Alejandra Rodenas acaba de renunciar como jueza provincial para lanzarse a una pre candidatura a diputada nacional por el peronista Nuevo Espacio Santafesino. Con una vida que continúa marcada por su estancia en el Poder Judicial, la ex magistrada atiende a Biopolítica en su domicilio, escoltado por una sutil custodia que le fue asignada debido a su intervención en causas contra la narcocriminalidad. Nacida en el ‘63, como Fito Páez –de quien es amigo gracias a Jorge Llonch, compañero y padre de sus hijos–, la mujer desborda entusiasmo ante la nueva etapa emprendida, aunque reconoce que nunca dejó de lado su costado militante, que comenzó desde su familia peronista e incluyó un paso por la JUP de Derecho en los ochenta. “Creo que hoy hay un adversario muy definido y me siento con la fuerza para plantarme frente este nuevo modelo neoliberal”, afirma a la hora de explicar por qué quiere ingresar al Congreso de la Nación.

—¿Cuándo y dónde se inicia tu historia política?
—La política atravesaba la vida de mi familia como una gran irrupción. Nací en una familia política y politizada. Y no solamente por la vida política de mi viejo, sino también por la historia de mis hermanos. Como la menor de cuatro hermanos, donde el que te sigue te lleva nueve años, llegás a un ambiente donde pasan otras cosas distintas a las que les pasan a los chicos de tu edad. Entonces tengo como flashes, recuerdos, como esto de llegar al colegio con Instituciones de Sui Generis y que una madre dijera que estaba preocupada por la música que se escuchaba en casa. Tenía un hermano adolescente que escuchaba esa música, y una biblioteca enorme donde seguramente leí prematuramente lo que no leía ningún chico a esa edad.
La familia, los hermanos, los primos, era como una gran tribu donde estaba todo el tiempo explotando esta cosa de la política. Incluso tuve un primo que tuvo que exiliarse en México. Mi hermano militaba en la Unión de Estudiantes Secundarios (UES).
Yo fui a un colegio confesional, reconozco esa contradicción materna. Fui al Colegio del Huerto y fue como un refugio en ese momento. Si bien uno asocia la cuestión confesional con cuestiones muy dogmáticas, era piola estar ahí. Nací en el 63, con lo cual en los 70, en la gran irrupción de los 70, estaba ahí.

—¿Cómo recordás aquella adolescencia y secundaria en dictadura?
—Con mucha información. Con un padre que ya había estado preso en el ‘55, con lo cual ese relato lo habían sufrido mis hermanos ya. Esa cuestión de ser una nena en plena resistencia peronista y tener un padrino híper peronista también, un caudillo enorme de la zona norte: Carmelo Coraza. Con él, o con mi viejo, los paseos tenían que ver por ejemplo con Villa Manuelita. Esto era muy fuerte, eso y la casa abierta de barrio Echesortu, una casa chorizo donde entraba y salía gente todo el tiempo. Gente que venía con volantes, libros, revistas. Y además los amigos de mis hermanos que eran gente de algún modo u otro vinculada a la actividad política.
En vacaciones mi viejo nos clavaba la marcha peronista en el disco de pasta cantada por Hugo Del Carril, para que nos despertáramos. También recuerdo sobre el fin de la escuela secundaria, en el ‘82, cuando la dictadura empezaba a aflojar, como un momento de mucha rebeldía. Una forma de refugio fue también la parroquia San Francisco Solano, donde estaba el padre Joaquín (Núñez), y tuve ahí un acercamiento a ser catequista. Pero bueno, en el colegio no entendieron mucho mi deseo porque iba con los libros de Leonardo Boff de mi hermano, así que mi idea de catequista naufragó.

