El cuerpo estaba tirado de costado al final de la escalera que iba a la terraza.
“Dale, ¿qué te creés que somos CSI Miami, pelotudo?”, le dijo su propio hermano, esbozando una sonrisa que se debatía entre lo jocoso y la desilusión. “Dejáte de hinchar las pelotas, Cabezón. Tu historia es muy linda para que la contés en el portal pedorro ese en el que escribís, si querés, pero a nosotros no, eh. Éste pinta de mutante no tiene…”
Habían llegado al lugar del crimen cuando la noche todavía no tenía intención de volverse amanecer. Técnicamente era jueves.
Desde hacía algunos años el juego era así: se apostaban desde golosinas hasta asados enteros, con todo pago: Claudio Esteban (Cacho) y Víctor Andrés (Cabezón) Valenzuela debían aventurar lo ocurrido con sólo ver los cadáveres; uno era policía con chapa pero de formación básica tirando a pobre, el otro era periodista sin título habilitante pero con un oficio de largo recorrido. Desde que el primero integraba una división muy ligada con la muerte, el segundo tenía cierto privilegio por encima de sus colegas. Y gracias al juego de hermanos podía asomarse antes que nadie a asesinados, suicidas y todo tipo de siniestrados. El desafío era mirar los cuerpos inertes sin más pistas ni datos e intentar tejer una hipótesis acaso por algún detalle de la observación pero más que nada por intuición.
Aunque el río estaba a unas seis cuadras de la casa (a la que habían llegado corriendo como chicos tras bajar juntos y atropellados del patrullero), de manera tenue se sentía ese aire de la orilla que trae consigo algo de agua, pescado y luna, un noble perfume que tienen los barrios costeros pero que es detectable sólo por los que vienen de otro lado.
Lo primero que le llamó la atención a Víctor fueron los pantalones. Ese hombre no había estado durmiendo, no se había puesto cualquier cosa para salir a pelear con un ladrón: el cadáver, de cúbito dorsal, estaba metido en un pantalón de trabajo de esos azules agrisados, tipo mameluco de mecánico, y arriba llevaba un buzo deportivo bastante nuevo. El gesto final del muerto le pareció transmitir dolor pero también algo de resignación y alivio. Le miró las manos, ya algo tiesas, como salidas de un abrazo fallido, acaso en el reflejo de defenderse, acaso en la tarea desesperada, sin suerte, de aferrarse a la vida en una posible agonía.
Al tiro lo tenía en el pecho, era notorio pero no lo desarmonizaba demasiado. Lucía todavía más cercano a la vida ida que a la reciente muerte por la que estaba ya transitando.
Esa noche, su última noche, no hubo cena. Pero más o menos desde la hora en que los que pueden cenar acostumbran hacerlo, el Jarri escuchó los reclamos de una urgencia impostergable para que salga a laburar. La Paula no era mucho de hincharle las pelotas pero esa noche lo bombardeó con todas las carencias habidas y por haber. El morfi adelante de todo pero también lo del cumpleaños de la más chica, que por lo menos una torta le tenía que hacer pero ¿con qué?, “decime con qué mierda vamos a comprar leche”, había gritado esa noche cuando capaz que eran las 9. Aunque el clima estaba fresco, el Jarri se había quedado tomando mates en el patio y la escuchaba desde afuera. Le hablaba a él pero hablaba sola y la más chiquita lloraba. Como a las 11 se callaron las dos pero a él le seguían retumbando en la cabeza. El Jarri era de la vieja escuela y desde muy chico sabía lo que era salir a robar a los caminos, tanto como sabía que eso no era para él. Su padre y varios de sus hermanos algún día nunca volvieron de esas expediciones y por eso cuando pudo se mandó de changarín al Mercado. También supo ser ayudante de albañil y hasta aprendió a manejar para tener un trabajo que lo distraiga de esa tentadora tradición familiar. Pero el mundo conspiraba contra sus buenas intenciones y después de cada despido se entregó y volvió al ruedo con más o menos suerte. Lo que pasa es que la última vez se dio cuenta muy rápido que la calle era otra, muy distinta a la que lo vio ser una sombra peligrosa. Esa noche, su última noche, ni siquiera llevó el mate y la pava para adentro: despacio, sin hacer ruido, entró solamente para ponerse su uniforme de desocupado, la pilcha de cuando trabajaba en la sodería, el último de sus empleos. Agarró el viejo revólver que guardaba en el ropero como esos artículos que quedan detrás del vidrio a romper en caso de emergencia; se lo puso en la cintura y salió casi en puntas de pie. Cuando se fue alejando de la puerta de su casa empezó a pisar con ese engañoso pero necesario paso firme. Cambió su paso habitual por el de un depredador: seguro pero sin ser advertido. El andar de un cazador que tiene hambre pero que sobre todo tiene orgullo.
El molesto escape de una moto volvió a romper la calma y la conexión con el cuerpo. Intentó volver a concentrarse: le miraba las cejas, la barba de tres días entrecana, el cordón en el cuello con una medallita del Gauchito Gil, las zapatillas clásicas de un tipo sin alardes, apenas si se le escapaba de un brazo un tatuaje de estilo carcelario de vieja factura. Era verdad que no era “un mutante”, por lo menos no uno de los de ahora. Había algo (no solo en su apariencia pescada por el veloz e ilegal escaneo periodístico de la escena del crimen), era algo sensorial que encendía las alarmas del experimentado cronista. El tema es que a su deducción ya le quedaba poco margen porque primero, como con las motos, escuchó el sonoro andar de caucho en el pavimento y adivinó que eran más autos policiales acercándose. Menos de un minuto hasta ver el resplandor de las luces azules que marcaría el final de su tiempo de observación.
