Yo no sé, no. Habían pasado dos meses desde que habían salido las figuritas ese año y sólo llegábamos a la mitad del álbum. Sólo Roberto, que en la terminal de colectivos –primero de Buenos Aires y después en la de acá– se compró unos 40 paquetes, estaba a punto de llenarlo.
Todos teníamos sospechas. Algunos pensaban que los de Carlos Casado, que tenían una distribuidora, nos estaban pasando para el cuarto y nos mandaban todas las repes a los kioscos del barrio.
Una tarde le encomendamos a José, ya que se iba al Saladillo a pescar, que comprara unos cuantos paquetes a ver si salían algunas de las que nos faltaban o seguían saliendo las repetidas. La Graciela, que estaba juntando a medias con Juan Carlito, se fue hasta barrio Acindar. Ahí en el tanque, había un gran kiosco y compraron unos cuantos paquetes. Mientras tanto, los de Central, los de Ñul y los de Central Córdoba tenían una bronca bárbara porque tenían tres jugadores nomás, tres figus de cada equipo. Algunos querían llenar únicamente el equipo, no les interesaba el álbum y tenían un veneno bárbaro.
Pií y Tiguín le echaban la culpa a los porteños: “Nos tienen bronca, primero porque los equipos de Rosario la están descosiendo y después porque no saben ni jugar a las figus. Si me hacen la gamba, vamos al centro de distribución para el interior del país y lo reventamos y nos traemos todas las figuritas que hagan falta”, decía Tiguín.
La pequeña Susy estaba juntando las figuritas esas con brillantina, que eran más para pibitas, y prácticamente no tenía problemas. “En cualquier momento me gano una muñeca, una pepona, porque estoy a punto de llenar el álbum”, decía.
Una tarde estábamos en la plaza con los bolsillos llenos de figuritas repetidas y sentimos una corneta que era distinta a todas las demás. Era un nuevo vendedor de churros, un flaco narigón. Alguien le compró media docena, después de hacer una vaquita, y el flaco volvió a tocar la corneta, nos miró y nos sonrió a todos. Ahí a Pedro le cayó la ficha y gritó “Ese es el 7 de Nueva Chicago. Vayamos a buscar la figu del 7 de Nueva Chicago y van a ver que es igual al churrero. Seguro que se destraba el maleficio y aparecen todas las otras figuritas”.
Nos fuimos hasta Echesortu a comprar 5 o 6 paquetes, alguien fue hasta barrio Parque y trajo algunos más y Cachimba vino de Tablada con otros tantos.
Cuando estábamos abriendo uno de los paquetes, apareció la que pedía Pedro. Y después de esa, como por arte de magia, aparecieron todas las demás. Al final, lo que parecía un maleficio para el barrio, se terminó destrabando cuando apareció el 7 de Nueva Chicago.
Publicado en el semanario El Eslabón del 16/5/26
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