica el oficio de la entrevista en tiempos de furibundos ataques a la prensa, a partir de la experiencia propia y el aporte de colegas.
De pibes, Aldo y Edgar Ruffinengo jugaban a ser periodistas. Con un viejo grabador Phillips –que pertenecía a su padre Miguel Ángel y que pervive en la casa familiar de lo que se conoce como barrio Hospitales– al que le conectaban un micrófono, hacían entrevistas, editaban casetes, escuchaban y trataban de hacer radio. Edgar, dos años mayor, al terminar la secundaria se inscribió en la carrera de periodismo y con unos compañeros se lanzaron a la aventura de hacer un programa en alguna de las cientos de FM que proliferaban en aquellos incipientes años 90. Y por supuesto Aldo se sumó.
Con el tiempo, Edgar tomaría otros rumbos pero el menor de los Ruffinengo, que cree que el grabador lo usaba el viejo para divulgar el Esperanto que tanto lo apasionaba, se subió al tren de la comunicación y no se bajó nunca más. La próxima parada será en la estación Homo Sapiens, de Sarmiento 829, donde el próximo jueves 21, a las 18, presentará su libro La pluma y la pregunta. El oficio de la entrevista periodística.
Queremos preguntar
“La mayor parte de los contenidos que percibimos a diario está constituido por entrevistas. Cuando leemos el diario o alguna revista, al escuchar la radio o mientras navegamos por las redes sociales lo que más aparecen son entrevistas en las que alguien le hace preguntas a otro alguien”, dice Aldo en diálogo con este semanario, y se explaya: “Me propuse en este libro mostrar la cocina de ese diálogo entre entrevistador y entrevistado desde mi mirada pero también con testimonios de colegas, sobre todo locales, porque me interesa desde siempre hablar sobre el periodismo rosarino, incluso ya lo había hecho en El mundo cada 30 minutos (UNR Editora, 2007), una investigación sobre los servicios informativos radiales”.
A partir de la publicación de éste, su quinto libro, Aldo se tuvo que sacar el traje de entrevistador y sentarse del otro lado del micrófono. “Cuando uno siente que tiene algo para contar, está todo bien ser entrevistado y está bueno que, con la excusa del libro, yo sea el habilitador para tratar de reflexionar sobre el papel de la prensa en un momento muy difícil para el sector. Sería fácil caer en que el actual gobierno nacional le pega al periodismo como el enemigo pero no es tampoco algo novedoso. Sí me preocupa esa pérdida de valor de parte de la comunidad y que eso pueda desencadenar también en algo que perjudique a nuestro oficio”, admite el autor.
“Me parecía importante resaltar lo que significa lo genuino del trabajo, la seriedad de muchos colegas que trabajan en los medios de la región, contestar al destrato mostrando cómo se labura. Es un libro que habla del laburo de un montón de comunicadores y periodistas que se preocupan por sus producciones, que se implican en los contenidos, que respetan a sus entrevistados, que se comprometen con temáticas difíciles que a veces incluso implican poner en juego su lugar de laburo”.

El también conductor de Radio Comunitaria La Hormiga admite que en ese ida y vuelta con las y los colegas a los que convocó para participar de La pluma, con lo que más se encontró fue con el complejo presente para quienes ejercen la comunicación. “Por un lado está la relación de los trabajadores y las empresas, la precarización laboral, pero también esto del multitasking o multitareas que se fue imponiendo y naturalizando. Hoy tenés que atender dos millones de cosas, buscarte otros laburos, tener cosas alternativas. Las camadas nuevas de periodistas ni siquiera deben ver una diferencia entre una buena condición de trabajo porque ya ni siquiera existe. Entran en una variante de multitasking muy intensa, más que nada en los portales, y ese desgaste se respira. Porque los colegas quieren hacer buen periodismo, quieren hacer buenas producciones, tener tiempo para chequear fuentes, para corregir, para hacer una linda escritura pero cuando tenés la soga al cuello se termina imponiendo la cuestión del apuro y hay que sacar laburos a reglamento y seguir”, fustiga Aldo.
Pero a su vez, remarca: “Ojo que lo que noto en eso es todo lo contrario a un relaje, lo que noto es un padecimiento, esa cuestión del malestar, de decir «qué difícil que está todo» y verdaderamente sentirlo. Y después tenés un monopolio muy fuerte, empresarial, dueño de casi todo, que termina siendo desde lo laboral la parte más penosa”.
