Para sostener la versión oficial de que Rosario “nació sin acta fundacional a comienzos del siglo XVII, como Pago de los Arroyos”, fueron muchos los relatos que se encargaron de sepultar su pasado aborigen.

Esos de la Municipalidad de Rosario dicen que “desde 1689 el Capitán Luis Romero de Pineda recibió estas tierras por parte del gobierno de Buenos Aires en pago de servicios prestados a la Corona? Y apenas mencionan: “Antes de esa fecha, merodeaban por el lugar indios calchaquíes, reducidos y atendidos por franciscanos, quienes formaron una población y se establecieron en el llamado Pago del Salado”.

Pero en contraposición, Félix Chaparro Amadeo (1887-1959), quién presidía la Junta de Historia local, afirmó que “los calchaquíes no llegaron nunca a Rosario”. Esa célebre sentencia fue abrazada también por el tan supuesto primer historiador Juan Álvarez, gran liberal cuya onda política se santifica en un museo rosarino. “Rosario fue obra de blancos, no de indios”, fue la célebre sentencia racista y excluyente.

Fausto Hernández (Rosario, fines de los 1930), periodista, poeta y escritor remarca que el “modo de nacer, espontáneo, determinado por necesidades espirituales (el nucleamiento de pobladores alrededor de la capilla) antes que materiales, económicas o políticas, es harto más honroso que el artificio de cualquier hipótesis indemostrable tejida en base a indios vagabundos”.

Estas contradicciones no se saldan, no aceptan la preexistencia  de los originarios y sus derechos humanos, como los territoriales. Sobre “documentación eclesiástica –registros parroquiales, autos y relaciones de visitas (diocesanas, de la orden religiosa y visitas de cárcel), actas de Cabildo, informes, representaciones y correspondencias–, es posible reformular algunas interpretaciones sobre los calchaquíes establecidos en la jurisdicción santafesina”, resalta Fausto Hernández, quien publicó en 1938 dos artículos en el suplemento literario de La Capital, que dos años antes había comenzado a editarse bajo el cuidado de Hernán Gómez.

En “Una ciudad con mitología” (12 de junio) y “El funcionalismo histórico” (3 de julio), presentó su perspectiva. Desde el principio, contra lo que dirán sus críticos, Hernández admitía que el relato sobre Godoy y los calchaquíes no estaba probado; pero no debía ser descartado, argumentaba, porque constituía la matriz de un mito que se proyectaba en la identidad de la ciudad. Fueron adelantos de su libro Biografía de Rosario, publicado al año siguiente por Librería y Editorial Ciencia.

Por otra parte Osvaldo Aguirre, con seriedad y ética, sostiene que “Entre marzo y abril de 1802, el Telégrafo Mercantil, Rural, Político, Económico e Historiográfico del Río de la Plata publicó en tres entregas una «Relación histórica del pueblo y jurisdicción del Rosario de los Arroyos» que constituyó el primer relato sobre los orígenes de la ciudad”.

Pedro Tuella, corresponsal y suscriptor del periódico, redactó un artículo en el que describía los inicios de la ciudad como “una modestísima capilla”, al decir del historiador Juan Álvarez. Al cabo de un siglo el texto, se convirtió en el eje de una prolongada polémica que se inició y concluyó sin acuerdo entre los contendientes.

Pero los calchaquíes no habitaban entonces los valles tucumanos, recorrían el corredor fluvial paranaense. Con el nombre Calchaquí del valle, ubicado en el área andina del Tucumán, los españoles designaron a una población luego segmentada en “diaguitas”, “calchaquíes” y “pulares”, dice Moriconi.

“La historiografía santafesina ha referido con cierta naturalidad que indios calchaquíes habitaron al norte de Santa Fe, a ambas márgenes del río Salado, y en la franja entre este río y el Paraná”, asevera Christophe Giudicelli, catedrático de historia y civilización colonial de América en la Universidad de la Sorbona. Una suerte de “sucursal calchaquí”.

