Ana Moro, ex presa política, sobreviviente de la última dictadura y querellante en juicios de lesa humanidad recuerda a Taty Almeida y a las locas de los pañuelos que se van yendo de ronda.

La partida de Lidia Stella Mercedes Miy Uranga, ​muchísimo más conocida como Taty Almeida (por su apellido de casada como se usaba otrora) fue un cimbronazo para los organismos de derechos humanos. La referenta de las Madres de Plaza de Mayo tenía 95 años pero se mostraba jovial en sus apariciones públicas, que no eran pocas, y en la que le gustaba cerrar sus oratorias con su frase marca registrada: “A pesar de los bastones y de las sillas de ruedas, las locas seguimos de pie”. Ana Moro, su par pero de las Madres rosarinas, lamentó su partida y la recordó como “una mujer tan amorosa, muy sensible y muy cercana”.

Esa mujer

Ana, además de fundadora de Familiares de Desaparecidos y de la Ronda de las Madres de Plaza 25 de Mayo, es –tal cual la bautizó Juane Basso en estas mismas páginas– la memoria viva del movimiento de derechos humanos en Rosario. Esta mujer que sobrevivió al terrorismo de Estado y que además de declarar por los tormentos que padeció en el Servicio de Informaciones (SI) de la Policía de Rosario se contituyó como querellante en la causa que investigó el secuestro, la desaparición y el asesinato de su hermana gemela Míriam y de su cuñado Roberto De Vicenzo, recuerda a Taty y, en ella, a esas locas de los pañuelos que marcaron el camino para entender y encarnar las luchas por la Memoria, la Verdad y la Justicia.

“Cuando me enteré no lo podía o no lo quería creer así que me puse a buscar en Google y como ya estaba en el Página 12 me puse muy triste”, confiesa Moro, y amplía: “Muy triste como todos los militantes de derechos humanos, porque se nos van yendo las madres, quedan tan poquitas. Acá en Rosario ya no queda ninguna. Y también las Abuelas”.

Esta leprosa de alma que supo jugar al hockey en su juventud, repasa que vio a Taty “en las varias ocasiones que vino a Rosario” y que “incluso fue la única Madre de Plaza de Mayo que se acercó a la ronda a dar la vuelta con las madres de Rosario”.

“Tuve más contacto una vez que vino invitada por Hijos Rosario y me invitaron a cenar con ella. Ahí pudimos charlar más y me dejó la impresión de ser una mujer tan amorosa, tan sensible, muy cercana. Una mujer con la que podías hablar. Hay que tener en cuenta que su hijo desapareció en plena democracia, lo que deja bien en claro que la represión no empezó el 24 de marzo, sino que tuvimos compañeros asesinados y desaparecidos previamente”, añade. 

Foto de archivo: Maia Basso | El Eslabón/Redacción Rosario

Ana, que de tanto y tanto buscar a su hermana pudo encontrar sus restos en un osario común del cementerio de Casilda, se lamenta de que se siga poniendo en duda la cantidad de desaparecidos y desaparecidas. “Acá tengo una foto en mi Whatsapp con Taty con el cartel de 30 mil y no puedo creer que haya gente que discuta eso. Hasta los 95 años siguió con bastón, en silla de ruedas y como sea militando con esa fuerza que tuvieron todas las Madres. Y eso que venían de un lugar que no eran militantes políticas”, reivindica Ana.

“Estuvimos hablando bastante en esa cena –sigue–. Yo le conté quién era, que había estado en el Servicio de Informaciones y ella me escuchó atentamente. Era una mujer cuyas decisiones políticas eran bien claras. Ella sabía bien con quién había que estar, cómo seguía la lucha y sobre todo que teníamos que estar unidos, cosa que nos falta un poco ahora. Más allá de que no haya podido encontrar los restos de su hijo, sabía perfectamente que es muy importante que estemos unidos en el campo popular”. 

Rondando las plazas

“Yo empecé a militar en Familiares, que era un espacio en el que estábamos todos juntos, madres, padres, hermanos, compañeras, compañeros. Había muchas mujeres, por supuesto, pero también había muchos padres en esa época. Y seguimos así hasta el 84”, hace memoria Ana, y continúa: “Ya en ese entonces había Madres de acá que viajaban a Buenos Aires, como Nelma Jalil, Esperanza Labrador, Irma Molina. Y en un momento decidieron constituirse como Madres de Plaza 25 de Mayo, como una filial. Cuando me enteré por Delia Rodríguez Araya que se estaba formando un grupo de jóvenes para apoyarlas decidí dejar Familiares y me fui a militar con las Madres. O sea que desde el primer momento en que ellas se constituyeron, yo fui a militar al grupo de apoyo con las Madres. Y ya no las abandoné más”.

Ana repasa las actividades que se hacían en esos primeros años de las Madres. “En Buenos Aires habían comenzado la Campaña de las Manos («En el Año de la Juventud, déle una mano a los desaparecidos», era la consigna con las que las locas del pañuelo le respondían de alguna manera a la ONU que había declarado ese año como el Año Internacional de la Juventud) y nosotras arrancamos a hacerla acá yendo a los clubes, a los barrios, a la peatonal. Después vinieron las primeras marchas que eran muy chiquitas y siempre haciendo todo a pulmón, con mucho trabajo pero también con mucho compromiso”.

Antes de despedirse y ante la consulta de qué significan las Madres en su vida, Ana fundamenta: “Yo soy hija de una Madre, de Nélida, que militó poco porque murió muy joven porque la muerte de mi hermana la sumió en una depresión espantosa, pero sí militó. Y también siento que soy hija de todas las Madres porque tenía una relación de afecto, de confianza. Con algunas compartí navidades, cumpleaños, cosas muy íntimas. Yo tenía una relación muy amorosa con ellas y creo que ellas me consideraban como una hija más”.

Publicado en el semanario El Eslabón del 20/6/26

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