En 2021, Patricio Raffo y Marcelo Cutró publicaron La edad del mar, un poemario firmado por ambos. Por tratarse de una experiencia creativa poco común, entrevistamos a los autores, que también respondieron a dúo.

A mediados del año pasado, CR ediciones dio a luz el libro La Edad del Mar, de Patricio Raffo y Marcelo Cutró. Siendo una editorial orientada fundamentalmente hacia el campo de la poesía, la noticia no debía llamar demasiado la atención.

Pero hay un dato referido al libro que vuelve un evento singular a su aparición: se trata de un texto realizado en co-autoría.

Ciertamente que la co-autoría no es un hecho inédito en la historia de nuestra literatura. Desde el dúo conformado por Borges y Bioy Casares, que publicaban sus obras comunes bajo el seudónimo de Bustos Domecq, hasta El turno del escriba, novela escrita por Graciela Montes y Ema Wolf, bajo el seudónimo de Mark Twin, es una experiencia recurrente.

En este caso, sin embargo, el libro no aparece amparado por un seudónimo que desdibuje cada identidad autoral. Por el contrario, ya en la tapa aparecen los nombres reales de los autores.

Pero donde se pierde toda marca de identidad personal es en el propio texto, compuesto por una serie de enunciados que no se sostienen en metros sino en una suerte de prosa poética, de no muy amplia extensión. Pueden ocupar media página a lo sumo, y a lo menos una o dos líneas de texto.

Esos enunciados están dotados de un inmenso lirismo, que gira en torno a cuestiones eternas como el amor, la memoria, el paso del tiempo, la infancia, teniendo como fondo la presencia eterna del mar.

Y están escritos por algo que se lee como una sola voz. Tanto, que muchas veces se enuncian en primera persona del singular, lo que refuerza la impresión de que el autor es una persona y no dos.

Intrigados por conocer cómo fue el proceso de gestación de esa escritura que parece generada por un poeta y no un dúo poético, consultamos con las fuentes, como un modo de difundir una experiencia particular, que desmiente el mito romántico de la unicidad irreductible del creador.

—¿Cómo fue ese trabajo de co-autoría?

—En principio fue una tarea amparada por el afecto mutuo y por el respeto literario que ambos nos profesamos. Además, es de hacer notar que el trabajo de co-autoría supone una humildad al momento del intercambio literario. Luego, yendo concretamente a la labor específica de escritura, digamos que construimos un puente imaginario por el que transitamos, a través de la palabra, en el ir y venir de una historia.

—¿Cómo se llega al pulimento del texto hasta que parezca escrito por uno y no dos?

—Justamente, como mencionamos en la respuesta precedente, fue una tarea en comunión, de tal modo que el desarrollo de los textos y su pulido se dio, en tiempo y forma, de manera conjunta. Podría decirse que, en realidad, quienes escribieron este libro no fueron dos personas sino solo una, al igual que ocurre en las presentes respuestas al cuestionario planteado.

—En esa práctica, ¿se modifica en algo el campo de la identidad personal?

—Totalmente. Es en esa instancia en que se ve reflejada la humildad antes referida. Cada uno de nosotros podría decir que “olvidó” su estilo y su tono para subordinarlo al estilo y el tono conjunto.

—Y, por último, ¿lo volverían a hacer?

—Absolutamente. El ejercicio conjunto de la literatura brinda posibilidades insospechadas, dado que no es posible afianzar un futuro literario de la historia ya que, la misma, está en continuo dinamismo y se vuelve tan incierta como inasible, poniéndonos a prueba de modo permanente. Esta situación nos invita a ir en búsqueda del nudo creativo de un modo imposible de rechazar.

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