A Manuel Bozzo
1
Soñé que nadaba con alguien en el medio de un río o un mar. La persona que estaba junto a mí era alguien conocido, un amigo, pero no podía verle la cara, no sabía quién era, hablábamos y todo, pero no le veía la cara. El agua estaba muy revuelta, había esas olas de río de sudestada y de repente una ola gigante rompió sobre nosotros. Nadé y pasé hacia el otro lado de la ola y miré para atrás, mi amigo no estaba más.
2
Crucé por primera vez el río. Al principio tuve miedo, pero el agua corría tranquila, casi no había olas. Estaba con dos amigos, Simón y Malena. Ellos iban en un kayak doble. Simón era el que iba en el asiento de atrás y hacía el trabajo duro, Malena no era muy hábil para la navegación. Salimos a la par desde la orilla de Rosario y nos mandamos a cruzar hacia las islas de Entre Ríos. Encaramos la punta del bote hacia el puente Rosario-Victoria, cosa de ir cortando la corriente. Soplaba poco viento. El sol era tremendo a la una y media del mediodía. Cuando empezamos a avanzar mis amigos se quedaron atrás. Yo estaba concentrado en apuntar el kayak al puente y en no dejar de remar. Me cansé, pero agarré velocidad. De vez en cuando miraba hacia atrás para localizar a mis amigos, ellos iban tonteando, hasta se dieron un beso ahí en pleno trajín. Con cada giro de cabeza perdía estabilidad, entonces dejé de hacer eso. En un momento el bote se deslizó con premura, con valentía y sobriedad, sobre el agua. Sopló un viento este que me pegaba en la cara. Y fui feliz.
3
La siguiente vez que salí fue para tomar una clase, para practicar el auto rescate: lo que tenés que hacer para subirte al bote en el caso de que te caigas en el medio del río. No volví a pasar por el momento de felicidad, entonces entendí que era algo que sucedía una sola vez, que no se puede volver a vivir. Es como cuando andás por primera vez en bicicleta sin rueditas y lo ves a tu papá –que antes te empujaba desde atrás para lograr el equilibrio–, ves como se queda quieto y te grita que sigas que no dejes de pedalear, lo dice con una sonrisa enorme en la boca, o como la primera vez que logras pararte en una tabla de snowboard después de tantas caídas y golpes y de repente la nieve se vuelve el material deslizable más hermoso del mundo, o el efecto de consumir una droga fuerte por primera vez, o tener sexo por primera vez con alguien que te vuelve loco. Uno intenta recobrar esos momentos, los olores, lo que escuchabas, lo que se veía, lo que te pasaba por el cuerpo, pero es imposible, ya está perdido para siempre.
4
Pocos días después de la clase salimos con un amigo que tiene el kayak en la misma guardería que yo. Cuando nos acercamos al río empezamos a notar el viento sudeste que silbaba fuerte. Eso era de lo que me habían hablado tantas veces y nunca lo había visto. La sudestada. Bajamos los botes de las perchas, acomodamos todo en los tambuchos, nos pusimos los salvavidas y al agua. Apenas nos acomodamos encima de los kayaks ya el río nos movía para todos lados. Primero subimos, o sea remamos en contra de la corriente en dirección al norte, hacia donde está el puente, hicimos eso para cruzar a favor de la corriente y no terminar tan lejos. Nos acercamos al canal, el medio del río, por donde pasan los buques gigantes. El viento venía del sudeste y la corriente del río venía del norte y apenas del oeste, entonces el choque de esas fuerzas contrarias picaban el río. Se armaban unas olas rarísimas, que no sabías de dónde vienen, cambiaban de dirección, no te dabas cuenta cuándo la inmensidad de agua se empezaba a levantar. No tenía nada que ver con el mar, donde las olas expresan un ritmo más o menos predecible y además la diferencia más importante es que las olas de río nunca rompían, sólo te levantaban y te empujaban y te hacían caer entre una y otra. Nunca había visto esas, sí conocía las que generan las lanchas o los barcos, pero estas son otra cosa. Parecía como si brotaban de las profundidades de esa masa de agua dulce y turbia. Mi amigo, Manuel –un poeta de diecinueve años, uno de los mejores poetas de la ciudad con tan corta edad, no se lo digo mucho para que no se la crea, además el hijo de puta es parecido a Frank O´Hara– se quedó atrás. Yo de vez en cuando miraba hacia donde él estaba, se lo notaba más que seguro, temerario, algo así como Rimbaud cruzando el desierto. Pero girar la cabeza me hacía perder equilibrio, entonces me concentré en mi bote, en mi curso sobre el agua. La verdad es que no tuve miedo, es peor cuando tenés miedo en ese momento, lo que hay que hacer es tenerle respeto al río. Y no dejar de remar, no dejar de remar por nada en el mundo.
