El 5 de abril de 1818, el ala izquierda del ejército patriota atravesaba uno de los momentos más duros del combate. El fuego realista caía con ferocidad y los cuerpos patriotas empezaban a quebrarse.
En la Batalla de Maipú, el 5 de abril de 1818, el ala izquierda patriota comandada por Rudecindo Alvarado vivió uno de los momentos más duros del combate. El fuego realista caía con ferocidad y los cuerpos patriotas empezaban a quebrarse.
El Batallón N.º 8 de los Andes, integrado por negros libertos de Cuyo, sufrió pérdidas enormes y se desordenó; el N.º 2 de Chile también se dispersó. Del otro lado avanzaban las tropas realistas de José Ordóñez y Lorenzo Morla, con unidades poderosas como el temido Regimiento de Burgos, considerado por San Martín como una de las esperanzas principales del enemigo. Alvarado debió retroceder para evitar una derrota total. Cuando San Martín vio que la izquierda patriota cedía, ordenó entrar a la reserva del coronel Hilarión de la Quintana, que avanzó en una marcha oblicua y cambió el rumbo del combate.
La batalla, que parecía inclinarse hacia los realistas, terminó en una victoria militar que consolidó la Independencia de Chile y golpeó física y moralmente al ejército realista, que debió replegarse hacia el sur.
Alvarado y sus hombres dejaron una enseñanza feroz: hay momentos en los que avanzar no te convierte en héroe. Te convierte en cadáver. La valentía no siempre está en avanzar con la bayoneta al frente. A veces está en soportar el
golpe, retroceder entre el humo, juntar a los que quedan vivos… y regresar.
Porque hay retiradas que son la antesala de una victoria. En Venezuela, el pueblo y su gobierno bolivariano están librando una inmensa batalla política de Maipú. Ojalá nos toque a los argentinos ser el Hilarión de la
Quintana que asegure la victoria.
Sólo necesitamos llevar a Axel Kicillof al frente de un gran Ejército electoral de los Andes y batir a la antipatria, que ya está sufriendo su Chacabuco por mano propia.
La historia argentina será despiadada con quienes hoy no sepan que a veces, para vencer, hay que retroceder. Y eso, más allá de las medallas que hayan merecido en el pasado. Porque a veces liderar es llegar tarde, herido, sabiendo que otros pelearon lo que uno no pudo pelear, y tener la grandeza de abrazar al hombre que sostuvo la causa común.
Bernardo O’Higgins no debió haber estado en el campo de batalla de Maipú. Estaba herido, con fiebre y el brazo derecho fracturado por una bala recibida días antes en la sorpresa de Cancha Rayada, aquel desastre patriota del 19 de marzo que hizo temblar el futuro de Chile. Pero el Director Supremo de Chile sabía que a pocas leguas de Santiago se estaba decidiendo el destino y se dirigió hacia el campo de combate. Cuando llegó, acompañado por milicianos, heridos de Cancha Rayada y cadetes de la Academia Militar, la batalla ya se apagaba.
Con el brazo vendado y el cuerpo vencido por la herida, se acercó al Libertador y pronunció la frase que quedó para siempre: “¡Gloria al salvador de Chile!”. San Martín, al verlo en ese estado, le respondió con una frase que inmortalizó al “ilustre inválido” que se había presentado herido en el campo de batalla.
A ver si aprendemos de ambos. Ninguno más grande que el otro, pero cada cual en conciencia plena del deber que le toca, sin avidez por arrebatar o impedir por egolatría la victoria común.