“Ya no es lo mismo”, se decía y enseguida trataba de no escucharse: no hablaba de su estado físico ni de otra limitación que le impidiese hacer su trabajo. Sabía que tenía que hacerlo más allá de cualquier razón que intentara interceder entre la comida de sus hijas y su decisión de conseguirla. No era que se hubiera ablandado de golpe, en el fondo entendía que era un hombre duro que todo el tiempo se estaba domando a sí mismo. Tampoco era que esquivara por vago ponerle el cuerpo al laburo ni que no le gustara hacerlo cuando fuera oportuno. Lo que sentía era un vacío raro, como una angustia artificial, algo implantada por un inusual llamado de atención muy ajeno a su genética de asaltante. No había caminado ni dos cuadras y ya no le importaba nada.
Al menos de los Velenzuela, el Cabezón Víctor, nunca lo había puesto tan contento ver la cara redonda de Luisito, el agente que llevaba el mote de “nuevo” desde hacía ya algunos años, el eternamente encargado de hacer los mandados. Su presencia le indicaba que ni las autoridades uniformadas, ni el fiscal ni el médico forense habían llegado todavía y que los autos en cuestión eran de confianza.
Cuando se agachó más para arrimarse al cuerpo y hacer el último avistaje descubrió que tenía a un uniformado apuntándole a la panza con una bolsa de papel entreabierta que ofrecía el reborde de una tortita negra y la punta seca de una medialuna.
“Agarrá, Cabezón”, le ordenó en mandaremos.
“No, gracias, che. Ahora no”, se disculpó Víctor, sin sacarle la mirada a un sector del perfil del occiso que apuntaba al cielo: un lunar, el caracol de la oreja, un arito maradoniano.
El Jarri piensa que muy pocos conocen su nombre: todos hasta la familia, los amigos, todos siempre le dijeron Jarri. Piensa mientras se acomoda en la penumbra que le otorga un grupo de árboles viejos y altos. Salta un tapial y cae en un baldío que da al fondo de una casa grande en la que sabe que vive un hombre mayor y solo. Del otro lado de la pared escucha ladridos, entonces se cuelga de ese segundo tapial pero en vez de caer donde está el perro trepa por unas rejas hasta llegar a la terraza. Ahí es que se le cae el revólver. Da rápido unos pasos que cree imperceptibles pero de golpe se prenden las luces del patio y se queda paralizado. Está agachado casi en la cima de la escalera, junto a la puerta de un pequeño altillo con paredes y techo de chapas de zinc. Escucha ruidos, pasos, movimientos frenéticos como de alguien que viene corriendo. Sigue quieto, acurrucado en el rincón cuando se escucha un tiro no muy lejano, y otro más cerca todavía. Alguien pasa corriendo por su lado y pega un salto al baldío, un pibito encapuchado: lleva algo como una pistola tumbera en la mano y un pantalón ancho que flamea en el aire. Lo ve caer y levantarse como con un resorte, seguir corriendo hasta ser devorado por la tupida vegetación. El Jarri se da vuelta y lo alivia ver que atrás no viene nadie y cuando después de unos segundos se está reincorporado siente el impacto: un balazo lo atraviesa sin más, le rompe el pecho: cae de rodillas y llega a ver a otro pibe con un arma en la mano. La mirada de Jarri es una pregunta, su último hilo de vida será un por qué y la única respuesta será la figura de su joven matador desafiante, como si le hubieran puesto la cara de un boxeador retirado al cuerpo de un chico: será la última foto que se llevará de este mundo. Lo llegará a escuchar saltar, supondrá que también para el lado del baldío, en esa frenética carrera de ladrones en estúpida competencia por los techos del barrio. Cuando caiga del todo, como envuelto en un blanco total e incandescente, durante un buen rato lo único que sentirá será la memoria del sabor del mate en la saliva espesada por la sangre.
“Parece que es un vecino que se iba a trabajar y se metió a correr a un ratero”, le dice el Comisario al Fiscal. Un enguantado médico forense desnuda sus manos para anotar algo en el teléfono mientra una mujer policía saca fotos.
“Por lo menos le salvó la vida al perro de la casa”, escucha que suelta Luisito, con la tortita negra mordida en una mano. Víctor ve ahora la escena desde algunos metros de distancia, como si fuera un recién llegado. “También venía a robar, pobre tipo. Lo primerearon”, le intenta explicar a su hermano que al lado suyo ensaya exageradamente el mismo rol de quien acaba de llegar, poniendo su mejor cara de asombrado.
“Nada que ver, ¿no escuchaste? Es un vecino… vivía acá a la vuelta”, le susurra Cacho. “Superpoblación laboral”, piensa Víctor. Pero no va a decir más: está convencido de lo que pasó porque pudo ver la secuencia a través del Jarri. Es cierto que no tiene cómo probar lo ocurrido ni le interesa hacerlo. Es mejor así, que nadie sepa nada. Mejor que el pobre tipo quede como un héroe.
Ya se siente el resplandor del sol que quiere asomarse. En la vereda se amontonan los primeros movileros de la radio y adentro empieza el desfile de la retirada policial. Hasta los hermanos Valenzuela ya marchan escaleras abajo. Sólo queda un milico raso al que le han ordenado quedarse junto al cuerpo.
Pese a la muerte, los músculos de la cara del cadáver parecen haberse aflojado un poco, reconfigurado por una mueca de paz. El centinela bosteza mirando unas macetas y la luz del día se termina de instalar. Se escucha pasar otra moto. Ahora sí es jueves del todo.
Publicado en el semanario El Eslabón del 4/4/26
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