El espectro de Hernán Cortés, junto a los poderes fácticos de hoy (las corporaciones y los medios hegemónicos, entre otros), el ejército, la policía, y EEUU consumaron el golpe para imponer la restauración conservadora y apropiarse del litio y el gas. Crece la resistencia popular. La represión es brutal.

El 12 de octubre de 2014 (una fecha que coincide con una efeméride que cobra ominosas significaciones por estos días), Evo Morales ganó las elecciones presidenciales con el 63,36 por ciento de los votos. Por casi cuarenta puntos derrotó al empresario Samuel Doria Medina, que obtuvo el 24,23 por ciento. La voluntad popular le dio derecho a ser presidente de Bolivia hasta el 22 de enero de 2020. 

El golpe de Estado, y la posterior instauración de la dictadura militar que hoy oprime al pueblo boliviano, se ven de otra manera si se los desvinculan de las últimas elecciones del 20 de octubre, cuyo resultado fue rechazado por la oposición antes de conocerse. La fórmula es conocida: “Si gana Evo es fraude”.

La represión al pueblo que resiste, es brutal. Propia de una dictadura militar. Y la caza de dirigentes del Movimiento al Socialismo (MAS) y otras organizaciones afines a Evo, crece en intensidad y violencia. 

Evo no podía volver a ganar. Esa era la decisión de los golpistas. Había que terminar con esa anomalía, había que poner fin a la insoportable osadía de unos indios que pretendieron gobernarse a sí mismos, y encima sin entregar las riquezas de su tierra a las potencias imperialistas y colonialistas. Evo perdió las elecciones antes de que la gente fuera a votar. No podía ser reelegido, no otra vez. No se lo iban a permitir los centros de poder que vienen clamando por la restauración conservadora en ese bastión rebelde. 

El proceso de liberación que encabezó el dirigente interrumpió un saqueo de más de 500 años. Lo que comenzaron Francisco de Pizarro y Hernán Cortés debía recomenzar, a cualquier costo. 

La Organización de Estados Americanos (OEA) se sumó a la impugnación a priori de las elecciones. Antes de comenzado el conteo de votos, los enviados de la OEA hablaban de la necesidad de una segunda vuelta. Y finalmente este organismo, enemigo declarado de los procesos de integración e independencia en la región, completó la estratagema con un informe en que no se habla de fraude ni se presentan pruebas sobre irregularidades graves. Fue utilizado como excusa para iniciar la fase final de un golpe que comenzó a gestarse hace años.

Resulta muy difícil sostener un proceso revolucionario sin un ejército popular. Primero fue la policía, que se amotinó y desconoció la autoridad del presidente. Los militares dieron la puntada final, y le sugirieron al mandatario que renunciara. En realidad, detrás de esa cínica declaración, el trabajo ya estaba hecho. Las fuerzas de seguridad permitieron que bandas organizadas saquearan y quemaran edificios públicos, sedes de movimientos sociales y sindicatos. Permitieron y promovieron la humillación de los originarios, los campesinos y los que apoyan a Evo. Liberaron la zona para que actuaran sicarios que cumplían un plan, y que nada tienen que ver con los sectores de la población, minoritarios, que se manifestaron contra Evo.

Cuando el jefe de las Fuerzas Armadas de Bolivia, Williams Kaliman, sugiere al mandatario que renuncie, en realidad estaba realizando una siniestra puesta en escena, una farsa más dentro de la serie de mentiras y simulaciones que incluyó el plan golpista. Evo, su familia, y la de todos los dirigentes de su partido, ya estaban amenazados de muerte. Se secuestraron familias enteras para forzar la dimisión de dirigentes y funcionarios elegidos por la voluntad popular. La cabeza de Evo tenía precio (50 mil dólares). Las persecución brutal de toda persona relacionable con su gestión crece día a día.

En este punto, y más allá de que cada hecho político es único e irrepetible por estar vinculado a un contexto particular, el golpe se parece mucho a los más tradicionales de la historia de la región.

De hecho, en los últimos diez años, se consumaron cuatro golpes de Estado: Honduras en 2009; Paraguay en 2012; Brasil en 2016, y Bolivia en 2019. Además, hubo un intento frustrado contra Evo en 2008. Y en 2010, la policía de Ecuador trató de derrocar a Rafael Correa. Y hace veinte años que no cesa el acoso a Venezuela, que incluyó varios intentos de golpe.