5
Salí al río solo. Era todo un desafío, ya no era nomás una cuestión de cruzar remando solo, sino de no ir acompañado. No tenía miedo. Sí prudencia y respeto. Había viento noroeste así que el río estaba planchado pero con mucha corriente. Crucé. Todo bien. Fui en dirección a un parador de la isla donde nunca había gente.
Remé hasta la orilla, cuando toqué el fondo el kayak y el río cobraron vida: el bote tenía un pecho que se encontraba con el barro de la isla, cuando estaba en el agua te hacía flotar con sus pulmones de aire, los remos eran los brazos de esa bestia de fibra de vidrio, a su vez el bote se deslizaba por el lomo de un animal de tamaño mucho mayor, iba por los pelos de líquido, por el cuero de ese lomo acuoso.
En el parador no había nadie, excepto el cuidador. Un tipo curtido por el río y el sol. Diego se llamaba. Hablamos un rato. Me contó que tenía su casa apenas cruzar el río, pero que últimamente vivía ahí, en la isla. Me dijo que a la noche no se escuchaba ni se veía un alma. Se iba a una parte del predio del parador y armaba su carpa ahí, “parece que prendés un ventilador del vientito que corre”, me dijo. Me contó esto: “todo es muy hermoso acá, pero una noche, yo estaba parado ahí en la casa del parador y escuché que empezaron a gritar desde la playa. Una mujer, ella me veía a mí, pero yo no la veía a ella. Era una mujer a la que una lancha había dejado acá, la lancha la dejó y se fue. La mujer se acercó al parador. Se la notaba medio enloquecida. No dejaba de gritar. Cuando me vio me pidió alcohol. Yo no sabía qué hacer. La mina pasó detrás de la barra y agarró una botella de whisky que la empezó a tomar como si fuera agua. Me decía todas incoherencias. Yo no entendía nada. Tenía mucho miedo. No sabía qué hacer. La mina me dijo que había robado una moto y que la habían llevado ahí para que se escondiera. Hablamos un rato. Después se tranquilizó. Estaba drogada o algo, porque chupaba como si viniera del desierto”, dijo Diego. Después llegaron los dueños del parador y Diego se tuvo que poner a trabajar. Cuando estaba por volver, fui a buscar el kayak que había dejado en la sombra y unas calandrias estaban ahí encima del bote, al acercarme los bichos se pusieron como locos, me quisieron atacar. Ya con el bote en el agua, se me acercó una calandria a toda velocidad y me picoteó la cabeza. Me dolió como la gran puta. Me hizo sangrar apenas. A la vuelta el río seguía planchado. Llegué a la costa de la guardería e hice una estupidez. Había un montón de gente ahí que también recíen llegaba. Levanté el bote y me lo puse al hombro. Estaba pesadísimo, se me caía la parte de atrás, entonces caminé rápido y no veía hacia donde iba. Terminé chocando un árbol con la punta del kayak. Un tipo tuvo que ayudarme. Fue una vergüenza.
Rosario, febrero de 2024.
Publicado en el semanario El Eslabón del 13/6/26
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