Esta vez fue el turno de la Taty. Se nos va al tiempo que se inmortaliza en la historia de nuestro contradictorio país. Mientras más pienso, más me devano los sesos tratando de encontrarle una explicación que me deje tranquilo. No la hay. Hablar de las madres es repetir frases, imágenes, rituales que son una compilación de los elementos básicos del ADN de todas aquellas personas que militan, que participan de las marchas o de las diferentes actividades realizadas por los organismos de derechos humanos.
Videla murió en su lugar, en un inodoro. Taty vive en el corazón de un pueblo que si bien lamenta su partida, no puede dejar de sonreír. Para ser honestos con la memoria, ella planteaba que había que luchar pero que también había que disfrutar. El “lucha y joda” es una clara interpelación a la solemnidad con la que se vive la militancia en lugares que están atravesados por la desaparición de algún ser querido y, en el caso de las madres, de un hijo o una hija.
El 17 de junio de 1975, su hijo Alejandro, de 20 años, estudiante de Medicina y empleado de la agencia Télam, fue secuestrado por la Triple A. Desde entonces, permanece desaparecido. “Fui una gorilita, perdí a mi hijo y volví a nacer”, aclaró en una entrevista memorable, resumiendo su transformación.
La desaparición la impulsó a una búsqueda incansable que la llevó a incorporarse a las Madres de Plaza de Mayo en 1979. Después de la división de la organización en el año 1986, integró la Línea Fundadora, de la que se convirtió en una de sus referentes principales. Taty venía de una familia de militares, no tuvo formación política previa a su participación en Madres.
“Me siento parida por Alejandro”, dijo alguna vez, en clara referencia a que su desaparición la empujó a la militancia, a la participación, a tratar de comprender el momento en que se encontraba para utilizar todas las herramientas para llevar a juicio a los culpables del secuestro de su hijo y de los 30.000 compañeros detenidos desaparecidos.
Taty fue una de las Madres que más acompañó desde su inicio a los y las militantes de Hijos, participando de las actividades y apoyándolos en todo lo que pudiera. “La única lucha que se pierde es la que se abandona”, era una frase que le gustaba repetir. Es quizás por eso que no abandonaba nunca, que se la podía ver en múltiples actividades a lo largo de la jornada y que siempre sacaba a relucir esa hermosa sonrisa que tanto la caracterizaba, personal y políticamente hablando.
Una persona que supiera sonreír así no podía ser derrotada por amenazas, ni por sopapos judiciales, ni siquiera por tener que revolver en la memoria las atrocidades cometidas por los milicos genocidas. Así la seguiremos viendo, en las marchas, en los juicios de lesa, en los actos, en todos aquellos lugares donde se dispute el sentido de nuestra historia. Sin dudas que las locas siguen de pie, plantándose como los árboles que van creciendo para construir los bosques de la memoria, como los rizomas que se hermanan con la tierra para hacerla fértil, sin olvidar que esos suelos fueron regados con sangre por traidores a la patria.

El dolor de la partida siempre es grande. A nadie con el corazón a la izquierda se le ocurre pensar que no vamos a tener que atravesar un duelo pocos días después de tener que despedir al Indio. Tenemos un cementerio, un lugar sagrado donde guardar a los nuestros. Donde preservamos la memoria de cada desaparecido, hayamos podido o no enterrar sus cuerpos.
Con Taty se nos va una grosa y la vamos a llorar mucho. Estoy seguro que la militancia tiene reservado un lugar en su corazón para quien nos ha cuidado, nos ha ayudado a crecer, nos alimentó y nos mimó. Sería injusto atribuirle a ella lo que hicieron muchas Madres de Plaza de Mayo, pero también sería injusto no dejar en claro que fue tan amorosa y divertida que esos rasgos la distinguían con un aura especial. “No hay que tenerle miedo a la palabra militancia. Militar es tener compromiso”, ese mismo compromiso nacido en épocas de plomo en las que tuvieron que perderle el miedo a todo para poder salir a la calle a exigir la aparición con vida de sus hijos.
Las mujeres de pañuelos blancos con nombres bordados que daban vuelta a la Plaza de Mayo fueron logrando su cometido: instalar la problemática. Fue tan grande la repercusión que en diferentes países comenzaron a hablar de unas mujeres argentinas que buscaban a sus hijos, responsabilizando al gobierno militar de no buscarlos ni brindar respuestas concretas del paradero de estos jóvenes que en muchos casos eran militantes políticos, sindicales o de organizaciones cristianas de base.
Con la reapertura democrática en Argentina tuvieron un protagonismo inmenso junto a los demás organismos de derechos humanos en la búsqueda de justicia. Se logró llevar a juicio a los Comandantes de las Juntas pero las presiones de los sectores militares y del poder económico materializados en levantamiento de grupos de soldados de las Fuerzas Armadas lograron que el gobierno radical aprobara la ley de Punto Final que proponía un plazo de 60 días para iniciar juicios y luego de ese período se cerraba dicha posibilidad, en 1986. Al año siguiente se aprobó la ley de Obediencia Debida que eximía a las tropas y los bajos mandos de las responsabilidades por sus actos represivos y de vulneración de derechos humanos con el pretexto de que debían obedecer a sus superiores.
