Yo no sé, no. Manuel y Pepe venían llegando a la escuela Anastasio Escudero, del otro lado del barrio. Venían desde Fragata Sarmiento y, cuando llegaron a la puerta, notaron que unas cinco luciérnagas estaban revoloteando, como queriendo entrar por el mejor lugar. Hacían vuelos rasantes cerca del piso, como iluminando. Ahí se dieron cuenta de que estaban alumbrando a otros bichos que andaban por ahí: un par de caracoles, dos o tres cascarudos, dos ciempiés y dos avispas y dos abejas que se miraban con recelo, pero igual seguían en la fila, guiadas por la luz de las luciérnagas.

Tres bichos bolita caminaban, se hacían bolita, parecía que jugaban entre ellos y seguían en la fila. Cruzaron el patio de la escuela y se fueron hasta un pequeño salón donde siempre se guardaban los útiles: los grandes punteros, los grandes mapas, los compases, las escuadras grandes y las reglas enormes. También aparecieron tres aguaciles dando vueltas y se metieron en ese salón.

Una de las luciérnagas, según Manuel, tomó la palabra y empezó a explicar cómo generaba luz y por qué eso era beneficioso para la comunidad, sobre todo en una clase nocturna como la que ellos pretendían dar. Los bichos bolita tomaron coraje y explicaron cómo disuelven minerales, cómo se adaptan a la humedad y por qué se hacen bolita cuando es necesario. Los caracoles hablaron de cómo construyen su propia casa sin grandes esfuerzos, producto de la naturaleza. Los aguaciles explicaron el olfato que tienen para la lluvia. No es verso. Cuando aparecen en cantidad es porque va a llover.

A esa altura Manuel y Pepe dudaban si no estaban alucinando. Media hora antes habían pasado por una lagunita, habían comido unos huevitos de gallo y pensaban: “A ver si con los huevitos nos comimos algún hongo que nos está haciendo alucinar y estamos viendo animalitos que nunca hablaron”. Pero era cierto.

En la puerta de ese pequeño salón estaban un corbatita y un jilguero. No se animaban a entrar. El jilguero tenía unas ganas bárbaras de cantar, pero se quedó en el molde. De pronto hubo un gran apagón en todo el barrio. Un corte de luz, vaya a saber por qué, capaz por el calor. Y sólo quedó iluminada esa aula donde funcionaba la clase nocturna, donde cada uno exponía lo que sabía y escuchaba a los demás.

Apareció un hornero y explicó toda su sapiencia en la construcción. Mientras afuera estaba todo apagado, adentro solamente se veía la luz de las luciérnagas y el entusiasmo de ese turno noche.

Manuel y Pepe lo comentaron, aunque pocos les creyeron. Igual alguno decía: “Si existe de verdad, yo me anoto en un turno noche donde haya tanta capacidad y tanta luz ante tanta oscuridad por momentos”.

Lo dijo mientras miraba cómo volvía de a poquito la luz de la calle. Y en un momento se escuchó: “¡Aguante el turno noche!”, gritó la pequeña Susi, mientras veía revolotear un aguacil que anunciaba que iban a caer unas pequeñas gotas.

Publicado en el semanario El Eslabón del 9/5/26

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