Se ha mencionado que a mediados del siglo XVII, debido al “declive poblacional de los grupos indígenas que habitaban la región”, se recibió “el aporte de nuevos contingentes como los provenientes del Valle Calchaquí”, ante la falta de fuerza de trabajo indígena.

Estudios más recientes sobre los calchaquíes en Santa Fe indican que, como dijo Giudicelli, “el proceso de desnaturalización más sistemáticamente concretado es el protagonizado por las campañas militares organizadas por el gobernador de Tucumán Alonso de Mercado y Villacorta, quien calculó un total de 12.000 personas deportadas a diferentes sitios del Tucumán y del Río de la Plata, incluida Santa Fe».

El caso de los calchaquíes no implicó el aniquilamiento o la huida, ni la rebelión de los calchaquíes.

En su política de equipamiento del territorio, el gobernador Mauricio de Zavala planeó refuncionalizar al grupo calchaquí en la frontera sur santafesina. Ordenó que el cacique Tomás Lencinas pasara a ocupar el Paso y Fuerte del Carcarañá con sus tolderías. “De reducidos a parroquianos: letanías de una reducción de calchaquíes en la frontera sur santafesina”, se lee en Gobernación del Río de la Plata, siglos XVII-XVIII, de Moriconi.

“A partir de 1720, durante las migraciones internas hacia el sur-sureste santafesino –proceso que la historiografía sobre Santa Fe había caracterizado solamente como de europeos y criollos– las autoridades y pobladores siguieron utilizando este membrete para identificar a un grupo de indios que, desvinculados de jefaturas españolas o hispano criollas, buscaban un sitio donde establecerse”, sigue Moriconi.

“El 5 de enero de 1765 (a las 14.23), después de pasar por Coronda, el obispo Manuel de la Torre visitó el pueblo de indios llamado Calchaqui”, señala el presbítero santafesino Edgar Stoffel, en su artículo “Visita del obispo de 1764”, de diciembre de 1990.

Informaba que la arquitectura de la capilla de la reducción fue “un fútil rancho” y, por lo tanto, carente no sólo del decoro de los templos sino de lo imprescindible para cumplir actos sacramentales ya que no halló ni reserva de Santísimo Sacramento, ni pila bautismal. El estado “embrionario” de la iglesia no llegaba a conceder al pueblo el estatuto de neófitos reducidos, ya que formalmente no se ajustaban a las leyes de la fe. “Viven sin trabajar”, registró en la visita, corroborando el fracaso de la reducción en su función de provisión de fuerza de trabajo.

Los calchaquíes del Carcarañá no llevaron adelante incursiones violentas ni en la ciudad ni en las poblaciones rurales. Posiblemente, esta fue la razón por la cual, aún integrados en el territorio parroquial que aceleraba el proceso de mestizaje, continuó identificándoselos como calchaquíes.

“Poco a poco fueron expulsados de su territorio y entraron a establecerse en el Salado, cerca de Santa Fe, bajo un régimen de reducción guiado por frailes franciscanos” .

Los guaycurúes, mocovíes y abipones empujaron a los calchaquíes hacia el Carcarañá.

Pocos Calchaquíes fueron concentrados y reducidos en la Estancia de San Miguel del Carcarañá, que tenían los jesuitas.

En 1730, el Gobernador de Buenos Aires –de quien Santa Fe dependía– solicitó al Cabildo Eclesiástico la creación del curato del Pago de los Arroyos. Se asignó por parroquia a la capilla de paja y barro, y fue elegido su primer cura: Ambrosio de Alzugaray.

Enviaron desde Santa Fe, alhajas, útiles y dos imágenes de la virgen, una de la Concepción y otra del Rosario, para ornamentar la capilla. La primera se entregó a la población calchaquí que se asentó en la zona de Carcarañá y la segunda imagen es la que dio nombre a la capilla que en los comienzos se llamaba del Pago de los Arroyos, y pasó a ser Capilla del Rosario.

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