Yo no sé, no. Graciela y Laura esa tarde vinieron con una cara de preocupación. Habían ido hasta el dispensario porque una tenía, en un costado del pecho cerca de la costilla falsa, y la otra en la espalda, cinco puntitos rojos. Medio que se asustaron. Y como estaban por ahí, la doctora del dispensario les dijo: “Culebrilla. No tiene cura. O por lo menos no tiene cura inmediata. Hay que encontrar el remedio adecuado. Mientras tanto, chicas, vayan a ver a alguien que cure de palabra la culebrilla. Si ustedes tienen fe y la persona es buena para esos menesteres, capaz que tenga cura”.

A José le habíamos encargado que arregle un arco que teníamos hecho con tirantes de madera. El otro era de caño, no sé dónde lo habíamos encontrado. Pero en ese arco de madera el poste derecho cada semana se inclinaba un poco más. José hizo lo posible para que quedara firme y formara un ángulo recto con el travesaño. A los quince, y después a los cuarenta y cinco días, dijo: “No tiene cura. No sé qué le pasó. ¿De dónde sacaron este pedazo de madera? Parece un palo viviente que quiere rajarse de acá. No parece el poste de un arco. Por ahora no tiene cura y se va a seguir inclinando”.

Tiguín, por su parte, había agrandado en el patio de la casa el taller de arreglos de bicis y motos. Y puso un cartel en la puerta: “Se arreglan todos los motores, todas las bicis, aun las que parecen muertas. Acá todas tienen cura”. Empezó a tener trabajo porque Tiguín, en eso de meterle mano a los fierros, a las bicis y a las motos, era bueno.

La Mónica y la Isabel se habían ido hasta la plaza y estaban tirando un remedio al pie de un pino que parecía secarse. Alguien que pasó por ahí una vez les dijo: “Está enfermo ese pino y no tiene cura”. Pero ellas querían tanto a ese pino de la esquina de la plaza que fueron a buscar remedios caseros para combatir todos los hongos que podían estar atacándolo. Hasta la llegada de la Mónica y la Isabel parecía que no tenía cura. Y el pino empezó a recuperar un poquito de fuerza. De a poquito. Muy de a poquito.

El Huguito y el Juancalito vinieron con la triste noticia de que la lagunita de las ranas, la que estaba por Uriburu pegadita a la Vía Honda, se estaba muriendo. Se estaban muriendo todas las ranas. El quintero les dijo: “Olvídense. Esta lagunita ya no va a ser la lagunita de las ranas. No tiene cura. Parece que algún pesticida pasó por acá o tiraron algo. Y hasta que no haya agua nueva, y eso va a tardar mucho tiempo, la lagunita se muere. No tiene cura”.

La Eva y la Ivana estaban recontentas porque tenían una tos crónica. Más de uno les había dicho: “Lo de ustedes no tiene cura”. Pero la Ivana se acordó de una farmacia que estaba pasando barrio Acindar donde hacían recetas magistrales. La dueña era bioquímica y preparaba remedios especiales. Les preparó un jarabe que todavía no estaba en el mercado ni se vendía en ningún lado. Se los dio en dos o tres frasquitos y la tos empezó a mermar. A esa tos que parecía no tener cura le encontraron la vuelta.

Pií renegaba con una madera verde que no podía trabajar. “Con esta madera no se puede hacer nada. Mientras esté verde no tiene cura”, decía. Lo escuchaba Tamba, que a su vez se quejaba del siete que teníamos en el equipo. Pedrito, creo que se llamaba. Había aprendido a jugar solo con la Pulpo y cuando pasó a la pelota de cuero la dominaba igual de bien. Pero no la largaba nunca. Gambeteaba hasta cansarse. “Este no tiene cura –decía Tamba–. Se cree que la pelota es para él solo. Gambetea dos veces al marcador y después lo espera para pasarlo otra vez. El día que levante la cabeza y la largue va a empezar a tener cura”. 

Manuel estaba renegando con el Vicky, el perro blanco que siempre lo metía en problemas, sobre todo con las gallinas y los pollos que andaban por las veredas del barrio. El Vicky se volvía loco cuando los veía. Así que Manuel, con todo el dolor del alma, decía: “Este no tiene cura”. Para salvarlo tuvo que ir hasta lo del zapatero y pedirle que le hicieran un bozal de cuero. “Hasta que tenga cura voy a salir con él, pero con el bozal puesto”, decía.

Una tarde vimos a la pequeña Susi sentada en el tapialito, casi sin saltar. Cuando nos vio se sonreía, casi triunfante. Y enseguida nos dimos cuenta. Lo que parecía no tener remedio, que era su estatura porque era muy pequeñita, había encontrado una solución. Se había comprado unas zapatillas con plataforma. No eran suecos, pero parecían. Había ganado tres o cuatro centímetros. Y a lo que parecía no tener remedio, la pequeña Susi le había encontrado la vuelta.

Viniendo por Biedma, a Pedro le dieron el dato que había una piba que hacía camisas con muy buena mano. Te achicaba la ropa. Pedro no le encontraba la vuelta: cada vez que compraba ropa le quedaban largas las mangas, largas las botamangas o grande la cintura. La piba esta cobraba bien, nuestro bolsillo no sufría tanto. Le había encontrado el remedio a eso que tanto la afligía: el talle.

El viernes por la tarde, estando en la plaza y a la hora en que pasó el churrero, sentimos por la radio del bar del Toti que había movilizaciones en varios puntos del país. Que había un plan de lucha. Algunos decían que podía volver el General. Otros, que la dictadura estaba en las últimas. En el segundo cigarrillo que se prendió Carlos, dijo: “Parece que la patria tiene remedio. Hay que esperar un toque. O ayudar al remedio. Pero parece que el remedio está”.

Publicado en el semanario El Eslabón del 13/6/26

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Un comentario

  1. charles ding

    20/06/2026 en 0:56

    This column really hit home for me. I love how it captures those everyday neighborhood struggles where everyone thinks there’s no cure for their problems, yet they still find a creative way out. Honestly, that feeling of dealing with hopeless, impossible situations reminds me so much of trying to survive Dead Plate Game. But just like in the article, there’s always a remedy if you look hard enough. It’s a beautiful, poetic reminder to keep pushing forward. Thanks for this!

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