—¿Cuánto marcó en tu formación política, el paso por la universidad?
—En la universidad el tema fue decidir qué hacer. De lo que no tenía dudas era que iba a ir a la universidad pública. Y fue Derecho. Ahí se forjó una etapa hermosa. Yo entré en el año 82, la facultad (de Derecho) fue el primer centro de estudiantes que tuvo elecciones. Entramos con examen de ingreso, con lo cual éramos muy pocos y nos hicimos todos muy amigos.
Fui a buscar la mesita de la JP, que era chiquita, muy devastada. Había exiliados, desaparecidos. Estaba todavía vigente, desde el punto de vista discursivo, el gran modelo de defensa del terrorismo de Estado en la facultad, con sus profesores. Esto fue fuerte porque en primer año que te reciban cerciorándose algunos contenidos, y yo era la que siempre levantaba la mano y preguntaba: «¿Y la constitución del ‘49?».
Entonces el refugio fue la mesa de la JUP (Juventud Universitaria Peronista), que empezó a crecer. Ahí empecé a militar en la universidad y fueron unos años fantásticos.

—¿Qué referencias y lecturas te marcaron políticamente?
—Las lecturas de la adolescencia fueron muy fuertes, esto de haber leído antes de tiempo algunos textos, tenía una pasión por la literatura rusa. Tolstoi, Dostoievski, toda esa cosa trágica que cuando sos adolescente llorás y te preguntás todo y aparte en un contexto difícil de país.
También Jauretche, Marechal. En casa estaba toda esa bibliografía. Me acuerdo cuando mi viejo me dio el libro de (Ernesto) Palacios y me dijo: «Esta es la historia con la que quiero que mis hijos estudien». En la facultad obviamente no se estudiaba ese libro.
La etapa inicial de la facultad fue en el periodo de retorno de la democracia, esa primavera alfonsinista si se quiere. Había una cosa muy linda que era esta cuestión de compartir con las demás agrupaciones un adversario común, la idea del Nunca Más, no existía la frase Memoria, Verdad y justicia, como ocurre ahora.
Era tiempo de grandes movilizaciones, del retorno de los docentes que se habían exiliado. En ese contexto retorna un personaje hermoso que era Juan Gardella, que crea el primer Centro de Investigaciones en Derechos Humanos universitario, y ahí fuimos todos de cabeza.
Éramos un poco foucaultianos, casi devotamente. Nos habíamos puesto a leer los textos de la posmodernidad, pero a la vez había una cuestión que había que enmarcarla en algún lugar, que fue la gran virtud de Juan Gardella y de otros docentes, como Rodolfo Shcoler.
Me acuerdo de una frase genial de Gardella que decía: «Para construir el universo jurídico primero hay que plantar los cimientos». Y eso fue muy interesante, porque empezamos a leer a los clásicos. Nosotros veníamos con el garrote de Foucault a demoler todo, porque nos parecía que todo lo que nos habían dado los docentes tradicionales no servía. Ahí ingrese a un lugar del que nunca me fui y reivindico profundamente que es la vía crítica. Un espacio crítico que creo que atraviesa a todas las disciplinas, al Derecho Penal, al Derecho de Familia, a la Criminología. Ese espacio crítico dentro del espacio donde yo estaba que es la Teoría General del Derecho, fue tal vez el lugar desde donde pude mirar todo. Donde pude encontrar un sentido a ser abogada.

—¿Cuán significativo fue el paso de la facultad a la justicia?
—Como me fui a vivir sola, me tenía que mantener, entonces en el ‘86 justamente rendí el examen de ingreso al tribunal. Todavía no me había recibido, me faltaban dos años. Era todo un combo, mi militancia, levantarme a las seis de la mañana para llegar al tribunal, era muy intensa la vida. La militancia generalmente era nocturna, los bares, las peñas, esos lugares de encuentro, esas misas compartidas. La reivindicación de ciertas músicas, todo esto que aparecía, la trova cubana, la trova rosarina que arrancaba, esto de poder escuchar de nuevo aquellas músicas que habían escuchado mis hermanos y que habían estado censuradas. Esto ya ahora con una sensación de mayor libertad. Digo sensación porque me acuerdo mucho también lo que fueron las interrupciones y los intentos de interrupciones a la democracia. Y cómo salimos a la calle casi sin pensar, a defender la democracia con los distintos alzamientos.

