El arte de tapa de Chico Dinamita Amor. (Foto: Manuel Costa)
El arte de tapa de Chico Dinamita Amor, lo nuevo de Coki y los Killer. (Foto: Manuel Costa)

El ex líder de Punto G anticipa la salida de Chico Dinamita Amor, el nuevo material discográfico de Killer Burritos, en simultáneo con su presentación –del próximo viernes 8 de mayo– en el Centro Cultural Parque de España.

Cae lenta, aquel hit de Punto G podría ser el soundtrack de los momentos previos a la charla que Coki Debernardi le concedió a el eslabón. Es la mañana de un jueves de garúa, la lluvia cae lenta, no se siente pero moja. Coki nos recibe en su departamento ubicado en la última cuadra de calle San Lorenzo hacia el río, a la vuelta de la Plaza 25 de Mayo. Toma un vinilo de su discoteca y lo deja girando de fondo, y suena casi como murmullo, y se sienta. El flamante disco de los Killer Burritos todavía no está en la calle pero yace frente a nuestras narices, y pasa de mano en mano en la mesa con un arte de tapa que –afirma el músico– realizó junto al fotógrafo Maximiliano Conforti.

Debernardi es un rockero inoxidable. Hace décadas echó raíces en la ciudad cuando bajó del bondi transitados los setenta kilómetros de asfalto y tierra que lo separaban de Cañada de Gómez, su tierra natal. Gamexane fue su primera banda, que más tarde tomaría el nombre de Punto G, con la que comenzó a sonar en la ciudad en los ochenta. Tiempo después formó Coki and the Killer Burritos, con la que grabó discos como Mi Parrillada (1998); Un millón de dólares (2001); Perdida (2005); Y no creamos nada (2007), entre otras ediciones y participaciones. Su formación fue la columna vertebral de las presentaciones de Fito Páez durante unos años, una experiencia que duró hasta el 2012, año que el guitarrista rearmó su grupo al que sintetizó como Killer Burritos: Coki Debernardi, guitarra y voz; Miguel Villalba, bajo; Franco Mascotti, guitarras; Marcos Prieto, teclados y coros; y Tito Barrera, batería.

—En víspera de la salida de un nuevo disco y de su presentación. ¿Cuáles son tus sensaciones por estos días?

—Y estamos con los ensayos y con la euforia de saber que muy pronto sale el disco. Está buenísimo que lo podamos presentar al mismo tiempo, sacar todo de una sola vez. Me gusta ir a las radios y hacer entrevistas, pero no sé explicar bien lo que es un disco, es una cosa muy rara explicar un disco. Me gusta que lo escuchen y que hablen sobre eso. Por el otro lado, estoy ansioso más por tocarlo, y en un teatro como el del Centro Cultural Parque de España, donde nunca tocamos. Y que salga todo bien y después disfrutarlo.

—¿Los discos son como hijos, como se dice vulgarmente?

—El disco es un disco, yo tengo una sola hija. El disco es el resultado de una búsqueda bastante larga tratando de pescar el pez dorado. A ver, te pasás mucho tiempo buscándolo, ver cómo lo llevás a cabo, después tratás de editarlo y cuando lo sacás es más un alivio. Un hijo está todo el tiempo presente y cuando es más chico te pertenece a vos, o en realidad, pensás que te pertenece, y con el disco pasa que después que sale, no te pertenece más.

—¿Y la gestación de este nuevo material?

—Lo venimos tocando hace tiempo, comenzó hace muchos años con canciones que no terminaban de cerrar para un disco, si tenía un titulo: Kid Dinamita Love, que después adaptamos. En el medio hubo muchas tocadas, después nos fuimos de gira con Fito (Páez) y dejamos a las canciones tiradas por ahí, abandonadas. Después volvimos a tocar juntos y hubo cosas que nos dieron la pauta de que andábamos por el camino de este disco, el que queríamos todos en la banda.

—Daniel Melingo habla de la resistencia de los temas que compone. Dice que perduran los que pasan por distintos formatos e instrumentaciones. ¿Hay un trabajo parecido en tus canciones?

—Los temas de Chico Dinamita… pasaron todas las pruebas posibles; en piano, en guitarra. Suelo maltratar el tema, o bien lo trato con diferentes formaciones e interpretaciones hasta que esa canción se estabiliza mágicamente como la quería.

—¿Y algunas quedan en el camino, no?