Las madres más hermosas del mundo
En ese contexto, se produjeron algunos hitos con artistas internacionales. El vínculo de Bono con esta causa es profundo y se materializó en una de las canciones más emblemáticas de U2. La canción Mothers of the Disappeared (Madres de los desaparecidos) cierra el icónico álbum The Joshua Tree (1987) y fue escrito por Bono como un tributo directo a las Madres de Plaza de Mayo y a organizaciones similares como Comadres en El Salvador. La letra fue inspirada por los relatos de mujeres que buscaban a sus hijos desaparecidos durante las dictaduras en América Latina.
En un recital de U2 en La Plata, Bono homenajeó a las Madres, gritando “¡Presente! ¡Presente!” y “¡El pueblo vencerá!” antes de interpretar la canción. Y también las llamó “las madres más hermosas del mundo”.
Sting también tuvo un acercamiento muy afectuoso y ese gesto se convirtió en una de las imágenes más emblemáticas de la lucha de las Madres a nivel mundial. En 1988, durante el concierto de Amnistía Internacional en el estadio de River Plate, Sting y Peter Gabriel interpretaron la canción Ellas bailan solas junto a las Madres y Abuelas, que subieron al escenario con sus pañuelos blancos. La imagen dio la vuelta al mundo y se convirtió en un símbolo de apoyo internacional. En 2025, Sting se reencontró en Buenos Aires con Estela de Carlotto y nietos recuperados por Abuelas. En esa ocasión, levantó un cartel que decía: “Nunca más impunidad”, para respaldar su lucha.
El ex líder de Pink Floyd, Roger Waters, también expresó su solidaridad con la causa de las Madres en su paso por Argentina. En la gira de The Wall Live en 2012, se reunió con las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo durante su estadía en Buenos Aires. Durante el show les rindió un homenaje explícito a las Madres reconociendo su lucha por encontrar a sus hijos desaparecidos durante la dictadura demostrando cómo la causa de las Madres trascendió fronteras y se convirtió en un símbolo de lucha por los derechos humanos.

Además de la trascendencia internacional, generaciones enteras de jóvenes argentinos que tenían por referencia a los artistas anteriormente mencionados comenzaron a comprender la importancia de la lucha por los derechos humanos, y las marchas del 24 de marzo comenzaron a crecer en cuanto a convocatoria y los organismos de derechos humanos adquirieron un protagonismo mayor en la cotidianeidad de las personas. Lo que era una demanda aislada se convirtió en un pedido de justicia de toda la sociedad que incomodaba al poder.
A partir de la asunción de Néstor Kirchner y la adopción de una política activa de derechos humanos y de reparación histórica, se derogan las leyes de la impunidad anteriormente mencionadas, a las que se suma la del indulto otorgada a los genocidas por Carlos Menem, se declaran juicios de lesa humanidad, por lo tanto imprescriptibles, y se promueve su realización. Allí también estuvieron las Madres, acompañadas de Hijos y de Abuelas, viendo como eran condenados los asesinos de sus hijos.
Los homenajes recibidos por nuestras Madres son infinitos por su cantidad e inconmensurables por su ternura. El reconocimiento siempre es poco para quienes nos han mostrado el camino de la dignidad.
Estela de Carlotto (presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo) acompañó el último adiós recordando su compromiso con la verdad y la justicia. Cristina Fernández la despidió en redes sociales como una “luchadora incansable que honraste la vida”. Fito Páez le dedicó un emotivo mensaje y la describió como una “mujer central de la historia argentina”. Nancy Dupláa y Pablo Echarri escribieron en sus redes: “Hasta siempre Taty… ahora empieza otra parte de la historia. Sos inmortal”. Axel Kicillof también se sumó a las despedidas y participó del velatorio. Víctor Heredia cantó en su honor durante la ceremonia de despedida.
Este homenaje es para Taty, pero sería poco digno no nombrar a Hebe de Bonafini, a Norita Cortiñas, que quizás son las figuras públicas más reconocidas, y a todas nuestras Madres de la Plaza 25 de Mayo de Rosario y a las de todas las ciudades donde lograron organizarse. Los años se han llevado a nuestras hermosas viejas impregnando las plazas en las que marchaban de una energía muy especial, así como hicieron esa magia de hacernos sentir la presencia de los 30.000 compañeros.
Frente a estas cosas me quedo sin palabras y siento una mezcla de orgullo, de admiración, de ternura, de compromiso, que impide mirar para otro lado. Las veo viejitas, caminando lento, o en sillas de ruedas venciendo al olvido, a la impunidad, a la crueldad e incluso venciendo al tiempo, porque en cada acción de sus vidas lograron vencer a la muerte.
Publicado en el semanario El Eslabón del 20/6/26
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