“Marisol siempre tenía una sonrisas hermosa y nos hacía reír, se sentaba al fondo del aula, compartimos muchas horas entre los 14 y 18 años en el Normal 2. La sociedad era conservadora y obediente, y éramos muy rebeldes ante esa educación que recibíamos”, dice Alicia Bertaccini, una de las compañeras con las que Pérez terminó la secundaria, en 1967.

El sábado 13 de abril, a 42 años de ser secuestrada y desaparecida cuando tenía 27 años, los restos de Marisol –recuperados en noviembre de 2018– fueron enterrados junto a un árbol del Bosque de la Memoria. Allí también descansan su también desaparecido compañero, Raúl Ameri. Pucho, como le decían,  tenía 30 años cuando fue secuestrado-desaparecido el 18 de febrero del 76, en la capital santafesina. Además, bajo ese árbol también fueron enterrados Andrés, el hijo de ambos, y la madre de Marisol, ambos fallecidos antes de hallar los restos de la joven.

Marisol fue secuestrada el 16 de diciembre de 1976 por una patota de Agustín Feced, jefe de la policía de Rosario (76 al 78), pero había dejado a su hijo en casa de una compañera. Según testimonios, la joven fue vista con vida en el centro clandestino del ex Servicio de Informaciones (SI), en la Jefatura de Policía (San Lorenzo y Dorrego). Luego fue trasladada y asesinada en enero del 77.

Según investigaciones, fue llevada al Cementerio La Piedad, pero las excavaciones y exámenes de muestras no daban positivo. Magdalena, una de las hermanas de Marisol, recordó que fue hallada en Alpachiri, en La Pampa. “Tenía una tumba digna y visitada”. Pero, por una equivocación, los familiares de Analía Urquizo, recibieron en La Piedad –1979– los restos de Marisol, no los de Analía.

En agosto de 2015 pidieron a la Fiscalía que se retomara al caso. El fiscal Adolfo Villate se conectó con el Equipo Argentino de Antropología Forense y exhumaron la sepultura en La Pampa. Allí se confirmó que eran los resto de Marisol.

Una marca generacional

La hermana admite que “al mirar a nuestro alrededor sentimos la solidaridad y amor que tienen por nosotros, este amor vence al odio”. Agrega que “las políticas de Estado que comprendieron el dolor de las víctimas fueron las que interpretaron y movilizaron este trabajo, y por eso estoy convencida que el genocidio no volverá, ustedes lo demuestran”.

La sonrisa beligerante de Marisol estaba muy presente en ese profundo encuentro con los testimonios de sus tías, sobrina, amigas de la secundaria, de Trabajo Social, y compañeras y compañeros de militancia y organismos de derechos humanos.

“En esa época vivíamos una efervescencia, en los últimos años del colegio hablábamos mucho de política”, remarca Alicia Bertaccini. Coincide con ella María Dolores Alba: “Era una marca generacional, con energía e impulso. Fuimos muy rebeldes y peleábamos con las autoridades del colegio, y hasta discutíamos por el uniforme”.

“Con el tiempo supimos sobre la fortaleza y valiente lucha de Marisol, nos daba orgullo. Había crecido con un claro pensamiento y compromiso con su militancia, por los que sufren, y del amor por su hijo y su familia”.

“Terminamos la escuela en el 67, y luego nos enteramos sobre su desaparición, porque algunas éramos muy amigas, otras lo supieron por las noticias. No sabíamos de su militancia, pero siempre fue muy dispuesta a compartir, ayudar”, afirman.

Allí estaban en el Bosque las compañeras de tantos días, además de Alicia y María Dolores, no faltaron Ana María Machado, Mabel Gutiérrez, Silvia Navarro, Hilda Rabinovich y Raquel Vaiani,

“Con Guadalupe Aguirre, sobrina de Marisol, nos encontramos en la facultad de Psicología,  indica Alicia, especialista en Psicología en Educación.

