El hombre poseído y adormilado parece marchar, de tal forma, cruzando el río ancho, que no es un mundo vacuo porque se halla profusamente poblado. De colores en primer término -los matices que tiñen sus aguas son variados y mutan, yendo del marrón terroso al azul o al verde opaco que irrumpen ante sus ojos, de forma súbita y arbitraria, cada vez que practica una remada-, pero también de cosas, de objetos, como las lanchas que surcan la superficie del río a distintas velocidades, los barcos, que se desplazan lentamente aguas arriba en la mayoría de los casos, y de seres vivientes, ya sean los pájaros que pasan, lentos, sobrevolando su marcha, los peces, que por momentos se vislumbran debajo del bote, y las personas que ocupan las lanchas y los barcos, o se divisan, ahora, en la orilla de la isla.

Pero él parece estar solo en medio de ese universo acuático, o en todo caso, y para ser más exactos, sentirse solo. Nada de lo que acontece en su derredor -la travesía de barcos y lanchas, los pájaros que sobrevuelan el bote, los peces que se deslizan debajo de la superficie del río a una profundidad tal que permite que por momentos se vean- logra sustraerlo del ensimismamiento con que, con monotonía, rema.

¿Pero habrá algo, en definitiva, que ocupe sus pensamientos, cuando repite, insistente, el movimiento de las remadas?…Tal vez, quizás, pero aún no estamos en condiciones de poder saberlo.

Finalmente, llega a la isla, después de haber cruzado el río de un modo isócrono, sin percibir lo que acontece en torno suyo. Parecería que su única preocupación fuese, como si se tratase de un desvelo ontológico, llegar hasta ese lugar para desembarcar, con presteza, después de encallar el bote en la arena que rodea a la isla, internándose en ella.

¿Con qué fin?… Acaso para conocerla, para descubrir alguna dimensión extraña del cosmos, que allí, donde el río concluye, podría emerger ante su vista expectante y aguda.

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