La operación Lanza del Sur, iniciada por Estados Unidos para secuestrar al presidente de Venezuela, fue apenas el comienzo de una nueva intervención imperialista, que se apoya en los gobiernos de derecha de la región, todos al servicio de los intereses yanquis.

La Operación Lanza del Sur es una masiva campaña militar de Estados Unidos en América Latina que combina vigilancia y fuerza letal en aguas internacionales y puntos estratégicos. Fue iniciada por la administración Donald Trump en 2025, con la excusa de combatir el narcoterrorismo y el narcotráfico, y con objetivos reales como el secuestro del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro (producido el 3 de enero de 2026), para que ese país caribeño pase a ser una suerte de protectorado yanqui. La embestida militar del imperio, que incluye el despliegue de más de 15 mil efectivos, significa una estrategia de creciente presión geopolítica, una amenaza a las democracias regionales y una nueva avanzada hacia el saqueo de los recursos naturales de la región.

A fines de noviembre de 2025, Estados Unidos había acumulado la mayor presencia militar en la región desde la crisis de los misiles de Cuba en octubre de 1962. Y fue apenas el comienzo.

La Operación Lanza del Sur contó desde un principio con el apoyo de gobiernos pro-estadounidenses de la región, y se profundiza y enraíza con más fuerza con el avance de la derecha y la ultraderecha en la región, que más allá de sus diferencias coinciden en una posición clara y explícita de sumisión total a los intereses de Estados Unidos.

La lucha contra el narcotráfico y el terrorismo se esgrimen, una vez más, como excusa para encubrir una nueva agresión de imperialismo estadounidense que combina el uso de la fuerza militar con mecanismos no militares –como sanciones económicas y acciones judiciales– para influir en la estabilidad política de determinados gobiernos, y manejar elecciones. Se trata de un ataque colonialista, con intervención directa en la política interna de los estados latinoamericanos, para colocar gobiernos títeres que permitan y alienten economías de enclave.

Estados Unidos comenzó a desplegar fuerzas militares en el mar Caribe a mediados de agosto y, en septiembre, comenzaron los ataques aéreos contra buques que, según afirma sin prueba alguna el gobierno de Trump, son narcoterroristas que trafican drogas a suelo estadounidense. 

La campaña recibió su nombre formal el 13 de noviembre de 2025 por el secretario de Defensa de los Estados Unidos, Pete Hegseth, como una expansión de la operación que lleva el mismo nombre anunciada por la Armada de los Estados Unidos el 28 de enero de 2025. Utiliza una flota híbrida de buques con robótica con el objetivo de “detectar y combatir presuntas redes de narcotráfico en el hemisferio occidental”.

Trinidad y Tobago, República Dominicana, El Salvador, Guyana, Panamá y Puerto Rico apoyaron la intervención militar estadounidense. 

Para el 8 de diciembre del año pasado llegaron a siete los países del Caribe que apoyaban las acciones militares de Estados Unidos en la región: República Dominicana, Puerto Rico, Islas Vírgenes, Aruba, Curazao, Granada y Trinidad y Tobago.

Argentina, Ecuador y Paraguay, por su parte, manifestaron “apoyo político”.

El medio francés France 24 plantea dudas sobre si Lanza del Sur es verdaderamente un operativo antidrogas o si, como quedó demostrado apenas se implementó, “es una invasión inminente” en el marco del mayor despliegue militar de Estados Unidos en América Latina desde la Guerra Fría.

“El imperialismo estadounidense ha decidido desplegar su poderío militar en lo que históricamente ha considerado su zona de influencia exclusiva: el Caribe y América Latina. La llamada Operación Lanza del Sur, anunciada con la pompa belicista característica del gobierno de Donald Trump, no es un ejercicio rutinario. Es una demostración de fuerza cruda, un mensaje dirigido a Venezuela, a la región y al mundo, de que Washington está dispuesto a recurrir a la opción militar para imponer su hegemonía”, indica la nota de Milton D’León en La izquierda diario, titulada “Agresión imperialista. Operación Lanza del Sur: escalada guerrerista de Estados Unidos sobre Venezuela y la región”.

La nota afirma que la escalada bélica contra la región marca una nueva y peligrosísima escalada de la agresión imperialista contra Venezuela, y un intento de reafirmar a sangre y fuego el control de Washington sobre su autodenominado “patio trasero”.

