Es martes 29 de noviembre y el reloj marca las 8 de la mañana. Una pequeña pero nutrida y cálida muchedumbre se congrega en la esquina de Córdoba y Pueyrredón, en el macrocentro rosarino. Con banderas, con cánticos. Un rato después, una caravana de autos, combis y hasta un colectivo partirá rumbo a Santa Fe. La autopista será escenario de algunos bocinazos a modo de salutación y el peaje y alguna que otra estación de servicio permitirá encuentros y abrazos. Al llegar al lugar pactado, otra esquina, esta vez en la que se cruzan la avenida General López y Saavedra de la ciudad capital, la escena es similar: banderas colgadas y muchas camisetas o remeras que indican pertenencia. Y cánticos. Y abrazos, muchos abrazos. No, no juegan ni Central ni Newell’s. Además, las remeras y las banderas dan cuenta de que los presentes no sólo vienen de Rosario y que muchos y muchas son locales. Pero tampoco tocan Los Fundamentalistas, La Renga o alguna banda de esas que movilizan mucho público y de distintas partes del país. Lo que los convoca, lo que los trajo a Santa Fe o los hizo acercarse a ese punto del sur de la localidad del liso, es bancar a una abogada y referente de derechos humanos que unas horas más tarde será imputada por delitos que supuestamente cometió mientras se desempeñaba en el Ministerio de Seguridad provincial. Y allí están trabajadores y trabajadoras con pecheras de ATE, tanto de Rosario como de Santa Fe. Y allí están militantes sociales y políticos de distintos espacios. Y allí están integrantes de Hijos, no sólo de Rosario y de Santa Fe sino también de Paraná, de Córdoba, de Chaco, Formosa, Corrientes, La Matanza, CABA y hasta de Bahía Blanca. Y allí están los pibes y pibas de Nietes, integrantes de Abuelas y de la Ronda de las Madres. 

Con el correr de las horas el calor se volverá infernal y no serán pocas las excursiones al súper de enfrente, al almacén que está a la vuelta o al bar de la otra esquina. La sombra será terreno de disputa y las botellas de agua pasarán de mano en mano. La expectativa está puesta en esas oficinas sin ventanas de vidrio que permitan siquiera adivinar lo que ocurre al otro lado. La incertidumbre crece a medida que transcurre el día. El denominador común entre todos y todas quienes están allí es que, digan lo que digan los fiscales, repitan lo que repitan los medios, sabemos quién es esa mujer que está siendo señalada primero por haber osado sentar en el banquillo de los acusados y condenado (muchos de ellos a prisión perpetua) a los peores asesinos de nuestra patria y después por haberse atrevido a desnudar los vínculos entre las mafias, la policía, políticos y grandes empresarios, sobre todo de medios de comunicación. No se lo perdonan al punto de haber pergeñado una causa sin sustentos y plagada de irregularidades, partiendo de la base que está fundamentada en lo que supuestamente se halló en un allanamiento que no contó con lo más básico de lo básico para ser llevado adelante: No había orden ni testigos.

Cerca de las cinco de la tarde, se abrieron las puertas del edificio de la Fiscalía Regional de Santa Fe y se asomó la cabellera rubia de esta referente de los derechos humanos que toma su profesión como una herramienta de transformación de realidades y que viene acompañando a querellantes en cuanto juicio por delitos de lesa humanidad se han llevado y se siguen llevando en Rosario. La recibió un mar de aplausos y abrazos y contó que además de lo que se esperaba habían ido un poco más allá y hasta podrían pedir su prisión preventiva. La despidió otro mar de aplausos y abrazos y la promesa inclaudicable de que contara con el aguante acá, allá y dónde sea. Había ingresado a esas oficinas sin ventanas de vidrio alrededor de las 13, pasando por un pasillo humano como los que suelen hacer los jugadores de fútbol, y con un grito sagrado de fondo: Che, fiscales. Che, fiscales. No se lo decimos más: si la tocan a la Schujman, qué quilombo se va armar.

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