Marisol, tras dejar la secundaria, estudió en la Escuela de Servicios Sociales, donde conoció a Raúl Héctor Ameri, luego padre de su hijo Andrés. Militó en la Juventud Universitaria Peronista (JUP) y en Montoneros.

Por su parte, la Negra Isabel, compañera de militancia de Marisol en Villa Banana, resaltó que “siempre se levantaba con una sonrisa y cantando. Nunca aflojaba, ni caía, seguía con su espíritu en alto”, y agregó: “Pero, al caminar con ella por la calle llevamos la pastillita en el bolsillo, sabíamos que nos podía tocar en cualquier momento”.

Disputa por la memoria

“La perseverancia y la lucha constante da sus frutos, fueron 42 años de lucha de las hermanas Pérez, fue vencer a los desaparecedores que no querían que encontráramos a los desaparecidos”, señala Nadia Schujman, abogada del equipo jurídico de Hijos, y resaltó: “Es una disputa por la memoria, la contracara del olvido. No olvidamos. No perdonamos. No nos reconciliamos”.

En tanto, Eugenia, estudiante de la licenciatura en Trabajo Social y militante de La Ronda de Plaza de las Madres, relató que “en 2011, al ingresar a la facultad, leí su nombre y el de su compañero en un mural destartalado que recordaba a los detenidos desaparecidos de nuestra facultad. En 2013 conocí a Pipa (Andrés), su hijo, en una vecinal en la que yo militaba y él daba clases de Tai Chi. Al decirle que estudiaba trabajo social, me contó sobre sus viejos”. “Los conocí y me enganché con su compromiso, empeño y valentía. Años después leí una carta que Raúl escribió desde la cárcel de Devoto, sobre el trabajador social comprometido, de la necesidad de unir al profesional del trabajo social con la militancia, y ahí los sentí más cerca que nunca”, admite.

La fortaleza de la petisa

Carlos Pérez Rizzo admite que “la conocí al estar detenido también en el Servicio de Informaciones”. “Era un petisa con mucha fuerza y nos decía que debíamos hacer esto y aquello, además de sacar su nombre afuera para que se supiera dónde había estado”, recuerda, y agrega: “Era una mina con una gran fortaleza y compromiso a pesar de pasar por la tortura”.

“La desaparición, el genocidio, dejan heridas mortales, radiactivas. Heridas que son transgeneracionales”, explica Guadalupe Aguirre durante el acto en el Bosque, y añade: “La Tata (como le decía a Marisol, hasta los casi 3 años que tenía cuando desapareció) era mi tía compinche, con quien me reía mucho”. “Las consecuencias de su desaparición y la del tío Pucho –agrega– atraviesan nuestras vidas. Me duele que mi primo Andrés sólo haya vivido un mes con su papá y menos de un años con su mamá”.

Guadalupe, es psicóloga y docente universitaria, fue delegada de curso y luego secretaria general del Centro de Estudiantes del Superior. Además, en 2018 fue elegida delegada general docente de la Facultad de Psicología, y este año participó en el Frente Unidad Docente, elegido mayoritariamente. “A partir de 2003 empecé a sentir que empezaba a vivir. Lo que pasaba en el país era lo que reclamábamos desde hacía años. Necesitábamos juzgar a los responsables de los crímenes de la dictadura. Nunca imaginé que un presidente iba a pedir perdón por eso y que ordenaría bajar los cuadros de los presidentes ilegítimos. Nunca pensé que podría ser parte de un proyecto de país inclusivo, amoroso, solidario, tan cercano al que soñaban la tía Marisol y el tío Pucho”, sostiene con orgullo.

Por último, Aguirre recuerda que su papá le dijo que “la militancia era alegría, no tristeza” y concluyó: “La militancia era amor, inclusión, no neoliberalismo. Alegría es haber recuperado esta semana una nieta más, la 129”.

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