Yo no sé, no. La Laura era recontra sensible y un día vino emocionada y nos contó que había visto un par de pichoncitos que se habían caído de un nido, en la canchita, cerca de los ligustros. Que la madre les había improvisado un refugio con hojas que estaban en el suelo, mientras preparaba otro nido. Estaba enternecida por ese refugio de esa ave y por esos pichoncitos.
La Graciela, en cambio, ya iba a una escuela del centro así que tomaba el 53 por Lagos y Biedma. Y ahí había un lindo refugio en la parada, todo hecho de material. La Gra se la pasaba escribiendo pequeñas poesías y mandando alguna indirecta que sólo ella sabía a quién se la mandaba. “Extraño el calorcito del sol de enero y extraño el calorcito de tu cuerpo”, escribía, y ponía el nombre de algún vaguito que por lo general no era del grupo. Vaya a saber quién era. Nunca lo decía.
José contó que un día volvía del Saladillo, que se había quedado sin plata y por eso se volvía a gamba después de haber ido a pescar. Pasó por un saloncito, sintió música y como vio a un amigo que lo invitó, entraron. Era el rancho de Ramón Merlo. “Cuando escuché el chamamé –decía– ese lugar fue un refugio para el alma. ¿Sabés qué bien que te hace? Puede haber un temporal afuera, pero ahí te sentís tranquilo”. Y agregaba: “Voy a hacer lo posible para empezar a bailar el chamamé”.
Tiguín una vez se había escapado. No sé qué había hecho en la casa, qué metida de gamba se había mandado y lo andaban buscando por todos lados, donde había motos o bicicletas, y nada. Pasaron como doce horas hasta que a alguien se le ocurrió: Tiguín solía ir al Monte Caballero y siempre tenía ganas de ir más allá. Entonces fuimos un par y lo encontramos refugiado en la estación El Gaucho. Se le había ido el miedo. Decía que había que dejar pasar las primeras horas, que se vaya la bronca, y después volver. Y que no le dijeran a nadie dónde lo habían encontrado. Que ese era el refugio ideal, que ninguno de los viejos conocía y que podíamos compartirlo si alguna vez hacíamos alguna macana.
Paula decía que el tercer puente de la Vía Honda también era un refugio especial. Había ido un par de veces cuando el tiempo se ponía bravo, con viento cruzado y lluvia de arriba, de costado, con viento huracanado, pero ahí no caía una gota, parecía que paraba el viento. “Y también es especial si andás de novio –decía–. Si empieza a llover, qué mejor que encontrar ese refugio”.
Silvia, un sábado que también se puso feíto, se alegró de las modificaciones que le habían hecho al Club Las Palmeras. Le habían agregado una galería que protegía la cancha de bocha y gran parte de la pista. “Si llueve, casi todo el patio va a ser un refugio ideal. No se va a suspender ningún baile. Vamos a estar meta cumbia, meta melódico o algo de rock, lo que pinte. Pero con techo”, decía mientras, movía las patitas al ritmo de una cumbia protegida y refugiada.
Carlos le explicaba al Huguito, el hermano más chico, cómo hacer una choza. Había pasado un vendaval y había tirado varias ramas de árboles en el barrio así que los pibitos jugaban a hacer chozas como para jugar a los indios. Carlos tenía idea de cómo armar un pequeño refugio, hasta con ventana y abertura. Así que les enseñaba a los pibes, especialmente al Huguito, cómo hacer la choza y cuidarla, porque “cuando venga San Pedro y San Pablo esas ramas van a arder y van a ver cómo un refugio para el alma”. Los pibitos nunca habían sentido lo de la fogata y eso los entusiasmaba.
Ricardo, por otro lado, quería convencer a los más grandes de ir a curar la tapera que estaba entre el tambo y la iglesia. Era peligrosa porque tenía algunos pozos mal cerrados, pero también tenía historia. Como era medio supersticioso, decía: “Hay que ir a curarla y sacarle toda esa historia de demonios. Después yo me encargo de apuntalar las paredes y ponerle un techo de chapa”. Casi nadie le creía, pero los más chicos quedaban medio asustados.
Laura y Eva fueron por primera vez a la Biblioteca Argentina, la del centro, y se apasionaron. Cada dos por tres entraban como si fuera un refugio. Les había picado el asunto de la lectura. “Lindo refugio es el de los libros”, decía la Evita.
La pequeña Susi estaba dejando de ser una niña y miraba con nostalgia sus muñecas. No quería ponerlas en una caja ni guardarlas en un ropero. Nos preguntaba cómo hacer para ponerlas en un refugio, para conservarlas con todos los momentos gratos: las peponas, los muñecos. “Las voy a guardar –decía– pero en un refugio. Sólo para ellas”.
Manuel estaba tratando de hacer un refugio para una perra que había encontrado y que estaba por tener cría. El abuelo no la iba a querer tener en la casa, así que encontró un terreno cerca de la casa de Pi, pidió permiso y preguntaba a todo el mundo cómo hacerlo. “Que no sea una cucha –decía–, que sea un refugio. Que viva bien la perra con su cría”.
Pedro, ese marzo, venía de comprarse un par de cigarrillos sueltos. “Tengo Colorados”, le dijo la kiosquera. Se levantó viento y sintió que la corneta seguía sonando, pero estaba quieta. También el sonido de una flauta. Miró para el lado de la plaza y vio que tanto el churrero como el afilador estaban refugiados en una galería, bajo un techo cercano, esperando que pasen los primeros chaparrones.
Pasaron unos años y Pedro recordaba que también era marzo. Venía echando humo con un cigarrillo y a la tardecita volvió a sentir el sonido de la corneta del churrero. También escuchó cumbia y por un momento el ruido del tren, como si arrancara de la estación El Gaucho. Sobre una ventana vio una boleta, creo que era del Frejuli. Era del 11 de marzo del 73 y parecía que a esa hora de la noche los sueños de mucha gente habían salido del refugio para convertirse en realidad.
Como si todos los refugios que alguna vez tuvimos y armamos en nuestra mente volvieran a abrirse, pero esta vez para salir. Para dar suelta a lo que parecía una nueva esperanza. 11 de marzo de 1973. Los sueños habían salido triunfantes del refugio.
Publicado en el semanario El Eslabón del 14/3/26
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