—¿Qué marcas te dejó el paso por la Justicia?
—Yo estoy muy agradecida con el Poder Judicial. Hago la suma y la resta, y a pesar de que entré a un ámbito profundamente conservador, también fue un ámbito que estaba conmovido por lo que estaba ocurriendo. La vida me cruzo con gente fantástica, la gente que militaba gremialmente. Yo no hice una militancia gremial, lateralmente me acerqué a la gente que militaba con el gremio en tribunales, pero estaba con la militancia universitaria. Fue una experiencia linda la de empleada, que fue hasta el año ‘90, que es cuando yo dejo mi militancia.
Éramos poquitos. Estábamos en un ámbito y en otro, en el fuero laboral o en el de familia, y ahí nos fuimos juntando. También éramos los mismos que habíamos estudiado juntos, que fuimos ingresando. Una tribu móvil entre la facultad y el tribunal. Y tenía también que ver con la noche de Rosario, los bares, las peñas, lugares donde transcurrió nuestra juventud.
Después en el año ‘90 rendí un concurso para ser funcionaria. Ahí la cosa empezó a cambiar un poco.

—¿Por qué?
—Primero porque el fenómeno de los ‘90, donde me sentí muy ajena al menemismo. No le encontré la vuelta a la manera de poder pensar algo en términos políticos. Fue de rechazo total y absoluto. Tuve una sensación de que la política no tenía nada que ver conmigo.
En este cargo de funcionaria ya lo había conocido a Jorge (Llonch), ya nos habíamos cruzado. Imaginate, un rockero, sonidista de Charly García, conmigo. Siempre tuve eso de desafiar los propósitos que se suponían en mí. Fue armar con mi tribu otra tribu más extensa que tenía que ver con la música. Fue el conjuro de aquellos años. Había mucha felicidad por otro lado junto con la oscuridad que para mí trae Menem, ese primer modelo ensayo espantoso de modelo neoliberal. Yo también estaba muy alegre y muy feliz de pertenecer a ese otro mundo que también se revelaba y venía del lado de la música, el arte. Se expandió mi universo de alguna forma.

—De tu experiencia en el Poder Judicial ¿que pensás que te va a servir para esta nueva etapa?
—La mirada de mucha templanza que me dio estar en el Poder Judicial. Ser juez es un lugar de mucho equilibrio, estás en un lugar de mucha escucha. Yo por lo menos me lo planteé así. Escuchar a las dos partes, a la víctima y al victimario, siempre. Más allá de lo repulsivo que puede resultar escuchar al victimario. También es importante saber qué pasa ahí, qué pasó en ese detrás y en esa historia. No siempre son historias amables y gratas. Creo haber sido una jueza muy de la inmediatez, muy de estar.
Todo este bagaje teórico que traía, todas estas cuestiones vinculadas con la criminología crítica, con cómo mirar el proceso criminal, mirarlo desde otro lugares, la interdisciplina. Yo había hecho un paso muy interesante en la Colonia de Oliveros, con el Chino (Fernando) Rosúa, con Mercedes Sentis y un montón de gente fantástica.
A mí me marcó la sumatoria, desde el Humillados y ofendidos de (Fiodor) Dostoievski, hasta cómo mirar el fenómeno criminal como un todo, como un fenómeno social y no individual. Ahí puse la cabeza y la mirada, y de esa manera creo haberme comportado como jueza. Me puedo haber equivocado en algunas decisiones, como cualquiera. Pero esa búsqueda de sentido permanente, no quiero que me abandone. Si alguien delinque, me pregunto por qué. Vamos a las causas. Lo que no significa que no haya que aplicar sanciones. Pero hay una avanzada muy fuerte de oposición a esto que yo sostengo, muy fuerte, y que defiendo, que es el garantismo, que significa la plena vigencia del Estado de derecho y del debido proceso. Se dice tanto, se habla de la puerta giratoria, pero no hay un sólo manual de (Eugenio) Zaffaroni que diga que hay que dejar a los presos en libertad. Son interpretaciones que se hacen para abonar a visiones que son un poco conservadoras, pero hay que tratar de qué se trata. El que cometió un delito y se comprueba que lo ha cometido, debe ser sancionado y con una pena proporcional. Pero también es verdad que detrás de ese delito siempre hay una historia interna, en la víctima y en el victimario. Y eso es lo que te ayuda a mirar un poco el todo.