“Lejos de ser una simple misión antinarcóticos, como la disfraza el Pentágono, este despliegue militar sin precedentes en el Caribe es una amenaza de guerra abierta y una pieza clave en la estrategia de agresión imperialista. La justificación oficial –la lucha contra el «narcoterrorismo» y el flujo de drogas como el fentanilo– es un velo hipócrita que ha sido claramente desenmascarado. Es el pretexto cínico para ocultar la verdadera meta: imponer su objetivo en Venezuela y la recolonización de América Latina”, denuncia la nota.

El avance de la derecha en la región

La derecha y la ultraderecha extienden sus tentáculos en la región. En la Argentina gobierna el presidente de ultraderecha Javier Milei. Tiene mandato hasta 2027. En Perú, acaba de ganar las elecciones presidenciales la candidata de ultraderecha Keiko Fujimori, con mandato hasta 2031. En Bolivia, ocupa la presidencia el derechista Rodrigo Paz, con mandato hasta 2030. En Paraguay, el presidente Santiago Peña cumplirá funciones hasta 2028. En Chile, el derechista pinochetista José Antonio Kast, hasta 2030. En Colombia, acaba de ganar el ultraderechista Abelardo de la Espriella, con mandato hasta 2030.  En Ecuador, ocupa la presidencia Daniel Noboa, que termina su segundo mandato en 2029. En el Salvador, Nayib Bukele cumple su segundo mandato en 2029, y en 2025 modificó la Constitución de su país para tener reelección indefinida. La lista no pretende ser completa, sino marcar una tendencia.

Desde 2023 hasta 2026, hubo 14 elecciones presidenciales en América Latina y el Caribe. De ese total, 11 fueron ganadas por candidatas o candidatos de derecha o ultraderecha.

“América Latina, tras ser víctima privilegiada del neoliberalismo en la última década del siglo XX, ha reaccionado convirtiendo este siglo en un siglo latinoamericano. Esto se debe a que es la única región del mundo con gobiernos y líderes anti-neoliberales. De repente, presidentes de extrema derecha comenzaron a acumularse en todo el continente. Primero Javier Milei en Argentina, Guillermo Noboa en Ecuador, José Antonio Kast en Chile, Keiko Fujimori, recientemente elegida en Perú, así como Abelardo de la Espriella, recientemente elegido, sorprendentemente, en Colombia”, asegura Emir Sader en su nota titulada “La extrema derecha del siglo XXI”, publicada en Página 12.

Sader se pregunta por las características de esta nueva corriente, por los motivos que hacen surgir esas expresiones, y apunta, asimismo, a las perspectivas para el continente.

El politólogo brasileño considera que existen casos muy diversos: Javier Milei, electo presidente y ganador de las elecciones intermedias, se acerca al final de su mandato con muy poco apoyo y una probable derrota ante el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, a finales del próximo año, considera Sader.

El analista agrega que, de igual manera, a pesar de estar aún al inicio de su mandato, el presidente de Chile, José Antonio Kast, ya muestra un desempeño deficiente, con la consiguiente pérdida de apoyo popular, lo que evidencia la reiterada sucesión entre derecha e izquierda, una característica política del país.

“Pero los funcionarios recién electos representan, sin duda, una renovación y fortalecimiento de la ultraderecha en América Latina. Emergen con gran ímpetu, derrotando a la izquierda, incluso en un país como Colombia, donde hubo un gobierno exitoso y con amplio apoyo popular, como el de Petro. En el caso de Perú, se trata de la victoria de una candidata que representa la continuidad del gobierno de su padre, tras cuatro derrotas”, afirma el politólogo, al tiempo que agrega que, en todos los casos, los gobernantes enfrentan una gran dificultad: el fracaso del neoliberalismo, la ausencia de un gobierno en el continente, y fuera de él que adopte programas neoliberales y tenga éxito.

Para Sader, estas nuevas corrientes buscan cambiar la agenda, pero encuentran dificultades por no haber ofrecido una solución de política económica más allá de los programas neoliberales.

“En cualquier caso, este es un nuevo e importante desafío para la izquierda latinoamericana. Han demostrado –siendo los casos de Brasil y México los más evidentes– la capacidad de combatir el hecho de que seguimos siendo el continente más desigual del mundo, mediante políticas sociales eficaces, con la recuperación de la capacidad de acción del Estado, con resultados reales, ya sea en el crecimiento continuo de las economías de estos países o en el control del desempleo y la inflación”, concluye Sader, que cierra su artículo formulando preguntas clave: ¿Cómo afrontar esta nueva corriente? ¿Cuáles son los temas centrales que debemos abordar? ¿Qué tipo de solución alternativa y democrática podemos proponer?

Para el historiador y ensayista Pablo Stefanoni, “La extrema derecha global es más una comunidad emocional que un proyecto homogéneo”, según afirma en la nota de Gabriela Saidón, publicada en elDiarioAR.

