Cuando se ingresa a la Biblioteca Popular Cachilo se respiran colores. El violeta, el rojo o el verde que salen de los juegos, del teatro o de los talleres, pero sobre todo de los libros. No hace falta un certificado oficial con sello y firma para confirmar que la literatura infantil y juvenil allí reunida es la mejor de Rosario. Alcanza con estar y dejarse enredar con los relatos e ilustraciones que se descuelgan de la tapa de los libros. También conocer la historia de esta biblioteca, cómo trabaja. En la Cachilo, la del Lejano Oeste –como la ubican– es posible sentirse parte desde la misma puerta de entrada. Y allí está Claudia Martínez. Morocha, linda, contagiosa de optimismo. Siempre se ríe, quizás porque todo lo que tiene para compartir son infinitos horizontes donde hay todo por hacer.

Es sábado por la mañana y la Cachilo explota en talleres, en nenas y nenes del barrio que van a devolver un libro o a renovarlo una y otra vez, porque resultan ser de esos que se pueden leer repetidamente sin aburrirse jamás. En la planta baja están los espacios donde se invita a diseñar una “joya”, a fabricar personajes con materiales reciclados o a tocar un instrumento musical. Arriba, la sala para pedir los libros y unos pufs coloridos para desparramarse con una historia de aventuras entre las manos. Y hacia la esquina de Virasoro y Teniente Agneta –donde funciona la Cachilo–, subiendo unas escaleras, la radio Aire Libre. Entre todos esos espacios va y viene Claudia. A cada una, a cado uno, los conoce por su nombre, porque lo mejor que tiene esta biblioteca popular es haber nacido en el barrio, estar pensada para sus vecinas y vecinos y estar abierta, siempre abierta, para quien quiera habitarla.

Foto: Paula Peña
Foto: Paula Peña

Con esa mirada plural, siempre colectiva, se entiende el trabajo de Claudia en esta propuesta. Rara vez está quieta, menos sentada. Tiene voz de locutora (o de maestra de 7° grado). Una cualidad a la que le saca provecho a la hora de la narración oral. Y sobre todo porque narrar es una de las herramientas clave en las que se apoya el trabajo de la Cachilo para acercar a los libros. “La biblioteca es una ventana al mundo, porque la gente se acerca y encuentra un espacio de socialización más grande, donde no solo construye subjetividad sino también comunidad”, dice del lugar que eligió para quedarse. Y esto es literal: “Vivo en el barrio, a seis cuadras de la biblioteca, esta también fue una elección estratégica de vida. Cuando tuve que elegir dónde comprar mi casa, fue en el barrio en donde trabajo todos los días, a partir de este proyecto comunitario que ya lleva 30 años con la radio y 19 con la biblioteca”. Un dato que se replica en las demás compañeras y compañeros de tareas de la Cachilo, como en casi toda la gente que se va sumando. Claudia vive con su compañero de siempre, Víctor, y es mamá de Lautaro y de Candela, además de abuela de la pequeña Rubí, de un año y medio.

“¿Ustedes van a ensayar acá?”, pregunta Claudia a un grupo de adolescentes que se disponen a tocar la guitarra. Hay que moverse a otro lugar. En el trayecto siempre tiene algo para anunciar, para contar que hicieron o para recordar el difícil momento que pasan las bibliotecas. De hecho en la puerta de ingreso, hay un cartel que advierte: “No a los recortes en las bibliotecas populares”, para rechazar las políticas de ajuste del gobierno nacional que también arrasan con la cultura. También en la vereda, desde hace varios años, hay una réplica de La Planta de Bartolo, de ese cuento hermoso de Laura Devetach, que recuerda todo el tiempo que leer y escribir son derechos, no mercancías. (A propósito: en 2014 la famosa escritora se hizo un viajecito hasta la Cachilo para estar en persona en ese lugar del que tanto le hablaban).