—¿Por qué decidiste dar este paso?
—Tenía una asignatura pendiente. Esa Alejandra de los ‘80, que buscó la mesa de la JP, nunca se fue a dormir. También sentí que en el Poder Judicial había dado todo lo que tenía para dar. Que me había propuesto en su momento enfrentar los nuevos fenómenos narcocriminales, que no son los vinculados al narcotráfico, porque hay una confusión en esto: los jueces provinciales no tienen competencia en asuntos de narcotráfico, que es de competencia federal, pero sí todos los delitos conexos con el narcotráfico, que tienen que ver con la narcocriminalidad. Esto de ver cómo se desmembraban los barrios de Rosario, como la narcocriminalidad, atravesó la periferia de la ciudad y la convirtió en un espacio de desamparo y de dolor. Eso me conmovió mucho en los últimos años de mi vida. El dolor de la gente me conmueve mucho. Y tengo la impresión de que, si bien el Poder Judicial intenta dar respuestas a esas cuestiones, no siempre puede. Y las respuestas que se dan, son para el caso concreto. Y pienso que desde otro ámbito, del ámbito político, legislativo, voy a poder dar respuestas más generales. Siempre es una respuesta individual la del juez, ahora me interesa una más colectiva.

—¿Con quiénes se construyó este Nuevo Espacio Santafesino?
—Cuando me vinieron a hacer esta propuesta, lo que más me sedujo fue que era un armado territorial. El peronismo viene con una tradición de acuerdos de cúpulas, sea el gobierno que sea, esa forma de encarar la construcción política. Y sobre todo porque yo voy a ser, si la voluntad popular me acompaña, la expresión de un escenario territorial, santafesino.
En estos días estoy recorriendo algunos lugares y estoy escuchando, de la misma manera que cuando era jueza escuchaba esas voces, hoy son las voces del territorio. Y este espacio es un espacio eminentemente territorial, donde hay presidentes de comuna, intendentes, senadores, gente que está muy vinculada a la cuestión departamental, donde hay organizaciones gremiales, organizaciones sociales, como la gente del Movimiento Evita, esta conformación que no siempre es escuchada a la hora de poner sus candidatos. A veces hay candidatos elegidos desde Buenos Aires y nadie sabe quién es esa persona. Y la cosa me parece que justamente es al revés, de abajo hacia arriba.

—¿Con qué diagnóstico y sobre qué ejes se plantean trabajar en esta campaña?
—Yo creo que hoy hay un adversario muy definido y me siento con la fuerza para plantarme frente a este nuevo modelo neoliberal. Vivimos un momento muy terrible. Frente al proceso de desendeudamiento, ahora estamos endeudados a cien años. Vivimos un nuevo inicio de precarizaciones en materia laboral, previsional. Recortes a cuestiones fundantes, como las cuestiones de género, a las personas con discapacidad, al Conicet, las amenazas de recortes a la universidades públicas, el 2 x 1. Ese es mi adversario. No me gusta la palabra enemigo. Soy una persona de diálogo. Creo que esto se puede transformar, pero no desde esos núcleos duros de confrontación. Hay que darle a la política la oportunidad de ser una herramienta de transformación. De la misma manera que hubo una gran movilización en los últimos años, con muchos chicos que salieron a militar, de hecho uno de mis hijos lo hace, hay que darle la oportunidad a la gente que piense que la política es la herramienta para oponerse a este modelo.

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