Santiago aprendió a escribir a los 4 años gracias a Florencia, su hermana mayor, y al igual que su abuela Haydée que escribía poesías en cualquier papel –la misma que un día tuvo que ponerse un pañuelo en la cabeza y salir a dar vueltas a la Plaza 25 de Mayo–, Santiago también escribe sus historias al tun tun, donde sea. Cuando una idea le viene a la cabeza la escribe en el aire, o se la pone a cantar, de taquito. Quienes compartimos una redacción con él, lo sabemos. Y después, claro, está el oficio, la técnica, la escucha y la mirada bien grande que Santiago adquirió en más de 20 años de laburo periodístico.

Desde los inicios tiene a su cargo la corrección del periódico El Eslabón (nobleza obliga, fiel corrector de esta columna) y es editor de la sección Deportes del mismo semanario. Además de su profesión y de su temprana afición por la escritura, Santiago, enfermo de fútbol y de Rosario Central, también es un militante de los derechos humanos y la justicia social. Todo lo que él es, hace y abraza está en este libro, dedicado entero a su viejo, Eduardo Garat, que en 1978 fue secuestrado por los genocidas de la última dictadura cívico militar y aún hoy se encuentra desaparecido.

El sol era la pelota tiene relatos breves, microrrelatos, poesías y poemas en prosa, donde el fútbol es un pretexto para hablar de otras cosas que de una u otra forma están hermanadas a este culto popular: la marginalidad, la violencia, el amor, el dolor, el delirio y la risa. “Hay historias reales, pero muchas son inventadas o exageradas. Hay mucha calle, mucho barrio, mucha noche, mucha cancha, mucho viaje”, contó el escritor sobre el libro en una entrevista que le hizo Facundo Paredes para este medio. En El sol era la pelota se trasluce la escritura espontánea, el buen manejo de los tiempos y las acciones que se desarrollan en los relatos. Siempre hay remate que si no termina en gol, pega en el palo. Santiago propone una lectura vertiginosa y cuando aparece la explosión del ingenio, los y las lectoras ya estamos mordiendo el pasto.

Con prólogo del periodista y escritor Ariel Scher, este libro cuenta además con dibujos de sus sobrinos y de su hija Camila. También acompañan las ilustraciones de Florencia Garat, Facundo Vitiello y el tucumano Sejo Delgado.
En un relato, llueven pelotas del cielo y los pibes en el terraplén se vuelven locos de la alegría; en otro, por designio de los dioses del Olimpo nace en este mundo, en este país, Diego Armando Maradona.

Salen al campo de juego esos dos zagueros que en sociedad rompen canillas de rivales con la misma pasión con la que se matan a besos burlando la homofobia que vergonzosamente vitorea la tribuna del patriarcado. Una mujer desea profundamente el triunfo de Atlético para que su marido no vuelva de la cancha con ganas de ejercer el miserable mandato de ser violento contra su humanidad.

Perón, Evita, el Negro Palma y hasta el Tata Martino a regañadientes. También el pibe que sale de caño y termina siendo remera, el amigo atorrante que se cuela en cuanto cumpleaños de 15 y casamiento pueda, o el compañero que en el terror de la clandestinidad va igual a ver al Canaya al Gigante. Esos son los personajes de Santiago, los cabecitas negras del subsuelo de la patria, los chicos de la tapa, los no antologados de Leónidas Lamborghini, los boluditos de la luna, de la luna y de la pelota.

Alguien dijo una vez que el fútbol es el deporte más lindo y sano que existe en el mundo. Y a Santiago de eso no le cabe la menor duda. Es una declaración de principios, una convicción. Y aunque los gangsters del mundo quieran adueñarse del juego de balompié y convertirlo en una sociedad anónima interplanetaria, Santiago recupera la simplicidad del encuentro, la experiencia colectiva del juego, su tradición, y pone la mirada en los lazos frágiles pero vitales que el fútbol tiende entre los que ponen a rodar la bola y la vida que viven: los pibes del barrio en un campito, o los presos en el patio de una cárcel de máxima seguridad en Brasil. Como dijo el Javi García Alfaro (diseñador del volumen) éste es un libro negro y luminoso. Porque en todos los relatos hay una historia y detrás de cada historia una realidad dolorosa, a veces trágica y oscura, pero en las que sus personajes y el propio autor, con talento y carácter, hacen el espacio necesario para que aparezca la magia. La magia y la ternura, siempre.

Artículo publicado en el semanario El Eslabón.

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