La marca de la Bestia

Muchas de las tácticas y las formas de violencia (simbólica y física) utilizadas contra la democracia de Bolivia resultan muy similares al accionar de la derecha golpista y el Imperio en Venezuela. La diferencia es que Nicolás Maduro cuenta con el apoyo de las Fuerzas Armadas y las milicias populares, y un poder de movilización abrumador. Maduro, gana en las calles, gana en las urnas y tiene la capacidad de frenar los actos de sedición violenta y terrorismo golpista.

Pero más allá de las similitudes y diferencias, se advierte un mismo plan detrás. El lingüista y militante estadounidense Noam Chomsky confirmó la existencia de un plan urdido por EEUU para derrocar a Evo antes de que el golpe se consumara. “El golpe promovido por la oligarquía boliviana cuenta con el total apoyo del gobierno de EEUU, que desde hace mucho tiempo está ansioso por expulsar a Evo Morales y su movimiento del Poder”, aseguró.

A través de un comunicado emitido el sábado 2 de noviembre, más de una semana antes de consumado el golpe, Chomsky ofreció detalles muy precisos del plan de EEUU: “El centro de operaciones de la Embajada de EEUU en La Paz ha dejado entrever dos planes para el país sudamericano, el plan A es el golpe de Estado y el plan B el asesinato de Morales”, escribió Chomsky.

EEUU les declaró la guerra a todos los procesos de liberación y desarrollo independiente en la región. Se dijo sin eufemismos: vuelve a imponerse la doctrina Monroe (“América para los estadounidenses”). Es decir: la región volverá a ser el patio trasero del Imperio. 

En marzo de 2019, el por entonces  asesor de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, John Bolton, señaló “no tenemos miedo de usar la expresión Doctrina Monroe”. La amenaza ya había sido lanzada antes, por el propio Trump,  en su discurso ante las Naciones Unidas de septiembre de 2018.

Hace mucho que EEUU querían derrocar a Evo. Pero fue su postulación para un cuarto mandato lo que decidió al Imperio a darle un ultimátum. En julio de 2018, el gobierno de EEUU hizo saber que no estaba de acuerdo con una nueva postulación del mandatario. Y por esos días, la diputada cubana-estadounidense del Partido Republicano, Ileana Ros-Lehtimen, solicitó al Congreso de su país “unir esfuerzos” para evitar que Evo se postule. El resultado de esa “unión de esfuerzos” se consumó. 

La farsa final del golpe se dio con la ilegítima autoproclamación como presidenta, fuera de la Constitución y sin quórum, de la senadora de derecha Jeanine Añez. Horas antes, Luis Fernando Camacho, líder del Comité Cívico pro Santa Cruz y principal estratega de la estrategia insurreccional callejera, había desplegado su propia actuación esperpéntica cuando ingresó al Palacio Quemado (antigua sede de gobierno) y depositó en el suelo una bandera de Bolivia y una biblia. Camacho actúa como una suerte de neo-conquistador castellano y restaurador de la fe católica por sobre los símbolos y las culturas ancestrales.  Había prometido “devolver a Dios al Palacio Quemado”. De rodillas, dijo: “Pachamama nunca volverá al palacio. Bolivia le pertenece a Cristo”.

En verdad, detrás de su careta de Hernán Cortés se esconde un empresario del gas que quiere recuperar sus negocios: Evo cometió el sacrilegio de nacionalizar el gas.  

Otra de las cabezas visibles de la desestabilización fue el candidato derrotado, Carlos Mesa, quien fuera vicepresidente de Gonzalo Sánchez de Losada (que huyó dejando un tendal de muertos en 2003) y luego asumió la primera magistratura aplicando las típicas recetas neoliberales que ahora los poderes fácticos intentan restaurar a través del golpe.

La derecha regional está envalentonada, cebada. EEUU logró cargarse al mejor presidente de la historia de Bolivia, el que produjo un cambio histórico y le devolvió a su pueblo la dignidad.

“Sí se pudo”, dijo Añez al finalizar su discurso. El viejo anhelo de los poderes fácticos y el Imperio se hizo realidad. La “unión de esfuerzos” que pedía Ileana Ros-Lehtimen dio sus frutos. Frutos hediondos, rebosantes de sangre, racismo, odio, mentiras e injusticia.

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