Tanto me duele su partida, que busco un nombre grato para evocarlo. Y digo: “El hombre de la sonrisa”.

Eso, que podría ser el título de una nota, de una crónica o de un cuento, es también un modo de definir a Horacio.

En primer lugar, porque es cierto. Y en segundo lugar, por lo que esa sempiterna sonrisa representaba: una actitud hacia el otro, una forma de mirar el mundo, una respuesta hacia los infinitos y milenarios textos que había leído, acaso con el propósito recóndito de develar el sentido de todo.

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Horacio representaba también un paradigma para muchos de nosotros. Porque se entregó con pasión desde siempre a la vida intelectual, a la obra del pensamiento y la escritura, pero sin encerrarse en los límites estrechos de una torre de cristal.

Si fue un intelectual, no fue un intelectual a secas. Fue, para decirlo con Sartre, un intelectual comprometido, o para decirlo con Gramsci, un intelectual orgánico.

Que en ambos casos significa un intelectual que se realiza en su ser con los otros, en su ser en los otros.

O en otros términos: un intelectual que se realiza colectivamente, porque sabe que no es posible una realización personal, individual, por fuera de la cultura, la sociedad y la historia.

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Tanto lo supo Horacio que, desde joven, desde que accedió como muchos de nosotros a la universidad pública, asumió esa premisa. Y la asumió con tanta certeza, con tanta convicción, que en vez de asumirla como una idea abstracta la hizo suya de manera concreta: comprendió que ser un intelectual significaba serlo en un lugar y un momento determinado. Por eso se hizo peronista.

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Claro está que ser peronista nunca significó para Horacio la asunción de un rótulo, una etiqueta o un blasón. Descreía de esas cosas porque sabía que el trabajo de la escritura y del pensamiento siempre transitan por sustancias mutantes, eventos aleatorios, circunstancias evanescentes.

No concebía al peronismo como una esencia sino como un movimiento no sólo político sino también cultural y social. Y no lo veneraba ni menos aún lo endiosaba. Pero reconocía en él las fuerzas recurrentes con que los postergados, los sumergidos, los ignorados, pugnaban por hacerse presentes en las arenas adversas de la lucha política.

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Horacio pensaba, escribía y enseñaba empeñado en develar las claves encriptadas de nuestra condición nacional.

Por eso se formó en la escuela de la gran ensayística argentina, que para él abarcaba desde Sarmiento a Cooke, desde Martínez Estrada a Scalabrini Ortiz, Abelardo Ramos o Nicolás Casullo.

Como también se formó en la escuela de la mejor literatura argentina, leyendo fervorosamente a Borges, a Arlt, a Macedonio Fernández, a Ricardo Piglia o a Juan L. Ortiz.

Escribió sobre todos ellos, y sobre tantísimos más. Y escribió sobre Perón un libro memorable, acaso el mejor que se haya escrito sobre el fundador del peronismo.

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Horacio vivió como pensó y pensó como vivió. En la Argentina, como en cualquier parte, no es fácil transitar el mundo con esa coherencia. Por eso fue exiliado, por eso fue activista, por eso fue funcionario. Los distintos momentos del devenir nacional lo encontraban siempre del mismo lado, por más que su lugar variase constantemente. No era, precisamente, un hombre que esquivara las consecuencias o el precio de sus posiciones políticas y éticas.

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Digamos, por último, que Horacio fue un poco rosarino. Desde que regresó del exilio frecuentó Rosario, donde enseñó en la universidad, donde encontró a Liliana, donde hizo innumerables amigos.

Era, en ese sentido, un hombre agradecido. Era alguien que apreciaba el afecto y la amistad que él mismo generaba.

Prueba de ello es el final del que acaso sea su mejor libro, Restos pampeanos. Allí enumera una larga lista de nombres propios donde puede reconocerse “el brío filosófico, literario y actoral del simple vivir”. En esa extensa lista aparecen nombres conocidos de profesores, escritores y críticos rosarinos, lo cual puede resultar previsible. Pero también aparecen mencionados “los mozos del bar Blanco y Los Amigos” de esta ciudad, lo cual, además de imprevisible, es una prueba de lo presente que estaba Rosario en su alma.

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