Más allá de esas respuestas en su búsqueda de testimonios de colegas sobre el presente del oficio, Ruffinengo también se encontró con esto de “tratar de resolver de otras maneras” sin dejar de buscar el hacer un buen periodismo, y argumenta: “La mayoría está como buscando permanentemente de qué manera hacer una buena nota, a pesar de tener que terminar haciendo una entrevista a veces por algunos textuales o audios de Whatsapp, a distancia y a veces sin verle la cara al interlocutor, entonces buscar cómo potenciar para que se luzca una entrevista con investigación. Y siempre tratando de generar un encuentro cara a cara como el que estamos teniendo”.
“Porque en realidad –sigue– para nosotros los periodistas siempre sigue siendo la firma sobre un texto lo que nos valida. Entonces, a la hora de terminar poniendo el gancho como autor de una noticia, una crónica, un editorial o una entrevista, la verdad es que queremos que ese trabajo esté totalmente respetable. Ya ni pensamos en ganar un premio o publicar, pero sí que el premio lo dé el lector, el oyente, el televidente que diga «che, qué buena entrevista». Bueno, para que hoy eso pase, el periodista está haciendo un montón de esfuerzos mayores a otras épocas y eso lo noté: el desgaste”.
Brillante sobre el mic
Ruffinengo, autor también del ensayo Arqueología de los tiempos (UNR Editora, 2011), la biografía de AJ Llorente El animador soy yo (Fígaro Ediciones, 2014) y el libro de cuentos Zanahorias (Sudamérica, 2020), refiere al nacimiento de su pasión por el periodismo. “Primero mencionaría a la curiosidad, que todavía la sostengo, curiosidad en el más amplio espectro de la palabra. Creo que ahí estaba el bichito. Y después el juego, el juego de comunicar, desde muy chiquito con el grabador aquel que está allá (señala un viejo Phillips que descansa sobre una mesa, cerca de la biblioteca), que obviamente no funciona ahora y que tenía un micrófono que se perdió con una ficha rarísima, jugábamos con mi hermano y con mi viejo a hacer radio o algo parecido. Incluso mi hermano me dijo hace poco que esa cinta la tenía. El micrófono, el fierrito, tiene un poder impresionante”, rememora.

Y se entusiasma: “Mi hermano es dos años mayor y una de las primeras carreras que estudió después de la secundaria fue periodismo. Entonces venía con sus compañeros a hacer trabajos prácticos a casa y yo estaba ahí, en el medio. Y cuando vino el furor de las FM truchas, empezaron a hacer un programa en una que estaba en zona sur, por Ovidio Lagos y Uriburu, y yo me enganché. Después mi hermano dejó el periodismo pero yo seguí haciendo programas y cuando terminé la secundaria estudié periodismo en el Iset 18 y no dejé nunca de hacer periodismo aún trabajando de otras cosas. Más que nada radio, algo de gráfica, algo de tele en el cable, pero siempre la radio”.
Aldo se encarga de remarcar la importancia de laburar en un medio comunitario como es radio La Hormiga, por el hecho de “generar desde ahí las vinculaciones con la comunidad, con los colegas, con el mundo de la cultura, con la militancia, los posicionamientos que hay ante la realidad, ante los momentos de la historia”, y a la hora de elegir alguna entrevista que haya hecho, lejos de tirar un nombre famoso del mundo del espectáculo o algún ídolo deportivo (es fana de Newell’s) elige hablar en plural: “Durante y después de la pandemia hicimos muchas notas sobre las familias que hay detrás de los comedores, los merenderos, esas comunidades agrupadas a la idea de ver una necesidad en el barrio, que en la pandemia se recrudeció enormemente, y poner el cuerpo y la energía ahí, en el otro. A veces venían adultos, otras con sus hijitos que también ayudaban a armar las comidas, las viandas, las raciones”.
Antes de despedirse, Ruffinengo responde a la pregunta de qué significa el periodismo en su vida: “Y un poco es un modo de ver la vida. Es un modo que me llevó a cómo relacionarme con el otro, con la comunidad, con mi propia familia. Con entender que hay una herramienta que muchos utilizamos, que quienes nos dedicamos a esto estamos pensando en la comunidad. Que tenemos realmente un fuego interior que nos hace ver que hay una situación que amerita que tenga luz, visibilidad. Entonces uno trata de ser el canal, un altavoz para una situación que necesita ser solucionada. Eso es lo que me constituye y el periodismo para mí es eso”.
Publicado en el semanario El Eslabón del 16/5/26
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