Foto: Paula Peña

Al fin encontramos una mesa libre para la charla. Compartimos un budín de naranja, mientras Claudia repasa cómo se inició todo. Y todo es sus comienzos en 1989 en Aire Libre, la radio comunitaria de la zona oeste de Rosario: “Eramos un grupo de maestros que habíamos empezado a hacer una revista que se llamaba Voces de acá; un grupo de locos, de rebeldes, que nos habíamos conocido en la escuela y no estábamos conforme con lo que hacíamos. Llevamos Voces a la radio, que en ese momento funcionaba en el lavadero de la casa de Claudio De Luca”. Allí empezaron a conocer el proyecto de Aire Libre. Ese programa duró un año y pico, pero con esa experiencia crecieron las ganas de hacer nuevos proyectos. “Era una oportunidad –aprecia– para quienes veníamos de experiencias de militancia sindical, partidaria, de laburo institucional en escuela y queríamos otra cosa. Aire Libre era entender otra lógica de participación, donde todas las voces tenían el mismo peso”.

También fue una oportunidad para despegarse de un montón de prejuicios, con los que llegaban a ese lugar, y poder descubrir –por ejemplo – “la similitud que tenían con quienes venían de la teología de la liberación”. “Teníamos pensamientos en común –dice Claudia – que tenían que ver con el laburo en el barrio, en el territorio, en la comunidad. Había de todo: peronistas, radicales, trotskistas, hasta uno del Modín, a quien al final le tuvimos que decir «hasta acá llega nuestro amor». Todo era muy diverso pero había límites”.

Foto: Paula Peña

Para Claudia el trabajo con quienes venían de la iglesia fue revelador. “Aprendí mucho”, dice y enseguida lo nombra al Padre Joaquín Núñez. “Una siempre tiene el prejuicio de la Iglesia como el gran poder, pero Joaquín venía, nos hablaba y era más progresista que muchos de los que estábamos acá. Era como uno de esos padrinos mágicos, empujaba, nos daba el apoyo moral”. Así lo recuerda. Fue una época de descubrimientos, que la invitó a volver a leer las publicaciones del sandinismo, sobre el trabajo con el marxismo y el cristianismo.

Un día Joaquín se les apareció con una Misión Central Franciscana, y otra vez surgieron los preconceptos. “Ay no, de Europa y de la Iglesia!”, confía Claudia que se alarmaba en su interior. Resultó ser que esa Misión nunca había subvencionado un proyecto que fuera laico, y Joaquín los impulsó a darles la primera ayuda económica para levantar la antena de la radio, para que se escuchara 25 cuadras. “Para estos tipos era el primer proyecto laico de la historia de la Misión Franciscana que subvencionaban. ¿Viste cuando una dice que los bebés son puro aprendizaje? En esa época me sentí así. Escribía cartas que decían «paz y bien», y no porque estuviese convencida de las cuestiones de la iglesia, sino porque había entendido que estos tipos eran súper fraternales. Realmente querían ayudar”, disfruta el recuerdo.

Foto: Paula Peña

Echar raíces

De alguna manera estas experiencias la afianzaban en el camino de la educación popular que ya había elegido. “Estaba todo por hacer. Acá es donde pude echar mis raíces. Como el cuento ese de Carmela Bermúdez que andaba caminando por todos lados hasta que dijo «pero yo quiero echar raíces». Fue eso”, elige ilustrar lo que rememora con la historia de Graciela Montes, El problema de Candela.

Estaban convencidas y convencidos que lo que querían armar era una radio de la comunidad, y para eso había que formarse en educación y en comunicación popular. Admiraban por entonces a la Asociación Latinoamericana de Educación Radiofónica (Aler) que tenía sede en Ecuador. “Nos movimos para conseguir ese material. Lo consiguió el Poyo (Daniel Fossaroli)”, repasa del puntapié dado a principio de los 90. Paralelamente se contactan con otras radios comunitarias y organizaciones sociales con quienes aprendieron y comenzaron a reunir materiales de estudio y lectura. Se iba gestando el Foro Argentino de Radios Comunitarias (Farco).

Para ese entonces hicieron la primera techada del edificio donde hoy funcionan Aire Libre y la Cachilo. Todos donaron su tiempo y trabajo. “Fue un jornada memorable en diciembre de 1993”, define Claudia de esos días. También eran los 90, el menemismo golpeaba fuerte. Mientras les daban pelea a la crisis, iban sumando libros, y aparecía la pregunta sobre cómo los iban a hacer circular. “Ahí nos propusimos hacer una biblioteca de comunicación popular. Ese es el inicio de la Cachilo”.

