Ese 29 de abril del 2000 cayó sábado, esa mañana cayeron las persianas de la redacción de Dorrego al 900 y así callaron las páginas del diario El Ciudadano pero no a sus trabajadoras y trabajadores, que decidieron rechazar cierre y despidos y reclamar continuidad de su fuente de trabajo. Tiempos aquellos de todavía escasos celulares y apenas gestación de artes virtuales, era la calle el escenario que explotaba de montajes, decorados y tramas distinguibles por matices, aunque convergentes en temáticas. El Festival era de Luchas, y cuando le llegó el turno, el elenco aquél de El Ciudadano tuvo, desde el mismísimo estreno de su obra, varias defecciones internas pero también refuerzos valiosos:
—¿Y estos quiénes son?, preguntó un flamante despedido a otro.
—Son los pibes de El Eslabón, fue la respuesta; y la referencia a un puñado de muchachos montados a bicicletas que atravesaban de lado a lado de la acera, esquina a esquina, para bloquear el tránsito automotor y abrir otro, el de la columna “ciudadana” de a pie, que marchó desde Dorrego hasta Córdoba y por Córdoba hasta Vera Mujica, siempre a contramano del destino que les querían imponer patrones y gobernantes asociados y/o entregados a los intereses de los grandes poderes mediáticos y económicos.
Ése de vanguardia bicipiquitera en la movilización iniciática del 29 de abril del 2000 fue sólo el primero de los roles que “los pibes de El Eslabón” asumieron en “el conflicto del Ciudadano”, cuyo efecto bisagra en el devenir de la prensa rosarina es innegable.
Desde 1998, el diario La Capital ya no pertenecía a la familia Lagos y su hegemonía tradicional se acentúo de la mano de sus nuevos propietarios, el grupo Uno comandado por Daniel Vila y José Luis Manzano, que además adquirieron dos de las tres radios de amplitud modulada rosarinas en manos de privados y después El Ciudadano, que asomaba como competencia seria del Decano de la prensa gráfica argentina de la mano de Orlando Vignatti, otro de los sapos de otro pozo que saltaron al negocio de las comunicaciones desde otros barros.
Como ejemplo de tales especies, vale destacar otro ligado a aquellos años, como el extinto ex presidente rojinegro, Eduardo López, que supo comandar El Ciudadano y LT3; y uno en pleno despliegue, el del financista Gonzalo Scaglione, titular del actual conglomerado monopólico de la aldea cuya dimensión y poderío no tiene precedentes: La Capital, LT8, Canal 3, Radio 2, Rosario 3 más otros medios locales están bajo su control, junto con los que fue adquiriendo en otras provincias.
A la par de exponer y enfrentar la concentración mediática, El Eslabón aportó a nutrir y hacer visible los efectos del ciclo neoliberal de los 90 y las reacciones de rechazo que disparaba, que ese poder comunicacional ocultaba, manipulaba, justificaba. Así, las páginas del entonces mensuario reflejaron sucesos de los que sus hacedores a la vez participaban activamente. Los escraches de la impunidad de los genocidas de la última dictadura, la multiplicación de las manifestaciones populares de descontento ante tanto empobrecimiento y exclusión apreciables en medidas de fuerza y movilizaciones sindicales ampliadas a multisectoriales, las nuevas formas de acción directa y organización que encarnaban en piquetes, asambleas barriales, clubes de trueque y ocupaciones de empresas quebradas y cerradas para recuperarlas a través de la autogestión obrera con el cooperativismo de trabajo como herramienta.
En ese trajín inicial, coherencia, humildad y generosidad de “los pibes” sedujeron a decenas de otros jóvenes y también de no tan jóvenes periodistas y comunicadores con más experiencia en el oficio, víctimas directas de las patronales de los medios “oficiales”, que encontraron refugio y trinchera en el periódico y transformaron su redacción en un espacio de debate y formación permanente, que desde 2008 se encuadra en la Cooperativa La Masa pero se reedita cotidianamente. “Los pibes” ya crecidos y las nuevas pibadas revisan y reafirman principios, asumen y resignifican dolores y pérdidas, renuevan y aggiornan la fe en futuros mejores, interpelan y sostienen La Masa como eslabón de El Eslabón en su viaje por los tiempos.
Y hubo –el de nutrir y hacer visibles avances y reparaciones, de juicios a los genocidas, de abonar mil flores, de abortar violencias patriarcales, de reconquistar derechos y felicidades– un tiempo que fue hermoso. Y después otro, otra vez, de batallas culturales y en la calle, de ametrallar amores ante nuevas crueldades, mezquindades, traiciones, pandemias, terrores, violentos libertajes, imperios digitales.
En eso estamos, entonces, aquí y ahora, sin tomarnos más licencias que ediciones especiales como ésta, en la que repasamos orgullosos estos 25 pirulos de la mano de compañeras y compañeros de antes, de hoy, de siempre, que son muchas y muchos más que los que llenan estas páginas, que seguiremos convocando a este ejercicio de revisión y construcción de porvenires comunes apelando a otros soportes que contengan tanto aguante.
Ojalá la disfrutes, querida lectora, querido lector.
Ojalá sientas el agradecimiento de nuestros corazones.
Con vos, con ustedes, celebramos seguir con nuestro papel en la calle.
Entre tantos museos de viejas novedades que pasan, el tiempo no para.
El Eslabón tampoco.
#Juane
Las referencias al Juane abundan en esta edición especial y aunque muchos no lo necesiten, vale encuadrarlas en una regla básica del periodismo, la de no dar por sentado que no hacen falta presentaciones.
Trabajador de prensa, cofundador de este periódico y la cooperativa que lo produce, referente de la agrupación Hijos Rosario, Juan Emilio Basso Feresin falleció el 3 de marzo de 2021 tras una descompensación mientras jugaba un partido de fútbol. Y nació el 11 de febrero de 1977 en Paraná y en cautiverio, en un Centro Clandestino de Detención al que había sido trasladada su madre, María Eugenia Saint Girons, un día después de que también fuera detenido ilegalmente su compañero, Emilio Osvaldo Feresín.
“Apenas nací, me anotaron con el apellido de mi vieja. A los 9 incorporé el apellido de mi viejo adoptivo, Hugo Basso. Hace 10 años logré obtener el de mi padre biológico, Emilio Feresin, desaparecido por los genocidas. Me dicen Juane”, supo relatar, poco antes de su fallecimiento, el mejor de los nuestros.
Publicado en el semanario El Eslabón del 07/09/24
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