Stefanoni analiza el avance de las extremas derechas, la crisis de las izquierdas y el fenómeno Milei como expresión de una época marcada por la batalla cultural, el resentimiento y el desgaste de la democracia liberal. 

“Hoy la democracia liberal –como institucionalidad y como ideal–, al igual que los derechos sociales, está en crisis, y los socialistas tenemos –o deberíamos tener– algo que decir”, afirma Stefanoni en la entrevista con elDiarioAR

“La máquina de guerra ideológica reaccionaria contemporánea no es una sala de mandos con un villano al centro apretando botones, sino algo quizás peor: un ecosistema descentralizado, más o menos articulado, que disputa el sentido común progresista, alimenta y se alimenta de la xenofobia y el racismo, promueve diferentes paranoias y, de manera más amplia, como propone el estadounidense Steve Bannon, «inunda la zona de mierda». Ese ecosistema puede combinar think tanks más tradicionales, milicias digitales hábiles en el manejo del baiteo, influencers, estructuras gubernamentales y tecno-oligarcas que odian la democracia. Sus impulsos vienen de arriba pero también desde abajo. La extrema derecha global opera más como una red de resonancia emocional que como un proyecto homogéneo, de hecho las diferencias entre sus diferentes tendencias y líderes son muy amplias. Las emociones compartidas crean la sensación de un proyecto político común allí donde en verdad no lo hay y los contenidos programáticos sean incluso contradictorios o intercambiables. Basta mirar las diferencias entre Trump y Milei en cuanto a sus políticas”, sostiene el autor de Un fantasma recorre el mundo. Cómo funciona la máquina de guerra reaccionaria (y qué podemos hacer para enfrentarla).

Por su parte, el docente y analista político Ignacio Labaqui ofrece una mirada distinta en su nota “No hay giro a la derecha en América Latina”, publicada en el medio en línea Seúl.

El autor plantea que, en realidad, lo que hay es ya una década de derrotas oficialistas y triunfos opositores, y que eso explica los resultados recientes mejor que “un supuesto bandazo ideológico”.

“Tras los triunfos de Keiko Fujimori y Abelardo de la Espriella en Perú y Colombia quedan sólo cuatro países democráticos en América Latina gobernados por partidos de izquierda o centroizquierda: Brasil, Guatemala, México y Uruguay. El resto de la región está gobernada por distintas variedades de fuerzas de derecha o centroderecha. La elección de Yamandú Orsi en Uruguay, en noviembre de 2024, fue el último triunfo de la centroizquierda en el continente y quizás Brasil corte la seguidilla de la derecha en octubre, pero ello no modificará el panorama actual. Atendiendo a esta sucesión de victorias electorales, varios analistas y, sobre todo, militantes de los partidos ganadores empezaron a concluir que América Latina está viviendo un giro a la derecha. ¿Es así? A pesar del claro predominio reciente de la derecha, la idea de una oleada o giro me parece poco apropiada, o tal vez prematura. Veo más probable que la razón principal para estos resultados sea el clima anti-oficialismos de la última década, en la que los gobiernos latinoamericanos vienen perdiendo tres de cada cuatro elecciones”.

Labaqui asegura que detrás de esta tendencia anti-oficialista hay un claro descontento ciudadano, alimentado por la escasa capacidad de los estados latinoamericanos de proveer bienes públicos básicos y atender las demandas sociales. “Un descontento, además, acentuado por un desempeño económico mediocre en el período posterior al superciclo de las materias primas. La brevedad de las «lunas de miel» de casi todos los nuevos gobiernos es una muestra de esta impaciencia y este desencanto”, indica el analista.

Es comprensible, considera Labaqui, que esta racha de triunfos electorales de derecha genere la ilusión de que existe una corriente regional y una similitud en las razones detrás de estos triunfos. Pero a la vez, el analista afirma que es todavía muy pronto para hablar de un giro ideológico regional consolidado. 

El medio francés France 24 también plantea la dicotomía entre la presencia de una ola de derecha o bien la emergencia de un voto castigo a los oficialismos. 

Concluye Labaqui: “En síntesis, la seguidilla de victorias de candidatos de derecha puede generar la imagen de un giro regional (…) Hoy la mayor cantidad de países de la región se encuentra gobernada por fuerzas de derecha o centroderecha y serán ellos quienes deberán rendir cuentas en el próximo turno electoral, el cual permitirá evaluar si América Latina ha efectivamente girado a la derecha”.

Publicado en el semanario El Eslabón del 4/7/26

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