Nicolino Locche, que nació y murió a principios de septiembre, fue dueño de un estilo único en un deporte tan duro, en el que no necesitó golpear. En Rosario, que tuvo a los primeros “Intocables”, peleó dos veces: antes y después de ser campeón mundial.

El cuadrilátero en la capital japonesa espera por el defensor del título en la categoría peso superligero, Takeshi Fuji, y a su retador Nicolino Locche. Como faltan pocos minutos para el combate, el reconocido promotor Tito Lectoure y el entrenador Paco Bermúdez van en busca del mendocino, y lo encuentran ¡durmiendo! Hay a quienes les cuesta conciliar el sueño en la víspera de una jornada importante. Nicolino Felipe Locche roncaba sin más, tendido en la camilla de masajes, a cinco minutos de la pelea de aquel 12 de diciembre de 1968 que lo catapultó a la gloria.

Dueño de un estilo único, llevado a la perfección gracias a buenos reflejos, pasos chaplinescos y mejores movimientos de cintura –que le valieron el mote de Intocable– Locche tuvo en septiembre un mes de vida y muerte, literalmente. Nació un 2 (de 1939) y falleció un 7 (de 2005). “Su madre, más que romper bolsa, rompió el molde”, escribió el periodista y escritor Rodolfo Braceli. Es que en el deporte de los puños y los golpes, Locche ganó sus contiendas sin hacer uso de esas facultades, la materia prima del boxeo. Por su complicidad con el público (era capaz de regalar una sonrisa pícara o guiñar un ojo mientras su rival intentaba conectar alguno de los tantos golpes al vacío), cambió silbidos por aplausos en el Luna Park, donde se acudía a ver menos una pelea que una obra de arte. El escritor Abelardo Castillo calificó esa relación como un “fenómeno estético” que “pertenece a un orden que lo acerca a los grandes actores divos”.

Foto inédita de Locche en Rosario, en 1970: el campeón acompañado por la juventud, en el estadio Milia, donde peleó con Marín Juárez. En el extremo derecho está Enrique Fernández, campeón amateur de boxeo | Gentileza Ever Palermo.

Rosario, que antes de él tuvo a sus Intocables, lo vio dos veces: en las victorias ante Deolidio Sosa, en 1964, y ante Martín Juárez, en 1970, ya con la corona puesta.

Quienes más lo conocieron dicen que era vago y que por eso no se molestaba en pegar. Que incluso, sin creer en las cábalas, se inventó una (antes de las peleas no corría) para evitar algunos duros ejercicios físicos. Y que fumaba más de lo que entrenaba. El pucho doblegó su salud como no pudieron doblegarlo arriba del ring. Murió a los 66 años.

Manos abajo

Con la forma de pelear a cara descubierta y con las gambetas del cuerpo a puñetazos adversarios no sólo se maravillaron periodistas deportivos y público en general, sino también escritores e intelectuales. “Nicolino fue considerado artista por los artistas. Aquello del arte de Nicolino ¿quién lo impuso, la prensa de boxeo? No, los propios artistas. Nunca vi tanta simpleza en los artistas en otorgar el carnet de tal a Nicolino Locche”, reconoció el experto en boxeo, Oslvado Príncipi, en el programa de radio Tangolibro boxing club. Y su colega Ernesto Cherquis Bialo, en Deportv, abona a esa teoría al remarcar que lo que hacía Locche en el cuadrilátero, entre tantas otras virtudes, “era el arte hecho boxeo”.

Quien lo pintó de cuerpo y alma fue el artista hispanoargentino Enrique Sobisch. Presentó en 1975, en Mendoza, una exposición de óleos y dibujos, que Locche agradeció personalmente. El pintor también escribió el guión de la película Nicolino «Intocable» Locche, dirigida por Rodolfo Braceli, quien en su libro Caras, caritas y caretas, reveló que un perro se tragó esos papeles. Lejos de enojarse con el picho, reconoció: “Filmarlo a Nicolino, un transgresor absoluto, con un guión armado, era una especie de herejía”.

El escritor que más lo admiró fue Abelardo Castillo, que viene de padre boxeador y que escribió Negro Ortega, cuento de y con boxeo. Vio a Locche defender el título –con éxito– ante el español Barrera Corpas en el Luna, en 1971, y tradujo sus emociones en la nota Locche, o la exculpación del box publicada en la revista que dirigía Braceli: “Peleó trece rounds con una sola mano, con su peor mano, obligado a usar sólo esa mano, la usó mejor que nunca y, ante la imposibilidad de palanquear o cubrirse con los dos brazos, basó toda su defensa en los reflejos, en los quites, en la cintura. Que son formas pugilísticas de nombrar la inteligencia”.

