Llegamos a marzo. Pasó la multitudinaria marcha de las mujeres, para seguir mostrándonos la desigualdad que seguimos naturalizando. Debe ser uno de los meses más complejos para la militancia, porque moviliza todos los aspectos de la participación colectiva. Por un lado la historia, que viene a decirnos que muchas situaciones que nos marcaron pasaron hace 50 años. También nos señala que debemos recordarlas, reconstruirlas, dejar que las generaciones más jóvenes se reapropien del capital simbólico y de la práctica que implican. Y sobre todo nos interpela para comprender que ellos tienen derecho a desarmar los mitos que llevamos mucho tiempo sosteniendo. No es agradable desprenderse de eso que consideramos constitutivo en la lucha por la memoria y por la identidad. Sin embargo, en algún momento las luchas deben mutar para dejar que los protagonistas sean quienes nos van a sobrevivir y dejar que asuman responsabilidades, se equivoquen y acompañarlos en el camino.

Por otro lado, la identidad colectiva e individual. Y el robo de identidades también, que marca lo opuesto, el límite, y una búsqueda que comenzaron las Abuelas y que continúan hermanos y otros familiares. Esa identidad está construida sobre una experiencia. Aunque ninguna organización se pueda atribuir su pureza, quienes participan de los diferentes ritos de los Derechos Humanos se sienten parte de esa identidad colectiva. También existe una identidad más individual, en la que se transitan dolores, ausencias, preguntas sin respuestas y silencios prolongados. A veces no sabemos distinguir bien qué es lo propio y qué es lo de todos. Experiencias que vivimos como individuales se vuelven un territorio común por un testimonio, o una anécdota. Entramos en resonancia con eso, entendemos que somos tan compañeros como lo fueron nuestros viejos.

Es en esa historia que se construye nuestra identidad. Es una historia de lucha que llega hasta nuestros días; en ella hay ganadores y perdedores. Tenemos la versión de quienes concentraron sus riquezas, multiplicaron sus empresas, fundieron a las y los trabajadores, y utilizaron el aparato represivo del Estado. Los ganadores escribieron su historia, una narrativa parecida a la que se utilizó para justificar la matanza de los pueblos originarios. Hay algo que vuelve sospechosas a las víctimas, las enrarece primero, luego las desprecia y por último las mata. Este discurso es colonialista, siempre hay intereses que subyacen pero son inconfesables. Lo que se dice esconde los fines, los métodos y sólo muestra a la víctima en el lugar de potencial victimario. Los indios por salvajes, los trabajadores por revolucionarios, los peronistas por cabecitas negras. Motivos suficientes para golpearlos, encerrarlos y también matarlos. Es la historia oficial, oficial como los milicos que la aplicaron. Los intelectuales de esa oligarquía fueron garantes de la persecución, quienes armaron las currículas escolares en las que nuestros verdaderos héroes y caudillos fueron presentados como salvajes y los entregadores de la patria como los ciudadanos prestigiosos.

Pero hay otra historia: la nuestra. Una historia llena de ambigüedades y contradicciones, llena de preguntas que no tienen respuestas. A pesar de ello, es una narrativa desde el afecto por los menos favorecidos, por los desposeídos. Los indios, los gauchos, los trabajadores y trabajadoras, los inmigrantes de todos los rincones del planeta. Los peones rurales de la Patagonia. Los que eran llamados animales para hacerlos trabajar como tales. Los nosotros, golpeados, encadenados y haciendo malones. Como los bandidos rurales, asaltando a los que transportaban las ganancias de los terratenientes. 

Entrado el siglo XX, representados en el movimiento obrero, la lucha por las ocho horas, por terminar con los abusos. Los paros, los estallidos sociales. La generación de los setenta que creyó que podía y lo intentó. Existe una ecuación clara en la relación de fuerzas: cuando perdemos el miedo, son ellos los que corren. Tenemos esa espina clavada. Que nos mataron a muchos de manera poco honrosa y nos da bronca la falta de dignidad. Hemos aprendido que en estos tipos no se puede confiar. Ni en una élite que mira hacia afuera sin pensar en el desarrollo del país ni en los milicos, obedientes del poder, capaces de masacrar a sus hermanos. Pero casi sin que nos lo propongamos, seguimos teniendo a disposición una herramienta poderosísima: nuestro relato, nuestra identidad, ese aguijón en el pecho que cada vez que nos movemos hace sentir que algo duele, pero también lo que duele está vivo.

Tenemos una historia, una identidad y una potencia. Esa potencia permitió que cuando hubo un gobierno que no buscó desangrar al pueblo, sacamos pecho y pudimos avanzar en los juicios de lesa humanidad. Marchamos como movimiento, no sin miedo, con los brazos entrelazados en jarra, con las barredoras exigiendo justicia, con la foto de cada uno, de los que no olvidamos, no sólo por llorarlos, también los reímos, los sentimos llenar espacios, le sonreímos a su foto. A mi tío le guiño el ojo, brindo con él por cada nieto recuperado, por cada genocida en cana. 

Sigue habiendo un proyecto: el de un mundo mejor, más justo, más nuestro. Aunque parezca que el derrotismo se apoderó de nosotros y que manejan nuestra emocionalidad desde las pantallitas, es sólo el momento. Parecemos derrotados, no lo estamos. Vamos a marchar con dolor y felicidad. Somos los herederos de la vida digna, de la sociedad inclusiva, del discurso comprensivo. Parecemos inofensivos, no lo somos.

Publicado en el semanario El Eslabón del 14/3/26

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