Con motivo de cumplirse 50 años de la Masacre de Trelew, viajamos hacia allí en un micro completo de ex presos políticos, familiares y compañeros de diversos colectivos sociales y políticos. No fuimos los únicos de nuestra provincia, otros fueron en forma individual. Y muchos más desde otros puntos de nuestro país. El objetivo fue participar de los homenajes que se hacían a los compañeros fusilados en la base Almirante Zar, el 22 de agosto de 1972. 

Viajamos con emoción y muchas expectativas respecto de lo que viviríamos. La realidad nos sobrepasó. No sólo estábamos presentes aquellos que llegamos desde otros lugares. Muchos habitantes de Trelew, Rawson y toda la zona participaron activamente de las actividades. Su memoria histórica, relacionada con la solidaridad hacia los presos políticos de aquella época, hizo que este homenaje los involucrara de manera profunda.  

Presentaciones de libros, obras de teatro, conversatorios, se sucedieron con enorme concurrencia de gente que desbordó las previsiones más optimistas en cuanto a la repercusión que tendrían esas actividades. 

En lo personal, resultó mucho más movilizador de lo que preveía. Reencontrarme con compañeros que hacía 40 años que no veía, reingresar a la cárcel de Rawson, esta vez sin esposas, ni capucha y con “salvoconducto” de salida, estar parado ante la pared del aeropuerto donde los compañeros que se fugaron de la cárcel se habían entregado y ver una señalización con la foto de aquel momento y sus nombres. 

Y no fue sólo eso. Fue ver ese viejo aeropuerto convertido en Centro Cultural por la Memoria, fue ver la señalización del penal de Rawson y de la base aeronaval de Trelew como lugares donde se perpetraron delitos de lesa humanidad.

Como dijo un compañero: “Estoy conmocionado, esto remueve mi memoria en lo más profundo, yo empecé a militar en ese momento, con el fusilamiento de los compañeros”. Al mismo tiempo que yo recordaba ese día, con 21 años, la noticia que me estremecía, ir hasta el local del PJ donde velaban a los compañeros (vivía en el Gran Buenos Aires en ese momento), la represión, los gases, las corridas, las detenciones.  

Rescato, además, dos recuerdos entrañables. El emotivo relato de los familiares que participaron como querellantes del juicio que se le hizo recientemente en Estados Unidos al ex teniente Roberto Bravo, uno de los fusiladores, en el que lograron que fuera declarado culpable con la obligación de indemnizar a los familiares. Y el acto central, en el viejo aeropuerto/Centro Cultural de la Memoria donde la hija de Alberto Camps, de Mariano Pujadas, de otros familiares y la voz entrañable de Taty Almeida hicieron retumbar en mi cabeza aquella consigna de “¡No nos han vencido!”.

Porque esa Masacre que se convirtió en siembra de nuevos militantes, fue también un ensayo de lo que pocos años más tarde se convertiría en terrorismo de Estado. Una planificación que intentó exterminar para siempre la rebelión que busca, incansablemente, una Patria mejor. Porque los 19 compañeros fusilados luchaban por ese objetivo, encarnado en la Patria Socialista, en una Patria Justa Libre y Soberana, en una Patria que permita que todos los argentinos vivamos con dignidad. Y ofrecieron lo mejor que tenían, lo más preciado: sus vidas. Poniendo el cuerpo y el alma en respaldo de sus ideas.  

No olvidamos, no perdonamos, no nos reconciliamos.

*Colectivo Nacional de Ex Presas, Ex Presos Políticos y Familiares – Rosario.

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