El cuentista, novelista y ensayista de San Pedro también comprobó los reflejos del Intocable en una cena que compartieron. En su afán de corroborar que esa espontaneidad para el esquive era natural en Locche, su entrenador Paco Bermúdez le arrojó un tenedor. “Sin levantar la vista, lo agarró en el aire y preguntó: ¿Eh, loco, qué pasa?”, cuenta Castillo en una entrevista que le concedió al periodista Lucas Bertellotti. El autor de El que tiene sed y Cuentos crueles, también incluyó al mendocino en su ensayo Las palabras y los días: “Los hombres como Locche, sean boxeadores, zapateros o filósofos, bien podrían seguir siendo tomados como modelos por los artistas de un pueblo para ejemplo de sus gentes”, escribe allí. Y vuelve sobre la complicidad con quienes están más allá de las cuerdas: “La palabra ídolo, la palabra mito, no alcanzan a definir la relación enigmática de Locche con su público”.

Los escritores Liliana Heker y Abelardo Castillo, en guardia

Abelardo, además, le contagió el amor por el boxeo a su colega Liliana Heker, gracias a lo que escribió en el cuento Los que vieron la zarza. La escritora estaba pronta a publicar el libro de entrevistas Diálogos sobre la vida y la muerte, y Osvaldo Príncipi le pregunta a qué boxeador, de cualquier época, hubiese incluído: “Sin dudas a Nicolino Locche. Lo admiré profundamente, escuché la pelea en la que salió campeón, que la pasaron a las 7 de la mañana porque era en Japón. Y me fascinó. Cuando peleó acá fui al Luna Park. Me pareció realmente admirable”. Menciona a otros grandes de la disciplina, como Sugar Ray Leonard, Muhammad Alí, pero resalta: “A Locche siempre lo sentí entrañable. Pude entender su sentido del humor y su inteligencia”.

El escritor y actual director de la Biblioteca Nacional, Juan Sasturain, también quedó deslumbrado por lo que hacía ese petiso que se paseaba a los cabezazos por arriba de la lona: “Rehuía el combate, pero no era precisamente un cobarde. Se trataba, como en el arte de la guerra oriental, de una saludable decisión estratégica”.

Dar la cara

El escritor estadounidense Norman Mailer escribió en su libro El combate: “No hay golpe que repercuta más negativamente que aquel que no da en el blanco”. Rodolfo Braceli reforzó esa idea: “Hay pocas cosas más extenuantes que pegarle al aire”. Y éste último lo pudo comprobar (y padecer) en carne propia: desafió a Nicolino a tres rounds y no pudo meterle siquiera una sola mano. “Pará, loco, no me hagas sudar; ya me bañé, no tengo ganas de ducharme de nuevo”, lo retó Locche, a las risas.

El escritor y periodista Rodolfo Braceli desafió a Nicolino Locche a 3 round

Braceli, tan mendocino como el Intocable, fue quizá el escritor-periodista que mejor lo escribió y describió. Se gastó toda una indemnización para homenajearlo con un documental. Lo conoció tanto abajo como arriba del ring. Con los guantes puestos y su agradable estilo “puso patas arriba las leyes del boxeo”, afirmó. “No ganaba sus curiosos combates por puntos, no los ganaba por abandono, no los ganaba por nocaut. Los ganaba por persuasión”. Y reflexionó: “Consiguió doblegar a la violencia sin violencia. La desdijo”. A tal punto que el tenista Guillermo Vilas, a quien no le gustaba el boxeo por ser “demasiado violento”, lo admiró: “Locche es un artista que me daba vuelta la cabeza”.

Braceli lo consideraba un transgresor. Y un día se lo dijo: “«Nico, ¿qué te dice la palabra transgresión?» Me respondió: «Y… debe ser una loción para la caída del pelo»”.

Hubo un rival, Joe Brow, que en medio de la pelea y resignado a golpear la nada, se detuvo y lo aplaudió. Para el periodista de larga trayectoria en el pugilismo, Julio Ernesto Vila, Locche es “el ídolo máximo que pude ver en acción. Único e irrepetible”. En su libro El boxeo y yo, agrega: “La gente valoró en él su condición de diferente a todo lo que se había visto. Lo adoraron los niños, hombres y mujeres, jóvenes y entrados en años. Todos. Le quitó a una actividad tan ruda la sangre. Y lo que hacía sobre el ring no se aprende en gimnasio alguno. Se trae y se ofrece. No hubo un antes ni un después. Hubo un Locche. Y punto”.

Vila cubrió aquel famoso enfrentamiento con el colombiano Antonio Cervantes, a quien le ganó por puntos. “Fue la única vez que vi bajar a Nicolino con un hilillo de sangre en una fosa nasal”. Algo se veía venir, porque un par de años después, perdió feo con Kid Pambelé (como popularmente se lo conoce a Cervantes) en lo que fue su última oportunidad de recuperar el cetro mundial que ya había perdido contra el panameño Alfonso Frazer.

