Yo no sé, no. Graciela vino recontenta y nos dio la noticia: “Soy reemplazante”. Claro, ella estaba ayudando a una señorita que daba clases particulares y a algunos chicos que no tenían plata igual les enseñaban para ayudarlos a salir adelante. La maestra estaba medio resfriada y la dejó a cargo un par de días. “Voy a ser la señorita reemplazante”, decía la Graciela, orgullosa.

Mientras tanto Gloria venía del Anastasio Escudero porque la habían probado en el coro y, cuando le escucharon la voz, pasó de reemplazante a titular. Ya era integrante del coro, que no era poca cosa. Hasta la semana anterior figuraba como reemplazante, pero en la última prueba ya había quedado fija.

A José tuvimos que rogarle, pedirle y hasta apretarlo para que no se fuera a pescar y se quedara a jugar un domingo un torneo cortito que empezaba y terminaba en el día, porque necesitábamos un reemplazante, un nueve con altura. José era más o menos jugando a la pelota, pero era alto y sabía cabecear. Lo convencimos de que fuera el reemplazante del nueve que necesitábamos. No le gustó nada porque quería ir a pescar, pero se quedó pescando pelotas que venían llovidas y cabeceó más de una.

Tiguín siempre pasaba por la bicicletería que estaba por Lagos, cerca de Saavedra. El Tano, que era famoso en el barrio, armaba y desarmaba bicicletas con los ojos cerrados. Un día tuvo que salir a hacer unas cosas y, como vio que Tiguín tenía ciertas habilidades, lo dejó a cargo. Tiguín vino ancho: “Fui reemplazante del Tano, fui reemplazante del gringo”, decía. “Arreglé como tres bicicletas al toque en las tres horas que estuve”.

La Mónica había superado la marca en los 100 metros con obstáculos y estaba por competir en el estadio municipal. En el equipo era irremplazable. Cada vez corría más rápido, cada vez era más veloz la Moni, con obstáculos y todo.

Laura una tarde estaba re nerviosa. Le había llegado un chisme malintencionado y andaba yendo y viniendo hasta barrio Acindar, donde tenía un novio, pasando por la plaza. Alguien le dijo: “Te van a reemplazar, Laura. Tené cuidado que en cualquier momento…”. Y Laura estuvo dos o tres días con unos nervios que no cabían en ella. Al final era todo un chamuyo, pero durante esos días se sintió reemplazable.

Tamba, mientras tanto, estaba reemplazando un par de tramperas para no dañar a los pájaros que cazaba. Y también estaba reemplazando su silbido. Era experto en imitar al jilguero con la lengua y los labios, y estaba buscando otra forma de llamar a los pájaros mientras dejaba de usar las tramperas.

Pií, por otro lado, empezó a reemplazar la madera. Era bueno haciendo cosas de madera, casi un artesano. Hacía desde juguetes hasta pequeñas herramientas. Y empezó a trabajar con fierro. Arrancó reemplazando las ruedas de madera de los camioncitos que hacía para los pibes por ruedas de metal. Así fue dejando la madera de a poco para meterse en los fierros.

Isabel vino casi bailando y moviendo la cabellera: “Miren, reemplacé el shampoo líquido por uno crema. Miren cómo me quedó”. La Isa tenía el pelo casi hasta la cintura, parecía una gitana con ese cabello que iba de un lado para otro. El reemplazo le había hecho bien y ella lo sabía. Por eso coqueteaba con eso.

La Eva por fin consiguió la última chirola y pudo reemplazar los patines que necesitaba. Había una competencia en barrio Plata y ella era buena con los patines. Los reemplazó justo a tiempo.

Manuel, por otro lado, estaba tratando de reemplazar a un par de llamadores. “Estos se cansaron”, decía, mientras buscaba por todo el barrio algunos pájaros llamadores para tener en la jaulita. “Necesitan un reemplazo. Este jilguero y esta corbatita ya no tienen garganta”. Los miraba con cariño. “Capaz que los suelto y los reemplazo con algunos que sepan llamar”.

La pequeña Susi estaba contenta y preocupada al mismo tiempo. Contenta porque le había encontrado el tono al flequillo: lo tenía oscuro y lo pasó a un castaño claro que le resaltaba la cara. Pero también estaba preocupada porque decía que a Rolando Rivas lo iban a reemplazar y que la novela iba a seguir con otro actor, que García Satur no iba a estar más. “Si lo reemplazan no miro más la novela”, decía.

Carlos y Pedro vieron cómo se iba el Flaco, un arquero que teníamos y que sabían que era irremplazable. Hasta se fueron cerca de la Vía Honda, por la cancha de El Rincón, donde había unos pateando y vieron a un arquero que salía bien y parecía animarse a las pelotas más difíciles.

“Lo vamos a probar. Lo vamos a hablar y lo vamos a probar”, dijo Pedro. Aunque los dos sabían que hay jugadores que en un equipo son irremplazables.

Publicado en el semanario El Eslabón del 30/5/26

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