Yo no sé, no. Manuel vino re contento. El abuelo le prometió que esa semana de abril le iba a comprar una mochila, la que él había visto en una tienda por calle Biedma, una sencilla. Estaba contento porque ya no iría con un bolso donde llevaba el cuaderno, algunos lápices y el diccionario y zafaría de llevar el portafolio de cuero que ya casi nadie o pocos usaban.
Manuel estaba preguntando a todos si tenían la figurita de Giribet –un jugador de Central que era rápido y tenía por sobrenombre El Oreja o Motoneta– porque decía que si le pegaba una calco de Motoneta a la mochila iba a tener la velocidad de Giribet y ya no iba a llegar tarde a la escuela.
Laura decía que se iba a hacer una mochila de tela pero que la iba a dividir en tres: una parte con ropa por si cambiaba el tiempo o si pintaba un bailecito; otra con recetas de cocina y la otra para los útiles de la escuela. Por otro lado, Tiguín y José se peleaban porque entre los dos se habían comprado una gran mochila en el corralón de Ovidio Lagos que parecía que había sido del ejército o algo por el estilo, y los dos la querían usar para ir a la escuela. José, entonces, tomó la decisión de pasarse al turno tarde así a la mañana la usaba Tiguín, que llevaba los útiles y algunas otras cosas por si saltaba el arreglo de una bici o algo de eso que tanto le gustaba; y a la tarde José se iba a la escuela con sus libros, los cuadernos y algún que otro anzuelo o línea por si pintaba ir al arroyo a pescar.
La Isabel y la Eva, que ese verano tenían pica con unas pibas de Barrio Acindar, se estaban haciendo una mochila y le iban a escribir: “Llevamos esta mochila porque tenemos una espalda que aguanta cualquier cosa”.
Carlos apareció con un muchacho de barrio Plata que decía que era arquero y lo apodaban El Joroba. A nosotros nos pareció que no estaba bueno decirle Joroba y alguien le puso Mochila. En los dos o tres partidos que jugó para nosotros, el Mochila sacaba pelotas increíbles y nos sacamos una mochila de encima que era no tener arquero.
El Píi le hacía a los chicos unas mochilas con unos cajones de madera para que jugaran a ser soldaditos. Se metían en el montecito que estaba al lado de la chatarrería de Piñataro con esas mochilitas como si fueran soldados yendo al ataque. La pequeña Susi estaba preocupada. “Miren la espaldita que tengo –decía–, si me ponen una mochila me va a doblar en dos. Tiene que ser chiquita y livianita”. Graciela, por su parte, se resistía a ponerse una mochila para ir a la escuela porque decía se imaginaba que se iba de viaje. “En cualquier momento sigo de largo y me tomo cualquier bondi. Las mochilas escolares no son para mí, prefiero llevar todo en la mano o en algún portafolio. Pero si me pongo una mochila, es para rajarme”, decía la Graciela.
Pedro y Ricardo se habían ido hasta Carlos Casado a ver un talabartero que era medio zapatero y también trabajaba con cuero, para que le hiciera un par de tiritas al portafolio de Pedro y lo transformara en mochila. “Este portafolio tiene mucha historia –decía Pedro. Vio los goles errados cuando hizo de uno de los palos del arco, o fue testigo de las mejores jugadas y también estuvo cerca cuando tuve mi primera novia, ahí a la vuelta de la escuela. En él viajaron los primeros Saratoga que me compré y el último HF, que después no salió más. ¿Cómo lo voy a dejar? Yo lo hago mochila”.
Cuando pasaron por Biedma, una parejita se instaló con unos bolsos que traían como mochilas y se pusieron un puestito de venta de empanadas turcas y nos dieron unas ganas bárbaras de comprar pero no teníamos plata. Antes de llegar a la plaza, pasamos por lo de don Mauricio y Ricardo le pagó una garrafa que le debía.
Cuando llegamos vimos que Tamba sacaba de un bolso con unas cuantas latas de atún y nos dijo: “Me pagaron la hora extra por adelantado porque si no me agarraba este fin de semana casi seco. Vamos a hacer una juntada cortita, alguien que vaya por gaseosa y pan y comemos unos sánguches. De la radio del bar del Tot salía la voz de Palito Ortega cantando Te fuiste en abril. Alguien dijo: “Ojalá que se vaya este calor o que empiece a aflojar”. Años más tarde, escuchamos la voz de Atahualpa cantando La hermanita perdida que salía de esa misma radio que parecía una mochila de madera. Pero esa es otra historia, y otra mochila.
Publicado en el semanario El Eslabón del 4/4/26
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