Veo todo borroso. Odio esta parte, cuando el sueño se mezcla con la realidad. No tengo una pared cerca para golpearme la cabeza. La arena no alcanza. Las manos invisibles se arriman a mi cuello. El aire se agota. Queda poco tiempo. Es ahora, antes de que esto me termine de matar.

El sortilegio de una catástrofe se aproxima. Es mentira que el futuro esté en mis manos, si están atadas desde que nací, si desean apretar en lugar de abrirse. Si abro mis palmas, la arena se escurre. Si las cierro, la retengo.

Papá nos abandonó cuando éramos chicos. Mi hermana Fátima tiene problemas en el habla, sufre afasia. Yo deambulé más tiempo en psicólogos que en salas de juegos.

Mamá tiene un carácter especial, digamos que tiene la vara muy baja para ofenderse; es ominosa. Dice saber todo. Si una mujer me va a hacer daño, ella lo predice. Y por más que todo marche bien, me separo. Soy célibe por su decisión. Quisiera no ser timorato pero la situación me supera. Cuando cuento un acontecimiento delante de otras personas, ella se ríe y aprueba. Pero luego se acerca, me recrimina y me invade con su vaharada de caramelo Media Hora. Esboza cualquier barbaridad para hacerme sentir la peor persona del mundo.

Quiero lastimarme. Lo necesito. Apretar fuerte mi antebrazo izquierdo con mi mano derecha hasta que se decolore y llegue a ser violeta.

Aborrezco cuando la arena se pega en el sándwich. Lo detesto de la misma manera que odio a mamá cuando me dice que ella me avisó, que era mejor almorzar en el departamento en vez de en la playa. Fátima está en un costado, no habla. Come poco.

Voy y vengo. Estoy allá y estoy acá.

A veces en mis sueños me veo con papá. Le pregunto por qué se fue. Nunca lanza una respuesta. Me lleva de la mano a caminar por la casa. Mi hermana es bebé. Mamá parece tranquila e indómita al mismo tiempo, se está lavando las manos en la cocina, mientras el agua sale cristalina de la canilla y luego se transforma en rosada al llegar a la pileta. Yo no puedo cambiar nada en el mundo onírico, pero puedo sentir, parece real. Algo no me permite correr ni hablar. Sólo soy testigo.

El mar está árido; la arena, llena de vidrios. El cielo oscurece de golpe. Papá se esfuma. Aprieto con todas mis fuerzas lo que tengo delante y me descargo. No me detengo.

Quiero esconderme y no volver.

La brisa me choca en el rostro y el mar ruge de fondo. Abro los ojos. El cuerpo de mamá yace en la arena. Al sopesar su ser, verifico que está tieso y frío, con marcas de mis dedos en su cuello. La sostengo un instante, siento su silencio. Mi hermana me mira y hace un mohín. Compruebo que mamá ya no respira y la suelto. La dejo ir.

Publicado en el semanario El Eslabón del 4/7/26

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