Pero muchos de los golpes que logró esquivar arriba del ring, los recibió abajo. Gastó una fortuna en un auto usado que no le arrancaba; pensó que era la batería, y cuando abrió el capot ¡no tenía motor!. Era un fumador empedernido. Murió por un paro cardiorespiratorio el 7 de septiembre de 2005, con apenas 66 años.

Los intocables

Melankomas fue un atleta de la región de Caria (actual Turquía) que se destacó en la prueba de boxeo de la edición 207 de los Juegos Olímpicos de la Antigüedad, realizados en el lejano año 49. El tipo les ganó a todos sin dar un sólo golpe. Apenas se dedicó a esquivar puños ajenos y ganar por agotamiento del rival. Así nació el primer Intocable.

Mucho más acá en el tiempo, hubo otros Locches antes de Locche. Y Rosario tuvo un gran protagonismo al respecto, con Elio Plaisant y Alfredo Bilanzone.

Ever Palermo, autor del libro Puños Rosarinos | Foto: Guillermo Buelga

El primero, en verdad, nació en Italia, pero desde muy pequeño vivió en Rosario. Y como un 15 de octubre se consagró como el primer campeón de boxeo profesional, la ciudad celebra esa fecha como el Día del Boxeador Rosarino. “Él fue el primer estilista argentino”, asegura Ever Palermo, autor de Puños Rosarinos. El otro fue Bilanzone, a quien le decían Perita por su pronunciado mentón. Y como un rasgo de su estilo, en una pelea en Uruguay también le pusieron Pepe el tranquilo y El torero de los golpes. “Incluso, a él lo silbaron, tal como le pasaba a Locche en el Luna Park, por su estilo no agresivo. Pero después lo terminaron amando, porque fue el segundo campeón argentino en la historia nacional”, aporta el historiador local en diálogo con El Eslabón. En la década del 30, el cordobés de Río Cuarto, Carlos Agapito Martínez, también se lució con cualidades similares a las que, tiempo después, Nicolino perfeccionó.

Gran Locche en Rosario 

Foto: Facundo Paredes | Redacción Rosario

Nicolino Locche pisó Rosario por primera vez el 21 de agosto de 1964. Portaba los títulos de campeón nacional y sudamericano de peso liviano. Su retador fue Deolidio Sosa, a quien –en la previa– el diario La Capital le tenía algo de fe: “Posee condiciones de resistencia y potencia, como para no descartar totalmente sus posibilidades”. Pero esa noche en el mítico estadio Norte, el crédito local no estuvo a la altura, y así lo reflejó el Decano en su edición del día siguiente: “Locche venció frente a Sosa en forma amplia”. La velada registró un récord en las boleterías: en las cajas registradoras se acumularon unos 369.300 pesos, que superaron lo recaudado cuando peleó otro campeón como Luis Federico Thompson.

Al año siguiente, el Intocable peleó dos veces ante el mismo rosarino, Hugo Rambaldi, pero ambas fueron en el Luna Park. Tanto en la del 20 de marzo como en la del 18 de diciembre, el mendocino se impuso por puntos.

Foto: Facundo Paredes | Redacción Rosario

A Rosario volvió para el combate frente a Martín Juárez, el 3 de abril de 1970. En su hombro ya cargaba el título mundial, por lo que la expectativa en la ciudad fue mayor, como así también la cobertura periodística. En la antesala, el diario La Tribuna se ilusionaba con el batacazo: “Puede suceder cualquier cosa y puede ocurrir que se produzca la gran sorpresa”. Y al día siguiente, titulaba: “La expectación excede los límites comunes”. Lejos de calmar la ansiedad, en la nota se lee: “La presencia de Locche constituye un acontecimiento deportivo de relieves sobresalientes”.

El combate a 10 vueltas se produjo en el estadio Milia, de Oroño y Jujuy, donde se volvió a batir récords de recaudación (2.100.000 moneda nacional). “Todo el mundo habla de esta confrontación”, dice el diario ese mismo día. “Juárez es valiente y habilidoso, y puede ingeniarse como para poder pelearlo de igual a igual a Locche”, sigue. Fue tanta gente, que había casi la misma cantidad en el estadio que en las afueras. 

Foto: Facundo Paredes | Redacción Rosario

Cuentan las crónicas de esa jornada que Nicolino, pese a no estar en las mejores condiciones físicas, “ofreció otra de sus brillantes demostraciones de boxeo de alto vuelo”, y por más optimismo que reinaba en el retador y su rincón, “no tuvo problemas para superarlo ampliamente”. La Tribuna también destacó a Locche como un “superdotado para la esgrima cerebral de los puños”, dijo que hizo “cosas maravillosas” arriba del ring. E incluso, cuando recibió una derecha en su cabeza que lo hizo trastabillar, lo disimuló –fiel a su estilo– con una sonrisa.

Foto: Facundo Paredes | Redacción Rosario

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