Raúl Frutos, el maestro

Claudia recuerda que un día llega Mari Pintus, compañera del proyecto, y le dice: “Che, Negra, sabés que estuve recorriendo el barrio y no hay bibliotecas”. Apenas compartieron la idea de levantar una con todo el grupo, el Poyo fue quien sugirió el nombre de Cachilo (por el poeta que escribía en las paredes de la ciudad). “Porque la verdad es que nosotros somos Cachilos, que salimos de la nada, que hacíamos rifa por el barrio llevando el televisor que sorteábamos en bicicleta o fiestas de cumbia en la calle para reunir fondos”, se alegra haciendo memoria. “Cosas –continúa– que hoy las veo como epopeyas. Signos que nos permitieron tener una confianza infinita en la comunidad. Esto del «Sí, se puede» es nuestro. No es de ellos. Y lo demostramos con creces”.

Con Mari (María Isabel Pintus) empiezan a registrar los libros que reunían, muchos de donaciones, viejos, esos escolares que ya no servían y que quienes los regalaban lo hacían sobre todo para sacárselos de encima. Crean un inventario propio, con recursos tan desopilantes como agrupar bajo la letra “P” los libros de poesía o bajo la “H”, los de historia. Hasta que concluyeron que con la voluntad no alcanzaba.

Foto: Paula Peña
Foto: Paula Peña

Y es entonces cuando a Claudia se le ocurre consultar a Raúl Frutos, a quien no conocía personalmente, pero tenía toda su admiración por el trabajo desplegado al frente de La Vigil. “Fue mi maestro en todo sentido”, admite de lo que aprendió con él. Se lamenta que luego de salir de la cárcel la ciudad no le diera el lugar que le correspondía, que el Estado nunca lo haya convocado.

“Los voy a ayudar”, respondió enseguida Frutos al pedido de la incipiente Cachilo. “Raúl se tomaba todas las mañanas el 122 y se venía a la biblioteca. Una militancia de vida. Un día –era el 99– nos pide un pizarrón y que nos sentemos. Ahí nomás se nos puso a dar clases. Venía también la gente del barrio, se sentaba y aprendía. Todos los días nos enseñaba”, reconoce Claudia el gesto de quien nombra como su maestro. Dice que insistía con esta idea: “Ustedes tienen que estudiar. Las bibliotecas se dirigen con políticas. Con la técnica los ayudo, pero la decisión política de a dónde apunta la biblioteca es de ustedes, del equipo”.

Un día Frutos llegó muy triste a la Cachilo. “Mirá Negra, lo lamento tanto, pero no voy a poder venir más. Me llamaron para trabajar en la UCA (Universidad Católica Argentina) y es un sueldo”, le dijo. Pero el lazo no se cortó. Fue Claudia la que de ahí en más se iba hasta su nuevo lugar de trabajo a consultarlo. Raúl Frutos falleció en noviembre del año pasado. “El tenía esa idea de la biblioteca Vigil en la que una se quiere mirar toda la vida. Su aporte fue decisivo para que salieran los talleres, y el arte se incorporara a la promoción de la lectura”, valora.

El motor de la incomodidad

Claudia habla de la incomodidad como el empuje necesario para subir un escalón más, para no conformarse con lo logrado. Esa es de algún modo la guía que explica cómo fueron gestando proyectos tras proyectos. “Nos dimos cuenta que la gente venía a buscar información y que las escuelas mandaban a los niños a hacer trabajos. No nos queríamos quedar haciendo un servicio. Eso nos incomodó. Nos preguntábamos si eso aportaba algo a cambios culturales. En esa búsqueda es que decimos estudiar, Jakie (Jaqueline Milan) bibliotecología y yo promoción de lectura. Me fui a hacer un postítulo a Santa Fe, otro a Córdoba en literatura infantil; porque los primeros que llegaban aquí eran los niños y las familias acompañaban”.

Foto: Paula Peña

La Cachilo siempre estuvo a la vanguardia en la ciudad, también en la provincia. Ya para 2003 habían armado un equipo de narración oral. “Esa fue la gran entrada de la biblioteca en territorio. Fue una buena época de capacitación. En ese momento, Emilio Lensky daba clases de teatro, le pedí formar narradores orales. Y formamos a un montón de vecinos, que luego se transformó en un equipo. Teníamos en claro que la narración oral era el puente de llegada al libro. Y empezamos a contar en la calle, en la plaza… Nunca perdimos el contacto con el libro”, se siente orgullosa de ese camino recorrido que además generó proyectos como La Cachilo te Cuenta.