—Algunas no se bancan el tamiz, algunas cosas quedan más fuera de contexto y hay otras canciones que se van comiendo a otras que son como menores o de diferente estructura: el pez grande come al pez chico. Y en otros discos pueden aparecer.

—¿Cuáles son las canciones más fuertes del disco o las que hoy le tenés más cariño? ¿O preferís no marcarlas todavía?

—Hay diferentes canciones en este disco, me gusta mucho La Sombra, el estilo que tiene, es la primera canción que grabé yo solito en mi casa y que atravesó todos los años, calladita calladita calladita, y dijimos: ésta tiene que estar.

—¿De qué habla?

La Sombra estaba hecha para la performance de danza de un boxeador, que dice que es todo lo que tiene y que no quiere dejarla ir. Es como que la sombra es lo único que tenemos realmente fuera del cuerpo. El día que no tengamos esa sombra ya no vamos a estar acá.

—¿Y el proceso de la grabación, y las maquetas?

—No hubo maquetas, lo grabamos en la Sala Lavardén, teníamos la necesidad de grabarlo en el escenario como si estuviéramos grabando en vivo: dos guitarras, bajo, batería y teclados en vivo, con el sonido del Negrito Ojeda. Y con invitados como Carlos Vandera, metiendo teclados en Parque de canciones y Alfombra voladora; y Eloy Quintana, metiendo bajos en Villa Cristal. Grabamos las bases y después grabamos las voces casi en primera toma, en otro estudio. A mí mucho grabar no es una cosa que me guste, pero en este disco me involucre mucho más que otras producciones: en lo estructural, los sonidos y los planos y todo eso. Franco Mascotti, el guitarrista de la banda, fue el técnico, arreglador y productor.

—¿Cómo se va a editar el disco?

—Es una coproducción que hicimos con la disquería Music Shop, con un sello que se llama Killer Music y que lo queremos distribuir en todo el país. Igual vamos a llevar el disco a Buenos Aires y también lo vamos a subir para escuchar y para que se lo bajen.

—¿Y las composiciones en general de los temas de este disco?

—Muchos temas los llevé a la sala y fueron pasando el tamiz. Yo igual me doy cuenta: si nadie dice nada sobre un nuevo tema no pasa la prueba, y a veces al revés, yo digo no, y me convencen de que sigamos adelante. Es un laburo de banda, la elección de temas, de timbres, de repertorio, por eso es que ahora la banda se llama Killer Burritos. En cuanto a las letras, me gusta mucho imaginarme los títulos como un punto de partida, casi siempre acá en mi casa y con la guitarra.

—¿La piedra fundamental del disco es el rock?

—A pesar de que somos una banda de rock no es un disco de rock en el término más purista, tampoco es un disco de guitarras. Te digo más, el disco empieza con un teclado. Yo en vivo no toco la guitarra, ahora estoy con la pandereta, con las manos y con la voz, tratando de cantar lo mejor posible. Es un disco de rock en cuanto a las letras, es un disco más parecido a Un millón de dólares. Y si bien no es un disco de música pop para adolescentes (se ríe por su propia referencia a Micky Vainilla, el personaje de Capusotto), las canciones pedían climas y armonías, y así salió.

—¿Cómo Influyó tu hija en la música de este disco? ¿Ya se largó a cantar?

—La canción Villa Cristal habla de lo tonto que es uno con respecto a ser padre y de lo bueno que es andar por la calle con ella, la diversión que me genera. Un tema que no tiene nombre propio ni una forma melosa ni babosa. Mi hija es la única que por ahora está confirmada como invitada para hacer los coros de este tema en vivo, en la presentación.

—¿Qué queda hoy intacto de aquel Coki Debernardi de los primeros años?

—Lamentablemente yo no recuerdo mi voz en Punto G, tampoco llego a recordar cómo sonaba la banda por esos años, pero tengo las mismas ganas de hacer música de cuando era chico. Si no hubiera tenido esa banda no habría hecho nada, me sirvió para ser lo que soy ahora. Sigo siendo el mismo intolerante con las cosas que están bien y las que están mal. Sigo subiendo los equipos al escenario cuando no hay nadie que lo haga. Las buenas y las cosas malas no las perdí: sigo siendo el mismo cabrón cuando se equivocan y cuando yo me equivoco; soy el mismo que putea y el mismo que pide perdón al toque. El mismo tipo que disfruta tanto de tocar para muchísima cantidad de gente como para veinte personas en un bar. No he perdido nada de eso, no creo que lo pierda porque es lo único que sé hacer. Ojalá no lo pierda.

Publicado en el eslabón 193.

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