En la charla Claudia menciona un montón de nombres de quienes pisaron fuerte en la historia de la Cachilo, o han dado una mano importante para crecer como proyecto comunitario, para reunir en la actualidad 23 mil libros inventariados en la sala. “Los demás libros están en instituciones, en los bolsilleros, en los carros y en la bebeteca”, enumera. El aval de Conabip (Comisión Nacional de Bibliotecas Populares) ayudó a crecer también.

La Cachilo tiene una fuerte disponibilidad de material en comunicación y educación popular, en educación general, en promoción de lectura, narración oral y en literatura infantil y juvenil. Es una biblioteca única, que sobresale por la cantidad y calidad de libros infantiles

Planeta Claudia

¿Con cuál de todos estos libros que están en la Cachilo te quedás? ¿Cuál pensás que no puede dejar de leer una piba o un pibe? “El Planeta Lila, de Ziraldo. Me apasiona. Que el mundo, las palabras, las ideas están adentro del libro; que el mundo está en las palabras. Ese libro me encanta”, dice sin pensar ni un segundo la respuesta. Luego suma Niña Bonita, de Ana María Machado. “Me corre por la sangre ese libro”, asegura. Y Sofía, de Ruth Kaufman, “Otro, que no es libro sino texto, que me corre por las venas”, dice de la historia de la nena que le lleva dibujos al papá que está en la cárcel.

Claudia también tiene sus ilustradoras e ilustradores preferidos: Benjamin Lacombe, Antonhy Browne y Paloma Valdivia, “cuyos libros tienen una ternura tan suprema, tan llena de alma”, dice de la ilustradora chilena.

Pero lo mejor para Claudia es verles las caras a las pibas y a los pibes cuando les leen o leen. Más si es en la vereda, en la calle. También pedirle al vecino, a la vecina que guarde los cuentos que circulan por la cuadra. “Siempre sentí que era necesario el tejido, que los vecinos fueran parte de la infancia y la biblioteca”.

Foto: Paula Peña

Todo ese trabajo tan cuidado ha sido merecedor de importantes y muchos reconocimientos; el último, el Premio Pregonero 2019. De todos, Claudia elige el Premio Graciela Cabal (2009) que entrega la Conabip a los proyectos de promoción de la lectura. También que en 2014 la Biblioteca Nacional de Francia los convocara como especialistas para elegir los 10 libros álbum que representaban al país.

Ninguno de esos logros fue nunca suficiente para que el Estado, el sistema educativo, se acercara al menos a conocer de cerca lo que hacen, cómo piensan esa experiencia tan rica en promoción de lectura. Más bien la Cachilo debe renegar con cada papel que les piden para “certificar” que existen y así conseguir una ayuda económica.

Foto: Paula Peña

Claudia también es maestra, desde 1985, ya a punto de jubilarse. “Mi gran experiencia fue trabajar en la villa. Así como afirmo que Raúl Frutos fue mi maestro en la biblioteca, digo que la 1188 lo fue como maestra. Aprendí allí a ser Maestro Pueblo”, dice de su querida escuela primaria Juan B. Bustos de Empalme Graneros, donde se inició como docente.

El budín de naranja se va terminando. Y la charla vuelve a esa idea potente de la biblioteca como ventana que se abre al mundo. Claudia suma la de la lectura como “la actividad social más importante que hay, porque no solo construye a partir de un viaje personal sino que nos devuelve transformados y como parte de un mundo más grande”. Defiende esta práctica, junto al arte y la biblioteca como “formas de acceder a la ciudadanía y a nuestros derechos”. “La lectura también es espejo, donde nos reflejamos con lo que leemos, y además es un mundo por descubrir”, se entusiasma. El encuentro con los mejores libros, en un espacio diseñado colectivamente, con alma de comunidad como es la Cachilo, se abre también para pensarse críticamente, transformarse y para crecer como personas. Todo eso dice Claudia. Puro corazón de palabras.

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